José Rafael Ruz Villamil

Tomar la cruz de cada día

José Rafael Ruz Villamil

Lucas 9,18-24

Hacia el 4 a. C. y en seguida de la muerte de Herodes el Grande, rey nombrado por Roma de la provincia de Judea, estallan en varios sitios de la Tierra de Israel revueltas de diferentes grados de gravedad pero que provocaron, en su conjunto, que Quintilio Varo, a la sazón legado imperial de Siria, las sofocase con la violencia que los romanos empleaban en estos casos. En La guerra de los judíos Flavio Josefo narra que: “Varo envió a una parte de su ejército por el campo para apresar a los culpables de la sedición. De los muchos hombres que le llevaron detenidos encarceló a los que parecieron menos alborotadores, mientas que crucificó a los que eran más culpables, unos dos mil”. A pesar de la inclinación a la hipérbole de Josefo y aún hubiese sido una tercera parte, fueron muchos crucificados como para darlo al olvido.

Presente en todo el Imperio, la cruz estaba destinada a ejecutar a quienes resultasen de algún modo una amenaza, o tan sólo una incomodidad, a Roma. Sabedor de que era cada vez más detestado por las autoridades de su pueblo —y muy probablemente de la misma Roma— Jesús de Nazaret tuvo que haber visto la cruz en su horizonte existencial, descartando la muerte por lapidación, tal y como se aplicaba la pena capital en Israel, dado que el ocupante Romano se había reservado el ius gladii, esto es, el derecho a ejecutar la pena de muerte.

La crucifixión, tormento de crueldad refinada si los hay y probablemente originada en Persia hacia el siglo VI a. C., es adoptada por los romanos a partir del siglo III a. C. Consiste en sujetar al condenado por medio de amarras —rara vez clavos— a un madero que, de manera horizontal, se coloca en forma de T sobre un poste: es este madero transversal, el patibulum, lo que carga el reo en el caso de que el juicio sea efectuado lejos del lugar de la ejecución. El poste en cuestión, que en algunos lugares permanece de manera fija, tiene un soporte para asentar los pies y una parte saliente, a modo de asiento, a la altura de la entrepierna: así, el crucificado, que literalmente pende del patibulum, ha de estirar las piernas y hacer fuerza con los brazos para respirar hasta que, por agotamiento, muere de asfixia. La duración del tormento, que en ocasiones se prolonga días, depende de las fuerzas del ajusticiado: suele quebrársele las piernas ya por ¿piedad? o por premura, para acelerar su fin. Finalmente, el cadáver, casi siempre desnudo y casi nunca entregado a sus deudos, queda en la cruz hasta que se descompone, si es que no es devorado antes por las aves de rapiña.

La imagen arriba descrita tuvo que girar por la mente de los discípulos cuando el Maestro dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará», frase, por cierto, atestiguada 5 veces en boca de Jesús en la tradición sinóptica. Y es que Jesús no pudo evitar que el anuncio y la praxis del Reino de Dios amenazara los privilegios propios del statu quo impuesto por los intereses de Roma y capitalizados por la aristocracia judía. Así y en un primer sentido el asumir la cruz viene a ser el sumun de la protesta y de la oposición del Galileo — a la que han de sumarse sus discípulos— en relación con la desigualdad en todos los ámbitos de la vida.

Y aunque la cruz absorbe todo dolor humano profundo e insidioso, no conviene llamar cruz a cualquier problema banal como los conflictos familiares cotidianos llamados a resolverse con inteligencia, o la obediencia acrítica y miedosa a los caprichos de cualquier autoridad, y más. La cruz, en sí, como un intenso padecimiento existencial viene a ser más bien impuesta como castigo por el establishment —ora de modo preventivo, ora punitivo— en función de conservar intactos tanto sus privilegios como su estructura.

Con todo, la llamada de Jesús de Nazaret a tomar la cruz de cada día no es una invitación al sometimiento: ¡él no se sometió! Es más bien la aceptación desafiante de las consecuencias del choque entre el Reino de Dios y sus adversarios que no saben responder de otro modo mas que con la crueldad a cualquier intento de la liberación y dignificación del ser humano.

Presbítero católico

ruzvillamil@gmail.com