Editorial

El retorno a la imaginación

Gregorio Sauri Jairala (*)

En el artículo publicado en días pasados por la licenciada Addy Góngora Basterrra, titulado “El mejor de los quiroprácticos: el libro”, se hace hincapié en las bondades terapéuticas que tienen los libros, los cuales “además de acompañarnos, nos alinean alma y esqueleto como el mejor de los quiroprácticos”.

Una reflexión muy apropiada que me parece viene muy de la mano para estos tiempos de cuarentena obligatoria, donde el aburrimiento y la ociosidad nos hacen abusar de las redes sociales y de las plataformas digitales de entretenimiento. Y creo que si alguna habilidad intelectual estamos perdiendo con el uso y abuso de estas tecnologías es precisamente la capacidad de recrear en nuestra imaginación circunstancias, sucesos y todo un mundo de experiencias que de repente dejan de existir en la intimidad de nuestra mente para volverse del dominio público y con una muy poca posibilidad de admitir una personalización intelectual y espiritual como cuando se va hilvanando paso a paso e idea tras idea lo que un autor nos quiere comunicar.

El confinamiento puede ser una excelente oportunidad para explorar esa intimidad intelectual y capacidad imaginativa que se solía encontrar en la gente mayor que creció en un mundo donde la radio era el único medio de entretenimiento y eran los libros los que, para muchos, llenaban las horas vacías de actividades laborales.

Recuerdo bien cuando mi abuela terminó de leer la novela del autor polaco Henryk Sienkiewicz “Quo Vadis?” y durante casi dos horas ininterrumpidas me lo narró con tanto lujo de detalle y con tanta emoción y gusto que cuando, después de esperarla con ansias, por fin pude ver la película, protagonizada por Peter Ustinov, ya no me pareció tan interesante ni tan emocionante.

Pero mientras la profesora Addy nos lleva por la historia del Conde Rostov y el arresto domiciliario que durante 30 años tuvo que sobrellevar, yo no pude dejar de recordar el cuento del escritor ruso Anton Chejov titulado “Una apuesta”.

En esta historia, Chejov nos narra la extraordinaria transformación imaginativa que experimenta un joven jurista al someterse a un confinamiento voluntario, después de haber pactado una apuesta con un arrogante banquero para probar que podía permanecer a lo largo de 15 años encerrado en el más absoluto silencio y sin ver a nadie. El premio, si lo lograba, eran dos millones de rublos. Era ese el reto con el que el banquero, en esos tiempos muy favorecido por la fortuna, había desafiado al joven abogado: recluirse en una pequeña casa de su propiedad, desde las 12 horas del 14 de noviembre de 1870 a las 12 horas del 14 de noviembre de 1885.

Su única distracción y compañía serían los libros que él solicitase y la música. El contacto con el exterior sería exclusivamente a través de una ventana pequeña donde se le llevaría la comida y todos los libros que quisiera solicitar.

Durante el primer año, el joven se dedicó a pedir libros de contenido preferentemente fácil: novelas amorosas, cuentos policiales y fantásticos, comedias etc. Durante el segundo año solicitó solamente libros de autores clásicos. En la mitad del sexto año, el recluido se avocó al estudio de los idiomas filosofía e historia. Acometió con tanta avidez al estudio de estas ciencias que en un lapso de cuatro años el banquero tuvo que suministrarle, no sin dificultad, cerca de 600 volúmenes.

A partir del décimo año el jurista permanecía sentado e inmóvil, y solo leía el Evangelio. Seguidamente se dedicó a leer la historia de las religiones.

Finalmente, cuando ya le quedaban pocos años de reclusión para poder ganar la apuesta, el prisionero leyó una gran cantidad de libros de diferente índole: pasaba de ciencias naturales a Byron o Shakespeare, de repente pedía libros de química, medicina y teología, en forma desesperada, como si quisiera aprovechar el poco tiempo que le quedaba.

A punto de concluir el plazo para consumar la apuesta, el banquero, desesperado, ya que se encontraba en franca bancarrota y cuya única cantidad de la que disponía era justamente el dinero de la apuesta, decide entrar subrepticiamente a la reclusión del jurista con propósitos propios de un mal perdedor, y de quien sabe que están a punto de quitarle su último patrimonio. Pero grande es su sorpresa al encontrar al hombre dormido y sobre su escritorio una nota de renuncia a la pequeña fortuna que estaba a escasas horas de recibir:

“Durante quince años estudié atentamente la vida terrenal. Es verdad, yo no veía la tierra ni la gente, pero en los libros bebía vinos aromáticos, cantaba canciones, en los bosques cazaba ciervos y jabalíes, amaba mujeres…..

“Beldades, leves como una nube, creadas por la magia de sus poetas geniales, me visitaban de noche y me susurraban cuentos maravillosos que embriagaban mi cabeza. En sus libros escalaba las cimas del Elbruz y del Monte Blanco y desde allí veía salir el sol por la mañana mientras el anochecer lo veía derramar el oro purpurino sobre el cielo, el océano, las montañas; veía verdes bosques, prados, ríos lagos, ciudades; oía el canto de las sirenas y el son de las flautas de los pastores ; tocaba las alas de los bellos demonios que descendían para hablar conmigo acerca de Dios… En sus libros me arrojaba en insondables abismos, hacía milagros, incendiaba ciudades , profesaba nuevas religiones, conquistaba imperios enteros…

“Ustedes han enloquecido y marchan por un camino falso. Toman la mentira por la verdad, y la fealdad por belleza… ; así me asombro por ustedes que han cambiado el cielo por la tierra.

“Para mostrarles de hecho mi desprecio hacia todo lo que representa la vida de ustedes, rechazo los dos millones, con los cuáles había soñado en otro tiempo, como si fuera un paraíso, ya a los que desprecio ahora. Para privarme del derecho de cobrarlos saldré de aquí cinco horas antes del plazo establecido y de esta manera violaré el convenio”.

Llorando de emoción y al mismo tiempo de vergüenza por la lección que acababa de recibir, el banquero se retiró del lugar. Al día siguiente regresó a la casita y comprobó que el prisionero efectivamente se había ido poco antes de cumplir su plazo de encierro, dejando tras sí la carta que había leído la noche anterior como único testimonio de los maravillosos y fascinantes viajes que realizó en las rieles de la imaginación, y de las incomparables y emocionantes experiencias que había vivido tan intensamente, a través de los 15 años de encierro, y sin haber siquiera mirado el jardín de la pequeña casa donde estuvo voluntariamente preso. Su único y verdadero universo físico.— Mérida, Yucatán.

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Empresario de la construcción