“Vicios” y “beneficios” del consumo de alcohol
Sergio Moreno Cabrera (*)
El pasado 9 de abril, en el marco de la pandemia por el Covid-19, se publicó en el Diario Oficial del Estado el decreto 208/2020 donde, “como medida de prevención sanitaria”, se señala que a partir del 10 de abril —al día siguiente— se prohibiría “la venta y consumo de bebidas alcohólicas en todo el territorio del estado de Yucatán” (Art. 1).
Entre sus varias consideraciones se señala la necesidad de medidas de aislamiento, la suspensión de actividades no esenciales (donde se incluye la venta de bebidas alcohólicas) y la seguridad y protección de la salud de las familias yucatecas, resaltando el incremento de los casos de violencia reportados al 911, cometidos en su mayoría “por personas que se encontraban bajo el efecto del alcohol”, delitos que como señala el mismo decreto, distraerían a las autoridades de labores de seguridad más importantes y apremiantes.
De todas las medidas que se podrían impulsar llama la atención que sea la prohibición, y no una regulación más estratégica, la que se haya elegido. ¿En qué descansa esta decisión? Se argumenta que por motivos de salud, por no ser esencial y para evitar violencias, el impedimento total de la venta y consumo de alcohol favorecería lo anterior (me pregunto si durante su vigencia se sancionó a alguna persona o familia que estuviera bebiendo en su casa).
Quizá sea la herencia ideológica del movimiento de abstinencia en Yucatán de principios del siglo XX, inspirado por el movimiento de temperancia norteamericano. O quizá sea la mezcla de toda una serie de razones y sinrazones sobre lo que por un lado creemos y, por otro, hacemos, cuando de beber alcohol se trata; quizá sea que hemos “ignorado” que el consumo de alcohol no solo deriva en consecuencias negativas sino también en positivas y hasta en ambivalentes.
Los estudios socioculturales en esta materia han evidenciado desde el siglo pasado hasta años recientes que este consumo juega repetidamente el papel de un “chivo expiatorio” al que se le atribuyen “vicios” de los que no siempre es responsable. Por ejemplo, sí podemos atribuirle su vinculación con la morbimortalidad de hombres —principalmente— y mujeres —en aumento— por intoxicaciones agudas, cirrosis hepática alcohólica o por muertes violentas en accidentes automovilísticos, entre otras causas. Sin embargo, no podemos responsabilizarlo de la violencia que se ejerce en los hogares contra mujeres, niños, niñas y adolescentes, pues como indican numerosos estudios de investigadores/as nacionales e internacionales, el consumo de alcohol constituye un factor condicionante de esta violencia pero no es la causa principal de la misma. O dicho de otro modo, no todas las personas que agreden a sus parejas lo hacen bajo los efectos del alcohol y no todas las personas que beben ejercen violencia. Por ello, poner en la sobriedad la expectativa de que la violencia de pareja se detenga no atiende ni resuelve el núcleo del problema.
En el mismo sentido y al poco tiempo de instaurarse la Ley Seca en Yucatán, la directora del Instituto Municipal de la Mujer en Mérida, Fabiola García, lo mismo que la fundadora de la organización “Uady sin acoso”, Rosa Elena Cruz, enfatizaron que la violencia de género en contra de las mujeres yace en un sistema social y cultural mucho más complejo (patriarcal) que la sola prohibición de la venta y consumo de alcohol (notas de prensa local).
Una de las razones/sinrazones más interesantes detrás de la Ley Seca es la “protección de la salud de las familias yucatecas”. Como ya se ha expuesto, es cierto que el alcohol sí participa de un importante porcentaje de enfermedades y muertes de hombres y mujeres, y por ello, su limitación ayudaría a disminuir muchas de las muertes por accidentes y suicidios —aunque urge mayor investigación interdisciplinaria, cuantitativa y cualitativa, al respecto—. Sin embargo y al mismo tiempo, también es cierto que las personas que beben no solo reconocen los riesgos del alcohol en sus vidas sino también y en ocasiones sobre todo, las consecuencias positivas que encuentran en este consumo, especialmente si es colectivo y no solitario, es decir, en compañía de amigos/as o familiares.
El desestrés, el disfrute, el entretenimiento y la diversión aparecen como las principales expectativas asociadas a la ingesta de fin de semana y/o para el día de descanso laboral en hombres y en mujeres, lo que confirma que para muchas personas y sociedades el consumo de alcohol no solo representa una fuente de “vicios”, sino también de “beneficios” que la mayor de las veces se imponen en la decisión de beber. Ello nos obliga a ampliar nuestra perspectiva sobre el alcohol y sus consecuencias, no para olvidar su negatividad, sino para ser más precisos y realistas en nuestros análisis, recomendaciones y más aún, en las estrategias para su regulación.
La salud es una de las “ventanas” donde podemos observar con mayor nitidez la ambivalencia sobre el alcohol y sus efectos. En días pasados circuló el rumor de que personas allegadas al gobierno estatal fueron alertadas de la puesta en vigor de Ley Seca días antes de que ésta se implementara. No puedo confirmar el rumor pero, de ser cierto, confirmaría la razón/sinrazón con la que actuamos en relación con el alcohol, ya que mientras por un lado decimos que es “malo”, por otro actuamos de formas tales que subrayamos su “bondad”. En este sentido, las compras anticipadas de alcohol horas antes de que la Ley Seca entrara en vigor, rompiendo con ello la sana distancia, muestran que así como con las compras —de pánico— de alimentos, el alcohol es considerado por muchos sectores de la población (gobernantes, personal de salud y docentes incluidos) un producto de consumo esencial para la vida cotidiana, lo que se confirma además con su venta clandestina, bien sonada y bien sabida, y que desde tiempos de Al Capone se comprobara que lo mejor no era su impedimento total sino su regulación, dada las incongruencias y violencia que generó.
Y con lo esencial no me refiero ni siquiera a las personas adictas (dependientes alcohólicos/as), que de acuerdo al reporte más reciente de la OMS representan el 6% de la población mundial, dato que no es menos importante pero que sí es menor en comparación a por lo menos la tercera parte de la población global nacional y local que, cifras más o menos, se asume como bebedora habitual y que disfruta de esta sustancia regularmente.
Pero aún desde un punto de vista psiquiátrico es sabido que si las personas dependientes al alcohol detienen de golpe su ingesta, por lo menos la mitad de ellas sufrirá de síndromes de abstinencia (https://americanaddictioncenters.org), y hasta un 5% podría padecer de convulsiones, delirios o ambas; un porcentaje mayor experimentaría confusión, agitación, arritmias cardiacas y otras tendrían complicaciones físicas y mentales que demandarían atención médica especializada —es decir, acudir a servicios de salud—, esto sin olvidar a quienes padecerán de ansiedad o depresión y que podrían conducirles a ideaciones suicidas. En contraste, sobresale que en una de las ciudades más afectadas por esta pandemia, Nueva York, su gobernador Andrew Cuomo designó las tiendas de licores como parte de los negocios esenciales que podían permanecer abiertos; otros estados como Texas y Maryland permiten el envío a domicilio de bebidas alcohólicas a sus clientes, y en Nueva Zelanda, país que se ha destacado por su buen manejo de la contingencia sanitaria, también se ha mantenido la venta de alcohol e incluso se ha subrayado que la limitación del acceso a las bebidas alcohólicas, pero no su prohibición, constituye una mejor estrategia.¿Cómo se priorizará y protegerá la salud —integral— de las familias yucatecas si ante la prohibición, muchos y muchas bebedores, dependientes o no, experimentarán mayor ansiedad, estrés, abstinencia, tensiones y hasta conflictos interpersonales? La limitación estratégica de la venta de alcohol (días, horarios, límite de litros vendidos por persona, etc.) y no su prohibición, ofrecería mayores opciones de protección —y decisión— para la salud de las personas y de sus familias, pero para mirar esto necesitamos primero reconocer que el consumo regular de alcohol es para muchas personas una fuente de desestrés físico, mental y hasta emocional y no solo una fuente de problemas y de vicios; el alcohol nunca fue ni ha sido totalmente “negro” o “blanco”, sino una serie de grises.Todas estas “contradicciones” no son nuevas pero suelen destacarse en tiempos de crisis como los actuales. Ya lo decía Giovanni Berlinguer (1924-2015), que los procesos de salud/enfermedad llegan a constituir uno de los principales “espías de las contradicciones de un sistema”, sea éste político-económico, social o ideológico-cultural. Esto significa que lo queramos o no, lo supiéramos o no, sacan a la superficie las razones y sinrazones de lo que creemos y hacemos frente a un fenómeno de salud como lo es la pandemia por Covid-19, y los límites de su relación con el alcohol.— Mérida, Yucatán.
unimismo@gmail.com
Doctor en Antropología por el CIESAS, Unidad Ciudad de México
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