El Macay en la Cultura
María Teresa Mézquita Méndez (*)
En su trayectoria hay un recuento de tres décadas de trabajo constante, de flujo ininterrumpido de exposiciones, de artistas de esta y otras latitudes, de proyectos expositivos resultantes de iniciativas razonadas, pensantes, profundas.
En sus paredes hemos visto la obra de Francisco Toledo, Pablo Picasso, Rufino Tamayo, Omar Rayo, Andy Warhol. Y la de García Ponce y Ramírez y Castro Pacheco; y también las originales piezas de los artistas y artesanos de las comunidades mayas cuando el museo era sede de la entrega de los premios a los creadores manuales del Estado. Y por supuesto las propuestas vibrantes, tempranas, de los jóvenes estudiantes de las licenciaturas artísticas de la Escuela Superior de Artes de Yucatán (ESAY) y la Universidad Autónoma de Yucatán (Uady).
Y hemos visto grabado, grafiti, escultura monumental, acero, cristal, arte textil, instalaciones y actividades performáticas. En fin, técnicas tradicionales e innovadoras, amén de los “otros medios” como el videoarte o el “mail art”. Y conferencias y foros. Y tanto, que el recuento, grato, revelador, podría continuar sin pausa por la historia y trayectoria del Museo Fernando García Ponce Macay, antes Museo de Arte Contemporáneo Ateneo de Yucatán.
Pero la pausa es necesaria cuando la preocupación y la alarma transitan en los pasillos y las galerías que deberían ser un espacio para la reflexión y muestra de las obras que expresan las emociones humanas, y no el blanco de una –muy emocional, por cierto– decisión ya propuesta, ya tomada, ya enviada a quienes la ratifican, y que reduce los recursos para la institución a niveles insostenibles y es eco y comparsa, por supuesto, de una voz cantante que marca el “uno, dos, uno, dos” desde las cúspides del altiplano.
El Macay tanto ha traído a Yucatán obras de lo más representativo del arte mexicano y muestras de gran relevancia de nivel internacional que pone al alcance de todos, incluyendo los niños de las visitas “Un día en el Macay”, como fomentado gracias a su vinculación con museos y galerías nacionales, la participación de artistas yucatecos no solo en sus propias galerías sino también en otros recintos relevantes del país.
Sus gestiones y actividades en proyectos extramuros han sido innovadoras e incluso polémicas, espejo natural y lógico del arte universal, que históricamente ha sido frecuentemente incómodo, nunca inocente.
Hoy, además de las permanentes, se encuentran abiertas tres exposiciones temporales: una internacional, con la pintura de Darío Ortiz; una de ámbito nacional, con la escultura de Jovian (presente al interior del recinto y en el pasaje) y una local, llamada “Conformaciones” con las esculturas en cerámica de 14 artistas yucatecos, alumnos del taller de la maestra Gerda Gruber. Con ello tenemos una muestra de la vocación del Macay en su compromiso de presentar obra internacional y también ser incluyente.
Aquí mismo en el Diario escribió recientemente Jorge Pech Casanova, a quien respetamos profundamente, sobre la insistencia oficial en la desmemoria. La llamó con certidumbre “una apuesta perniciosa” por el riesgo que esta pérdida y la de otras instituciones culturales en Yucatán significaría para la educación, raíz de la verdadera independencia y la libertad.
Ante ello, solo queda la fortaleza ciudadana desde la resistencia, palabra peligrosa por su poderosa carga semántica, pero tan comprendida desde la cultura en su más profunda raíz: la cultura, la tuya y la mía, la de todos, que siempre sobrevivirá, porque es lo más humano que hay, y que también nos trascenderá, así como a sus autoridades, finalmente transitorias y finitas.
Periodista cultural
