Ver, oír y contar

Olegario M. Moguel Bernal (*)

Faustina vivía junto al río, con sus padres y hermanos, en una casa alumbrada con quinqués en la sierra de Guerrero. La vida de la niña consistía en dar de comer a los cerdos y gallinas, ir a la milpa, bañarse en el río y asistir a clases en una pequeña escuela rústica de solo dos maestros. Era feliz, hasta el día en que todo cambió.

En las casas contiguas vivían sus abuelos y tíos. Toda la familia unida. Un día aciago, una partida de militares irrumpió a metralla en la sierra, llegaron al caserío donde vivía Faustina con su familia, sacaron a los hombres mayores y los acribillaron ahí mismo. En la sierra estalló el sonido de las balas y el estruendo de los helicópteros. Lo que quedó de la familia se dispersó por todo el país. Ya nada fue igual.

Faustina se apellida Cabañas. Los soldados iban por Lucio.

—¿Cómo sabe eso, don Polo? —preguntó Ángel Trinidad mientras hacía chuc un tuti en su café.

—La vida puede cambiar en un instante, ¿verdad? La propia Faustina cuenta la historia en una entrañable antología de relatos, a cual más conmovedor, compilada por la arqueóloga Rebeca Yoma Medina, quien tuvo la magnífica idea de invitar a una pléyade de amigos a escribir relatos breves sobre momentos que marcaron su niñez. La antología lleva por tanto el nombre “Cuando fuimos niños” (editorial Entretejas, febrero 2021).

—Faustina es una de las autoras, cinco décadas después.

—En efecto. Tuvo el valor de desempolvar esas memorias y plasmarlas en ese ejercicio literario.

—¡Cómo pueden cambiar nuestras certezas! —exclamó Ángel Trinidad, y comenzó a sumergirse en la lejanía de su infancia.

Cuando era un párvulo feliz se aferraba, como todos, a certidumbres que con los años fue cuestionando. Esas verdades, como la vida de Faustina antes del ataque, eran sus refugios a los que, como la patria, siempre se puede volver.

Algunas certezas con las que enhebraba el hilo de su pequeña vida eran, por ejemplo, que los maestros eran seres infalibles; los soldados, incorruptibles; que no había nadie más confiable que el chofer de un autobús o el piloto de un avión, pues llevaban muchas vidas en su espalda. Para el niño Ángel Trinidad las instituciones eran monolitos indestructibles y el presidente de la República era siempre más viejo y más sabio.

Ese pequeño sabía que en medio de las desgracias y pleitos siempre se podía acudir a la policía en busca de ayuda. O bien a la fase superior: los jueces. Ah, por supuesto, nadie más noble, sabio y justo que el Solón.

Con los años, para el joven y el adulto Ángel Trinidad mientras algunos dogmas se convirtieron en dilectos, otros se desmoronaron. Siempre se preguntó si la razón de ese derrumbe era su párvula inocencia y candidez o realmente las cosas fueron perdiendo solidez. Quizás una combinación de ambas.

Por ejemplo, muchos maestros, comenzando por su líder sindical, empezaron a dar muestras de ser unos verdaderos papanatas. Las fuerzas armadas fueron infiltradas por el crimen organizado y en 1997 se llegó al culmen con la acusación y encarcelamiento de un general, Jesús Gutiérrez Rebollo, por protección a grupos de narcotraficantes.

Las instituciones permanecían sólidas pero los seres que las integran dejaron de ser ídolos marmóreos para convertirse en seres tan humanos como cualquiera y tan corruptibles, deleznables e incapaces como muchos. Varios ídolos empezaron a desplomarse como fichas de dominó.

Por fortuna quedaban los que actuaban fuera de la burocracia, los del sector privado y aquellos que sí asumían su tarea con responsabilidad. Pero Ángel Trinidad vio que generalizar era un craso error. En 2011, un piloto mexicano fue detenido en España acusado de aprovechar su oficio para traficar no pocos kilos de droga. ¿No que los pilotos eran absolutamente confiables?

En 2012 la realidad le dio otra bofetada, más sonora aún: el capitán de un gigantesco crucero, el Costa Concordia, colisionó la embarcación contra un islote y salió huyendo de la nave mientras ésta se ladeaba y ponía en vilo miles de vidas. Más de tres decenas murieron.

Aquel viejo, incuestionable axioma de que el capitán siempre se hunde con su nave se esfumó al ritmo que Francesco Schettino se alejaba cobardemente del barco.

Y en 2015, el colmo, otro piloto (copiloto que quedó al mando de la nave) estrelló deliberadamente un avión repleto de pasajeros, en los Alpes franceses, segando 150 vidas que vivieron horrorizadas sus últimos minutos.

Maestros, soldados, pilotos… confirmaron que no había verdades absolutas. Aquellos árboles qué abrazar que eran las certezas que cimentaban los valores humanos, sociales e institucionales en los que Ángel Trinidad creía y trataba de guiar su andadura, fueron ablandando sus raíces y dejando de ser confiables.

—¿En quién confiar, entonces? —dijo en voz alta, volviendo de sus elucubraciones. Miró a su interlocutor—: Nuestras certezas se están desvaneciendo, don Polo. Estamos perdiendo aquellas verdades que le daban sustento a nuestra convivencia social.

—¡Cuidado! Alguien te diría que extrañas a los prianistas.

—¡Caray, usted siempre politizándolo todo! Si alguien piensa eso será un simplista que ve las cosas en blanco y negro. Si manifiestas incertidumbre o inquietud sobre lo que pasa actualmente, te tachan de defensor de aquéllos.

—Porque seguramente te beneficiabas de la corrupción del pasado…

—No.

—Entonces eres o fuiste corrupto.

—No.

—Ah, ya sé. Defendías a los corruptos.

—Tampoco.

—Te duelen las críticas a Peña y a Calderón.

—¡¿Qué?! ¡Para nada! Por mí, que los metan al bote si les encuentran algo.

—Eres defensor de Salinas.

—Bueno, don Polo. Ya párele al jueguito de abogado del diablo. Puras cosas vacías está usted preguntando.

—Captaste muy bien mis intenciones.

—Por supuesto que no defiendo a Salinas y a nadie. Ojalá tuviéramos la suficiente madurez para encontrar lo positivo y lo negativo de cada proyecto político. Pero, ¡ah, no! qué flojera. Es más fácil pensar en buenos y malos, en indios y vaqueros, en policías y ladrones.

—Y es más rentable políticamente. ¿Por qué crees que se fomentan tanto esas actitudes?

—Sí, don Polo, estamos perdiendo certezas institucionales. Una de ellas, monolítica, era la independencia del Poder Judicial de los otros dos. Del Legislativo ni hablamos, siempre ha estado al servicio del Ejecutivo sin importar quién ocupe ambos. Pero el Judicial no.

—Y ahora lo están cooptando.

—Al menos eso tratan, con la chicana de baja estofa que hicieron en el Senado, que ayer ratificó la cámara de diputados, de madrugada. Al menos, después, el ministro Zaldívar declaró que ocupará el cargo para el período por el que fue electo. Esperemos que no sea una declaración solo para bajarle la turbulencia al tema. De lo contrario, el Poder Judicial estaría perdiendo seriedad y confiabilidad, como algunos pilotos, como ciertos miembros de las fuerzas armadas, como algunas gubernaturas y la misma presidencia…

—Como dice Roger Bartra, así se van abriendo “las grietas del desencanto”. O quizás nos estamos haciendo adultos como país y el que tú veías de niño era un México infantil. No olvides que madurar duele.

—O tal vez está en juego el futuro de la democracia en México. Porque democracia no solo es una cuestión política. Requiere de todo un entramado institucional que la sostenga. Un entramado a cuyo desmoronamiento estamos asistiendo.

—El sentido de nuestro voto el 6 de junio decidirá a dónde iremos.

—Ya veremos, don Polo. Ya veremos.— Mérida, Yucatán.

olegario.moguel@megamedia.com.mx

@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

 

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