Othón Baños Ramírez

Un vistazo a la democracia mexicana

Othón Baños Ramírez (*)

Como ocurre en todas las democracias del mundo, la democracia mexicana cambia de forma mas no de contenido. En los procesos electorales da tumbos hacia la derecha o hacia la izquierda y finalmente cae en el mismo lugar. No avanza y tampoco hace avanzar al país.

La clase política ha sido incapaz de trazar una ruta de Estado —por encima de los gobiernos— que permita dejar atrás muchos problemas nodales que mantienen al país en una crisis económica y social crónica.

La democracia no tiene por objetivo que todos los individuos vivan en igualdad de condiciones, pero sí en equidad social. La experiencia histórica de varios países enseña que cuando los jugadores tienen la misma musculatura, el resultado es un reparto más equitativo de la riqueza nacional.

El sistema democrático de un país es de mejor calidad cuando permite el juego de poder a poder de todos los actores sociales con intereses de diversa índole.

La historia, incluso la experiencia del presente demuestra que, aquellos ciudadanos, por lo general bien organizados, son los que tienen capacidad de imponer su interés al interés general.

En rigor, los ciudadanos que hacen la calidad democrática de un país no son los ciudadanos que acuden a las urnas y ahí termina su participación política. Los ciudadanos que hacen fuerte a una democracia y más equitativa su economía son aquellos individuos organizados que forman parte del demos —de la sociedad civil en el sentido griego de la palabra— y no una masa de individuos pobres que esperan todo del gobierno.

Hay algo muy importante que no debemos pasar por alto, una suerte de pecado fundacional: la democracia que hay en todas partes del mundo es uña y carne del capitalismo.

La democracia, aunque es un invento de los griegos, es un sistema que adoptaron las naciones industrializadas en el siglo XVII para garantizar el interés económico de los dueños del capital. Este es un tema central para comprender hasta dónde pueden llegar los gobiernos democráticos.

El juego electoral para el cambio de gobierno es un procedimiento que oxigena a los sistemas democráticos, pero no necesariamente fortalece la democracia.

En México los candidatos que han conseguido encabezar un gobierno, sin dejar de ser capitalista-democráticos, han sido de izquierda (pro-socialistas) o bien de derecha (pro-empresarial). Desde una de esas posturas ideológicas el interés de una clase social es colocado como el interés general del país.

Sin embargo, frecuentemente los partidos políticos una vez que ganan las elecciones gobiernan para los grandes intereses creados, que son dominantes y pesan en el devenir cotidiano.

Es una realidad: de cara a los grandes problemas que sufre el país los gobiernos se vuelven pragmáticos. No es raro entonces que el sistema democrático mexicano muestre preocupantes signos de involución y degradación, vaciamiento y de descrédito, de tal suerte que no es exagerado decir que se transforman en democracias aparentes.

El presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) no se lleva con los plazos que no sean los electorales. Además, confunde la lucha contra la dominación empresarial con la lucha contra los empresarios. La lucha contra la dominación empresarial debe ser atacada con el fortalecimiento de la sociedad civil y no con la omnipresencia del gobierno.

En los últimos años las tendencias del capitalismo global alimentaron unos gobiernos neoliberales incapaces de detener el deterioro de las condiciones de vida de la mayoría.

Estos gobiernos del PRI y del PAN que dieron prioridad a las demandas empresariales y soslayaron la desigualdad social están pagando su factura electoral. Se puede decir que fueron gobiernos neoliberales que funcionaron como meras fachadas democráticas porque no fueron incluyentes de la clase media y trabajadora.

El gobierno de Vicente Fox estuvo a favor de las grandes empresas, del empresariado en general, creyendo que la salida a la crisis era apoyar más a los poderos empresarios, soslayó a la sociedad civil y de otro lado despilfarró la riqueza petrolera. Fue un populista de derecha.

En cambio, el gobierno de AMLO se ha proclamado defensor de los pobres y los protege bajo la forma de un liderazgo populista. Parece difícil que deje a un lado la ideología y ponga los pies sobre la tierra. AMLO, en vez de trazar una ruta de Estado, declara que la cuarta transformación los pobres son primero, con la cual se va al otro extremo ideológico.

La idea peregrina de hacer a un lado a los empresarios es tan grave para la sociedad mexicana como la de despreciar a la sociedad civil organizada.

Con la prisa de transformar al país desde el gobierno, AMLO ha generado pleitos con los dueños del capital y con los líderes de la sociedad civil organizada. Erigiéndose el protector de los pobres y con un poder legislativo que todo le aprueba, su gobierno ha caído en lo que criticaba de sus antecesores, en una democracia de fachada.

Con sus buenas intenciones de ayudar al pueblo, AMLO está llevando a la democracia mexicana hacia atrás en vez de ir hacia adelante. Su idea de que el gobierno gane más terreno en la orientación de la lucha contra las desigualdades despreciando al empresariado y a la sociedad civil organizada no es la solución. Por el contrario, ambas fuerzas políticas deberían estar conciliadas y a partir de ese punto desplegar un gobierno incluyente.

La lección que debemos aprender de otras experiencias es que los gobiernos de izquierda radical no tienen porvenir. El tema no es la honestidad y el combate a la corrupción, que está muy bien, el tema es poner algún freno a la dominación rampante de los dueños del dinero, más no el divorcio con ellos, porque querámoslo o no son los que mueven la economía de un país y al comercio internacional.

Para evitar que el gobierno de AMLO, en los tres años que faltan de su administración, siga destruyendo, las instituciones democráticas y engordando el gobierno y fortalezca su vocación dictatorial, es necesario un contrapeso del poder ejecutivo. Es necesario que haya una oposición plural. Para lograr una sociedad equitativa se requiere de un poder legislativo plural y de una sociedad civil fuerte. La posibilidad de un contrapeso y un mejor porvenir para México es lo que está en jugo el próximo 6 de junio.—Mérida, Yucatán

bramirez@correo.uady.mx

Doctor en Sociología, investigador de la Uady

 

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