Ver, oír y contar
Por Olegario M. Moguel Bernal (*)
Don Polo Ricalde y Tejero leía con deleite pueril un cuento de Vicente Leñero sobre la supuesta aparición de la única copia de “La cordillera”, aquella “novela mítica que Rulfo anunciaba con frecuencia pero nunca se atrevió a escribir”.
La verosimilitud del cuento tenía atrapado a nuestro personaje, quien de tanto en tanto sorbía su expreso cortado en aquel café del norte de la ciudad que se estaba acostumbrando a visitar cada mañana.
Cuando se adentraba en la parte donde los mitos empiezan a desmoronarse, la voz de Ángel Trinidad lo ancló en la realidad y debió interrumpir la placentera lectura.
—Me han dicho que cortado no es la mejor forma de tomar el café expreso —dijo el recién llegado a manera de saludo—. Debe ser simple, solo, de preferencia doble y acompañado de un vaso con agua.
—¡Vaya! Resultaste un experto —exclamó don Polo, enarcando una ceja.
—Nada. Lo escuché por ahí —respondió—. ¿Por qué lo toma cortado?
—Te responderé como decía aquel viejo comercial de cigarros Baronet, que quizás no conociste: porque me gusta.
—Oiga, don Polo, espero que hoy me invite siquiera un café. La última vez que nos vimos me abandonó usted olímpicamente con la cuenta.
—Olímpicamente —repitió el aludido—. Ya que mencionas temas olímpicos, antes de mi lectura hacía un recuento de las coincidencias y diferencias que nos dejan los juegos que terminan mañana con nuestra vida política.
—¿Coincidencias y diferencias? Depresión y vergüenza dirá usted.
—Mira. Coincidencia: podemos llamarle el nuevo “ivonnato” o “angelicato”. Se trata de la aterradora noticia de que para los siguientes Juegos Olímpicos seguirá la misma administración federal en México. Ana Guevara, por tanto, podría continuar al frente de la Comisión Nacional del Deporte; claro, si después de este ridículo le permiten seguir afianzada al hueso, lo que es de esperarse pues ya ves que en estos tiempos la lealtad es más valorada que la capacidad. Ha hecho con el deporte mexicano lo que aquellas con la ciudad y el Estado.
—Se acabaron nuestras esperanzas de mejorar en París la raquítica cosecha de Japón —lamentó Ángel Trinidad.
—La segunda es una diferencia. En las campañas electorales oímos siempre la frase “cumpliré mis compromisos”, pero al momento de la rendición de cuentas o bien se olvidan de ellos o los dan por cumplidos sin presentar pruebas contundentes. Los japoneses, sin embargo, cumplieron el compromiso aun en circunstancias realmente adversas.
—¿Cómo está eso, don Polo?
—Leí en el Diario que las flores que se reparten son símbolos de la reconstrucción que siguió al tsunami de 2011. Recordemos que los juegos de Tokio 1964 fueron para mostrar al mundo que Japón había resurgido de la Segunda Guerra Mundial. Esta vez mostrarían otro resurgimiento del país del sol naciente después de aquel tsunami y el accidente nuclear que provocó en la planta de Fukushima. Cada pequeño ramo que los atletas reciben en el podio contiene girasoles, eustomas y gencianas, de las prefecturas de Miyagi, Fukushima e Iwate, las tres golpeadas por el fenómeno natural de aquel año. Ahora bien, la pandemia desplazó el mensaje de reconstrucción que Japón pretendía dar al mundo y se trocó por aquel de cumplir los compromisos aun en las condiciones más adversas. Los Olímpicos han sido un éxito pese a todas las adversidades. Japón, como nos tiene acostumbrados, cumplió el compromiso a cabalidad.
—Que nuestros políticos sigan el ejemplo —dijo Ángel Trinidad mientras recibía el expreso doble y el vaso con agua que pidió—. Que cumplan con hechos, no solo con palabras.
—Nueva coincidencia —prosiguió don Polo—: hay premios de consolación, por ejemplo recibir una secretaría en caso de que te tumben la candidatura. Pues bien, en el deporte también hay esa clase de premios, aunque no todos los valoran por igual. El boxeador inglés Benjamin Whittaker decidió no colocarse la medalla de plata porque considera que es para el primero de los perdedores. Claro, la obtuvo por haber perdido la final. “Seamos claros —dijo—, aquí no se gana la plata, se pierde el oro y para mí es un fracaso, no pienso celebrar ser el segundo lugar en algo”. ¿Hemos de criticar su actitud? ¿Hay que denostar su afán de búsqueda del máximo nivel en su especialidad, al grado de considerar que no alcanzarlo es una humillación?
—Oiga, eso me recuerda a un compañero de secundaria que cuando sacaba nueve se ponía a llorar, acostumbrado a los dieces —recordó Ángel Trinidad—. Nueve para mí era motivo de fiesta nacional.
Don Polo sonrió y continuó: “¿Debemos, entonces, criticar la actitud del atleta y la de tu excompañero? O, por el contrario, ¿premiar a los cuartos lugares, como el gobierno federal ha anunciado? La avalancha de cuartos lugares que México ha conseguido en los Juegos Olímpicos, que nos hace de nuevo los “ya merito”, no sería notoria si la cosecha de medallas fuera copiosa. Pero con tan solo cuatro bronces, muy meritorios para quienes los conquistaron, el gobierno nos quiere vender un cuarto lugar como un enorme logro. O sea, gato por liebre, lo que hace pensar que si esos atletas “cuartolugaristas” hubieran contado con más apoyo de las autoridades estaríamos hablando de más medallas. ¿Premiarlos es una cortina de humo para ocultar la falta de apoyos? ¿Una ayuda a toro pasado? ¿Por qué no lo hicieron antes? ¿Por qué la gimnasta Alexa Moreno tuvo que sufragar gastos con sus propios recursos? ¿Cuántos más hay como ella?
—¡Ah, pero qué tal se cuelgan de las pocas medallas las autoridades! —reclamó Ángel Trinidad tomando el primer sorbo de su expreso—. Para eso sí que son bue… ¡Puaj! ¡Qué fuerte está esto!
—Espero que lo gastes. Ya que yo invitaré, si no lo haces podría ofenderme… Sigamos ahora con una diferencia. Se dice que para los deportistas no hay límites, pero para los políticos vaya que los hay, sobre todo cuando el Trife les quita la candidatura. Mientras conversamos aún no se celebra la prueba de maratón. Más allá de quién la gane, porque puede haber sorpresas, la historia del keniano Eliud Kipchoge es digna de conocerse. En el pasado fue medallista olímpico de bronce y plata en 5,000 metros. Después cambió a maratón y es el campeón olímpico vigente. También tiene el récord mundial en esa distancia y es el único ser humano que ha corrido un maratón en menos de 2 horas… Su marca por debajo de dos horas no fue validada por la Federación Internacional de Atletismo ya que corrió él solo con liebres, como les llaman a otros corredores que le van marcando el ritmo y se van relevando. Ellos marcan el ritmo que “jala” a Kipchoge. Pero nadie le quita ser el único humano que ha corrido la distancia de 42 kilómetros 125 metros por debajo de las dos horas, al menos desde que se llevan registros. Los científicos vaticinaban que no sería sino hasta 2057 cuando un ser humano lo lograría. Lo hizo en octubre de 2019, en Viena.
Este personaje tiene una máxima que aplica en su vida y expone en conferencias: “Sólo los disciplinados son libres en la vida. Si eres indisciplinado, eres esclavo de tus estados de ánimo. Eres esclavo de tus pasiones”. Y añade: “Ningún ser humano tiene límites”.
—A menos que el Trife los ponga botándote la candidatura. Ya entendí.
—Y rematamos con otra coincidencia, que más bien es una lección: nunca descartar a nadie, menos a quien dice: “A mí denme por muerto”, porque tiempo después la realidad mostrará que nunca tuvo intención de ser un cadáver político. En esta coincidencia el nombre olímpico a recordar es el de Sifan Hassan. Es una corredora de origen etíope que compite por Holanda, país al que llegó como refugiada a los quince años. En la semifinal de 1,500 metros, al hacerse una meleé de piernas de corredoras, cayó al tropezar con una keniana. Sifan rodó por el tartán y tardó más en caer que en levantarse, para llegar en primer lugar en ese hit eliminatorio. Cayó, rodó, se levantó y ganó. Como a político que se le pensaba en desgracia, o que alguna vez dijo que lo den por muerto, resurgió y alcanzó el triunfo. Al día siguiente corrió la final de otra prueba, 5,000 metros, y conquistó el oro.
—Vaya, don Polo. Así que ha estado siguiendo los Juegos Olímpicos —a Ángel Trinidad realmente le costaba trabajo gastar el expreso doble—. ¿No hablará del caso Simone Biles?
—No. Ya está demasiado comentado. Y, si no te molesta, seguiré leyendo.
—¿Quién es el tal Leñero?
—Alguien a quien deberías leer, sobre todo tú que gustas de contar historias.— Mérida, Yucatán.
olegario.moguel@megamedia.com.mx
@olegariomoguel
Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
