Las organizaciones y sus Consejos de Administración alrededor del mundo reconocen el peligro que conlleva una crisis y la importancia de prepararse para ello.

El conflicto y la tensión nacidas de la crisis financiera mundial a causa del Covid-19, aumentada por la guerra en Ucrania en sus diferentes variantes, nos conducen a una profundización de la misma.

Así como en la responsabilidad civil existe la obligación de indemnizar el daño causado a otro, en la responsabilidad social existe la obligación de cumplir los deberes del hombre con la sociedad.

En la crisis es común que surjan mutaciones, cambios, manifestaciones agudas de momentos decisivos y peligrosos en la evolución de las cosas. Crisis social, crisis moral, tienen como resultado natural la más grave crisis de confianza a todos los niveles que el país haya padecido desde los tiempos de la gran depresión.

La sencillez y credulidad naturales en el sufrido pueblo mexicano han sido agraviadas, erosionadas en grado total. La confianza, que es la esperanza que se tiene en una persona o cosa, en este caso la clase política dirigente, no podemos decir que está en crisis, simplemente ha desaparecido. Se volatilizó.

Dicen que “el uso y el abuso sacan callo”. Un pueblo encallecido es un pueblo envilecido. Deja de luchar. Deja de sentir. Se conforma. Actúa sumisamente. Obedece y calla. Los años de uso y abuso en México cobran hoy su cuota usurera en todas las clases sociales, a todos los estratos económicos.

La 4T no nos ha mejorado. Es el resultado de esos años. Testimonios sobran del caos reinante en múltiples áreas en todo el país.

La inestabilidad social, también en todos los órdenes, es un reflejo del cansancio, la incertidumbre que nace de un sistema político desgastado, de instituciones gubernamentales invadidas por la corrupción, y de la extrema pobreza moral ayuna de valores de los protagonistas de la acción política y empresarial que hace apenas unos años comienza a desperezarse y deslindarse del contubernio con autoridades corruptas de sobra conocidas.

Gobierno, instituciones y empresarios abandonaron por décadas, en medio de la estupefacción de la ciudadanía, su deber ineludible de permanecer como testigos creíbles.

Ante la llegada abierta de la pobreza extrema y la pulverizacion de la clase media, se añade la mancha de aceite de la corrupción, que avanza imparable contaminándolo todo, la participación democrática del pueblo y el despertar cívico de los miembros líderes de la sociedad se está dando con más continuidad, convirtiéndose no solo en imprescindible sino en impostergable.

Solo podemos lograr avances con el golpe de conciencia y de la responsabilidad social. Se necesita paciencia, cultura del esfuerzo, amor por el trabajo, pero sobre todo “repartir la carga para que sufran menos los que menos tienen”.

A mayor bienestar económico, social, personal, a mayor preparación intelectual y profesional, mayor responsabilidad social.

Nuestro México dejó de ser una de las 15 economías más grandes del mundo en algún momento de 2021. Este dato merece atención y ha pasado casi inadvertido. Éramos la economía numero 12 en la primera década de este siglo. Pasamos al casillero 13 y 14 en la segunda década y ahora estamos en el número 16.

Hay una extensa “brecha de vulnerabilidad” entre el peligro de las amenazas que nos acechan, y la capacidad para enfrentarse a ellas y tener la capacidad para resolverlas.

Numerosos fenómenos afectan a la economía. Desempleo. Escasez. Devaluación. Inflación. Daños al medio ambiente y más.

Philip Keefer, quien se llama a sí mismo “el estudioso de la confianza”, afirma que al ser especialista en desarrollo institucional, puede afirmar “que la confianza es un bien escaso en América Latina y el Caribe”.

Papel crucial

“La confianza juega un papel enorme y América Latina nunca clasifica alto”, dice Keefer, asesor económico principal del departamento de Instituciones para el Desarrollo del BID.

Los bajos niveles de confianza, agrega, “afectan las reformas y cómo se consigue el cambio”.

Entonces, ¿qué pasa con la confianza? Una encuesta reveló importantes vínculos entre la desconfianza en el gobierno y la distribución del gasto en sus comunidades. Saben que el dinero no llega a donde debe llegar, y si lo hace es en forma muy incompleta.

¿Cómo pueden los funcionarios públicos recuperar la confianza de los ciudadanos para los cuales trabajan?

La respuesta es clara y obvia: En primer lugar, al ser mucho más eficientes en la forma en que se gasta el dinero de los impuestos; y en segundo, al asegurar que los votantes entiendan (y sepan) hacia dónde va su dinero.

“La confianza en el gobierno podría aumentar si los gobiernos comunicaran con mayor claridad y frecuencia que cumplieron sus promesas”, dijo Keefer. “Y que sus políticas tuvieron los efectos que dijeron que tendrían”.

Como país, México recibirá el mayor beneficio, del mayor o menor número de ciudadanos organizados en grupos que logren transformar su descontento en bien estructurada demanda, y planteamientos legalmente sustentados.

La responsabilidad social del ciudadano consciente de sus derechos y obligaciones necesariamente conducirá a una mayor responsabilidad política y económica de la nueva casta de dirigentes que resuelvan, no solo amar y respetar a su nación, sino que actúen al amparo y bajo el imperio de la ley y la Constitución mexicanas.— Mérida, Yucatán.

maica482003@yahoo.com.mx

Abogada y escritora

 

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