En noviembre de 1956, mi papá aceptó el puesto de gerente de un hotel llamado “Oasis club” en el lago de Tequesquitengo a veinte minutos de Cuernavaca, Morelos.
Tequesquitengo se encuentra a dos horas de Ciudad de México, mientras que en aquellos años Acapulco estaba a seis o siete horas de viaje. En los años cincuenta ya existía la autopista México-Cuernavaca, lo cual hacía más rápido y placentero el viaje al lago, haciendo que muchos capitalinos prefirieran ese destino.
Nos trasladamos a México, D.F., mi mamá, mi hermano José Enrique de tres años y yo, de trece. Recuerdo que volamos en un avión DC6 de cuatro motores de hélice. No tenía miedo, al contrario estaba emocionado. Ese día estrené mi “flus”; era gris de saco cruzado. En aquellos días, volar en avión era un lujo; era la costumbre que los viajeros del aire se pusieran sus mejores galas para tal ocasión.
Recuerdo la emoción y el asombro pero, curiosamente, la tristeza de dejar la tierra que me vio nacer, a mis amigos y lo conocido fue sobrepasado por la expectativa del descubrimiento de nuevas cosas. Todo me parecía bello, distinto, maravilloso.
Salimos a las siete de la noche y apenas abordamos, me apoderé de una ventanilla para poder ver las luces de la gran Ciudad de México. Al día siguiente me esperaba un asombro mayor: las montañas y los volcanes. Para un yucateco como yo, para quien lo más alto que había contemplado eran los cerros de Muna, estas montañas me llenaron de admiración. Dos días después nos fuimos a Tequesquitengo.
El hotel contaba con siete lanchas rápidas de motor interior con sus respectivos lancheros; el verdadero atractivo del hotel era atender a la gente de Ciudad de México que quería pasar un fin de semana tranquilo y esquiando. La capacidad del hotel era de treinta y cuatro bungalós y una suite presidencial. Nosotros ocupábamos un bungaló.
Los huéspedes del hotel eran prácticamente los mismos cada fin de semana, pues generalmente los que iban una vez, volvían. El hotel, entre semana estaba prácticamente vacío, lo cual yo aprovechaba para esquiar, lo hacía seis o siete horas diarias.
Aprendí rápidamente los rudimentos del deporte, pero el que me enseñó a esquiar, corrigiendo mis defectos, fue Carlos Zamudio, que tenía una escuela de esquí al lado del hotel. Rápidamente nos hicimos amigos, creo que veía en mí al niño yucateco que descubrió un mundo y quiso ayudarlo a entender el mundo del esquí.
Esquiar en eslalon (con un esquí) es fascinante, gracias a sus enseñanzas llegué a hacer la pista de boyas a casi 50 kph. Era toda una experiencia. Dada la velocidad, cuando me caía, rodaba en el agua. Esquiar en Tequesquitengo es una delicia. Muchas veces, el lago está tan calmo, que parece que te deslizas en aceite. El lago está rodeado de hoteles y casas de vacacionistas.
Existe el pueblo de Tequesquitengo con su leyenda urbana que dice que antes había dos lagos y el pueblo estaba en medio pero ocurrió que subieron las aguas y el pueblo entero fue cubierto y que a veces cuando hay mucha calma se oye el tañer de la campana de la torre de la iglesia cubierta por las aguas… y toca a muerto. Honestamente, nunca la oí; pero siempre me ha gustado esa leyenda.
Yo no tenía con quien jugar, por lo que me hice amigo de los empleados, especialmente de los lancheros, trabajaba con ellos cuando no estaba esquiando; lijando lanchas, pintando, recogiendo basura, ayudando al mecánico a reparar un motor, pescando robalos (eso no era un trabajo). Primero, con una bolita de pan puesta en el anzuelo, pescábamos una mojarra que nos servía de carnada para atrapar nuestro robalo. Luego el cocinero nos lo preparaba y yo lo disfrutaba enormemente. Sabe diferente el pescado que tú mismo pescaste.
También recuerdo con claridad que mi padre me pagó junto con los empleados cinco pesos: mi primer salario ¡qué orgullo! Veía y reveía el billete de cinco pesos, no sabía dónde ponerlo, a cada rato lo sacaba de mi bolsa y lo contemplaba, no se puede comparar el dinero que te dan con el que te ganas trabajando.
Hacia los últimos días de 1958, mi papá recibió una oferta de trabajo para administrar el hotel Peñafiel, cerca de Tehuacán en el estado de Puebla. Llegamos casi al inicio del año 1959. Recuerdo que entonces la localidad era muy pequeña. Tenía una población de apenas cuarenta mil habitantes y una extensión de cinco cuadras para cada punto cardinal.
El hotel Peñafiel está en la comisaría de San Nicolás, perteneciente al municipio de Tehuacán, a una distancia de cuatro kilómetros del centro de la población. Era un SPA y tenía instalaciones para diversas actividades: campo de golf, cancha de tenis, de frontón, salón de boliche, mesas de billar, una inmensa alberca rodeada de jardines, dos bares, comedor para doscientas personas, ciento sesenta cuartos, Tenía dos gimnasios, uno para hombres y el otro para mujeres, vapor, masajes, etc.
Contaba con cinco bungalós enfrente del hotel; el bungaló número cinco era el que habitábamos mi familia y yo. La principal atracción turística de Tehuacán eran sus manantiales cuyas aguas se consideraban medicinales.
El “tour” para ver los manantiales es fantástico: se pasea por los túneles y se puede disfrutar del espectáculo que es ver salir el agua directamente a borbotones del manantial. Se construyeron bebederos cerca de las fuentes para tomar el agua directamente de ellas. Junto al hotel está la embotelladora de refrescos Peñafiel.
Pues bien, una vez instalado en lo que sería mi lugar de residencia por quién sabe cuánto tiempo, me dispuse a recorrer los alrededores para conocer mejor el lugar. A escasos cincuenta metros del hotel había, y todavía hay, un campo de fútbol, de tierra. Fue mucha mi emoción puesto que en el internado México ese deporte tenía mucho auge, lo que me permitió entrenar mucho.
Así que, me puse mis arreos de futbolista y me fui para ese campo. Ese día estaban unos muchachos locales “cascareando”. Les pedí chance de integrarme a su juego…intercambiaron miradas que me hicieron darme cuenta de que se ponían de acuerdo para enseñarme una lección. Supongo que les parecía muy raro; aparte de que obviamente era un extraño, mi acento era distinto, y supongo que además me veían con recelo por parecer de una clase distinta a la de ellos, lo que sea que eso signifique.
En el internado México (donde estuve por un período de dos años) el fútbol era un deporte muy valorado; allá entrenaba el club América los lunes y los jueves. Por lo mismo, yo tenía la rutina de practicar dos horas diarias. Sabía jugar bastante bien cualquier posición (después de un tiempo me quedé como portero).
Nunca había fumado ni tomado, tenía quince años. Gracias a que jugaba muy bien, cuando concluyó la cascarita, mis nuevos compañeros de juego ya no querían golpearme, al contrario, se estaba peleando entre ellos para tenerme en su equipo. El Yuca (yo) iba todas las mañanas a jugar, eran vacaciones. En aquellos años, las vacaciones en México, excepto Yucatán y quizás otros estados, eran en diciembre y enero.
Terminadas las vacaciones, mis padres me inscribieron en la escuela federal Presidente Venustiano Carranza, la “Venus” de cariño. Ya tenía mi uniforme caqui y mis libros. Estaba listo para estudiar el tercero de secundaria. El primer día de clase, me presenté debidamente uniformado y muerto de miedo. Rápidamente varios se me acercaron y empezaron los empujones y los insultos.
De repente, se oyó un grito: “A él no, él es amigo. Al Yuca no lo tocan, el que lo haga se las va a ver con nosotros”. Los que gritaron eran mis cuates del fútbol. Enseguida todos se me apartaron.
Estudié en la “Venus” cuatro años: desde tercero de secundaria hasta terminar mi prepa y nunca volví a ser agredido o molestado. El internado venció a Tehuacán.
Pero la vida pondría ante mí una oportunidad de oro. Con orgullo digo que la tomé y nunca me arrepentí por haberlo hecho. En 1962, el club Rotario de Henderson Kentucky otorgó, por medio del club Rotario de Tehuacán, una beca para un joven que hubiera terminado la prepa y que quisiera estudiar en la universidad de Kentucky un año con la finalidad de aprender inglés. Nadie la quiso, tal vez por evitar la situación de tener que adaptarse a un lugar extraño, con diferentes costumbres y diferente idioma.
Pero dado que yo estaba acostumbrado a estar lejos de mi casa por el tiempo que pasé en el internado México y por los continuos viajes, acepté la oportunidad y me lancé a probar una nueva experiencia, esta vez fuera de mi propio país.
Al día siguiente de llegar a Kentucky, fuimos a pasear al río Ohio en una casa bote. A media mañana se nos acercó una lancha rápida con un matrimonio a bordo. Intercambiaron algunas palabras con el señor Rasch, presidente del club rotario que me dio la beca y por medio de señas, ya que no hablaba inglés, me preguntaron si quería esquiar. Con entusiasmo asentí con la cabeza y me entregaron el par de esquís.
Pero les señalé el eslalon, un esquí. Ellos me dicen: no… no…no.. y yo les digo: yes…yes…yes. Con resignación e impaciencia me dan el esquí (esquiar en eslalon en el esquí acuático requiere una experiencia previa, no se puede esquiar eslalon sin saber perfectamente esquiar), la mirada del señor Rasch era de tristeza porque pensaba que iba a hacer el ridículo.
Yo me decía a mí mismo: “hoy van a ver cabrones gringos lo que es esquiar” y así fue. No lo podían creer; incluso el señor Rasch que conocía México no podía concebir en su paternalismo, que un “mexican curious” esquiara y que además lo hiciera mucho mejor que cualquiera de la zona. Nunca olvidaré la mirada de orgullo de Rasch y el estupor e incredulidad de los demás. Tequesquitengo venció a EE.UU.
El 24 de marzo de 2019, mi amigo Armando Millet Molina me invitó a esquiar. Tengo que confesar que, aunque estaba muy seguro de que podría hacerlo sin problema, ¡ni siquiera pude lograr salir!— Mérida, Yucatán.
leconser@yahoo.com
Exdiputado y expresidente del Congreso del Estado.
