El fútbol: de las patadas a los golpes. Tal parece que pegarle de patadas al balón acumula una energía que puede transmitirse al graderío. Siempre he pensado que el fútbol sóccer es sin duda el deporte de las masas por excelencia y no quiero ser peyorativo con lo que digo, ni categorizar qué clase de masas, simplemente como en muchos países es el deporte que se lleva las preferencias sobre los demás.

Eran las 7:10 de la noche; después de buscar afanosamente un lugar dónde estacionarnos en el Estadio Azteca nos bajamos corriendo del coche de mi suegro que le había prestado al primo de mi esposa (en ese entonces mi novia) para que cupiéramos con la chiquillada de sobrinos, niños de 10 a 12 años, la esposa del primo Toño, mi novia y yo.

El partido entre la selección nacional y Honduras convocó a un lleno casi total del estadio y nosotros llegábamos diez minutos tarde por lo del estacionamiento. Después de peregrinar por los pasillos, ante la  gritería de la gente y lo ruidoso de las cornetas, vemos los que supuestamente eran nuestros lugares.

Las leperadas comenzaron al pedir permiso para sentarnos en los incómodos asientos, hasta que por fin lo logramos.

Una lluvia parecida a la cerveza clara

Cinco minutos después tres personas nos increparon diciendo que esos eran sus lugares y fue ahí donde comenzó de nuevo el florido lenguaje del aficionado acompañado de algo de lluvia que al parecer se asemejaba a una cerveza clara (qué ingenuo) hasta que llegó un vigilante o encargado y moviendo la cabeza nos indica que los lugares que habíamos comprado estaban debajo de la porra del Atlante. Se ofreció a acompañarnos para evitar otra equivocación.

Al llegar al sitio el encargado detecta que los asientos estaban ocupados y solicitó a las personas que se retiraran porque esos no eran sus lugares; de muy mal humor se pararon y otra vez las groserías cruzaron el aire para estrellarse en nuestros oídos y al momento que nos iban a echar la “cerveza clara”, dos policías nos escoltaron a los que finalmente fueron nuestros lugares y así, sentaditos todos… a disfrutar el partido, sobre todo los niños con los que íbamos.

Fue una experiencia por demás desagradable, pero a mis 20 años lo veía de otra forma, como algo común que se daba en ese deporte, en el que siempre ha existido la leperada y el insulto a los cuales los aficionados ya se acostumbraron. Era la primera vez que iba al Azteca y no me quedaron ganas de volver, aunque estuve a punto de ir a ver a Michael Jackson en el 93 pero no conseguí boletos.

El aficionado taurino también es bravo

Otra afición también muy brava es la de los toros. Entre oooles, las groserías se escuchan cuando pasa uno por el tendido de sol general, como el día en que se le ocurrió a mi suegro invitarme a una de esas novilladas, las que se hacen después de finalizar la temporada grande y en las que la gente, particularmente los turistas, se van después del tercer toro. Ahí nos llovieron insultos porque pasamos por las gradas bravas de sol. Mi suegro con la cabeza agachada me dice en son de broma que le tapara los oídos a su hija.

Regresé al Estadio Azteca  en el mundial del 86 pero estuve a nivel de cancha como coordinador del patrocinio de nuestro cliente Canon y en ocasiones en el palco de patrocinadores. La seguridad en el estadio en ese mundial fue impresionante.

Delincuencia futbolera

Por cuestiones de mi trabajo, tuve oportunidad ese año de visitar el Estadio Corregidora de Querétaro, el cual fue la sede de cuatro partidos del Mundial. Un estadio muy bonito que contrastó con los acontecimientos que se suscitaron recientemente y de los cuales  las  redes sociales dieron cuenta del extremo de una afición que dudo mucho tenga que ver con lo que se protagonizaba en la cancha, más bien obedece a intereses de grupos delictivos que quieren desestabilizar un estado que hasta ese día había sido tranquilo, por lo que obliga a los organismos futboleros a tomar medidas drásticas para detener la vandalización en el fútbol.

He tenido oportunidad de estar en estadios de béisbol y fútbol americano en Estados Unidos y son eventos familiares donde la gente va a tomar unas cervezas y a comer, bueno, también a ver el juego pero lo que sucedió en el Corregidora nunca se había visto en ninguna otra parte del mundo. A las patadas y los golpes, se añadieron feroces agresiones con navajas, picahielos y demás objetos que encontraban a su paso.

A ese grado ha llegado la intolerancia y mentalidad enferma de la gente manipulada por un instinto miserable de agredir, de hacer daño, de matar. Antes eran las porras, ahora les dicen las barras, será porque con ellas pelean y rompen huesos.

Venganza es el nombre del juego al que nos ha enseñado esta transformación de cuarta y ha permeado en estos individuos enfermos que, con patadas y golpes, quieren acabar con el deporte más popular de México.—  Mérida, Yucatán, 14 de marzo de 2022  Twitter: @ydesdelabarrera

 

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