Nadie puede decir que tuvo una infancia perfecta o que disfrutó de unos padres sin defectos. Los seres humanos venimos a este mundo con necesidades específicas que requieren satisfacerse para poder alcanzar la penitud.
Sin embargo, aún en las mejores condiciones ningún progenitor, por mucho que lo quiera, es capaz de satisfacer totalmente las necesidades de un hijo. Así, ninguna persona ha salido de su niñez sin experimentar heridas emocionales, producto de esas necesidades no resueltas.
Las heridas emocionales son una especie de lesión afectiva. Se convierten, con el tiempo, en una colección de miedos, reacciones y creencias que crean un caparazón para que esas heridas nos duelan menos.
Lamentablemente, todas las defensas que creamos para no ser lastimados nos impiden acceder a nuestro verdadero yo. Es como si las heridas nos condujeran a un abandono de nosotros mismos. Sentirnos separados de nuestro verdadero ser nos hace experimentar un profundo desasosiego y la sensación de que algo importante nos falta.
Esa falta de conexión con nosotros mismos afecta nuestra autoestima y, la autestima dañada es la que, eventualmente, nos impide tener vidas sanas, con sentido y, hasta, felices.
En nuestra niñez, todos recibimos muchos y diferentes mensajes inconscientes de nuestros padres y de otras figuras importantes. Esos mensajes tuvieron un profundo efecto en el desarrollo de nuestra identidad y determinaron en qué medida nos permitimos ser nosotros mismos por completo.
A consecuencia de las necesidades infantiles no satisfechas y de los bloqueos subsiguientes, a muy temprana edad comenzamos a experimentar vacíos, y esto nos hizo sentir miedo y ansiedad. Nuestro temperamento innato, sin duda, determinó la forma en que reaccionamos a ese miedo o ansiedad pero, al final, el niño atemorizado y herido llegó a la conclusión de que está desprovisto de algo esencial y que, al no tenerlo, hay algo fundamentalmente mal en él.
Comúnmente no sabemos cómo expresarlo en palabras porque, generalmente, ese tirón de angustia suele ser inconsciente, pero lo cierto es que esas heridas nos llevan a sentir miedo y a perder el contacto con nuestra esencia. La pregunta es: ¿Qué hacemos los seres humanos para compensar ese miedo?
Bueno, pues nos creamos expectativas y un “ideal” de cómo debemos ser o cómo deben ser las cosas. Esto es lo que nos ayuda a enfrentarnos al miedo y a seguir funcionando, porque concluimos que si las personas y las situaciones son como queremos, ya no vamos a sentir ese vacío o ese dolor.
Digamos que el miedo nos lleva a tener deseos y expectativas que, según el tamaño de nuestras heridas, podrían ser más o menos, razonables. Esos deseos y expectativas, eso que nos afanamos en conseguir para sentirnos mejor, es lo que conocemos como programas del ego.
Es verdad que no hay nada de malo en tener expectativas y deseos; lo que se convierte en un problema es que tratamos de hacerlos realidad de formas equivocadas y forzadas, lo que, generalmente, nos lleva por caminos que son contraproducentes para nosotros.
Cuando no podemos ver que nos conducimos bajo los efectos de nuestras heridas emocionales, actuamos de forma reactiva, motivados por el miedo a ser lastimados. Vivimos buscando que se cumplan nuestras exigencias creyendo que así vamos a aliviar nuestro dolor.
Usamos las mismas estrategias una y otra vez, aun cuando no nos dan resultado y, aunque paradójicamente, esto sea autodestructivo. No actuamos desde el amor, lo hacemos desde el miedo o, lo que es lo mismo, desde el ego. Y lo que muchos ignoramos es que el ego se va a resistir a entregar el control mientras no crea que ha conseguido que se cumplan sus caprichos.
Esto deja en claro que la naturaleza humana esta´ impulsada por el miedo y el deseo, pero si comprendemos que el ego esta´ compuesto de nuestra huida del miedo y la tenaz persecucio´n de nuestros deseos, seremos capaces de replantearnos nuestras expectativas y dejar de buscar afuera el alivio a nuestro dolor. Es aquí donde podemos decidir empezar a sanar.
Es importante entender las heridas emocionales como el cristal a través del cual vemos la vida. Son el principal filtro que empleamos para intentar comprendernos a nosotros mismos y el mundo que nos rodea, es el filtro a través del cual nos expresarnos, hacemos frente al pasado y nos anticipamos al futuro, es el filtro a través del cual aprendemos, disfrutamos y nos relacionamos. Por eso es tan importante reconocer nuestras heridas y sanarlas.
Quienes emprendemos el camino de la recuperación aprendemos a aceptar las secuelas negativas de nuestra historia infantil y descubrimos que, sin importar co´mo haya sido nuestra experiencia, podemos tener la certeza de que no hay herida lo suficientemente grande para destruir nuestra esencia. La esencia siempre está libre de mácula.
El proceso de sanación consiste en acceder a nuestro yo verdadero, que se encuentra más allá de nuestras heridas. Consiste en convertirnos en adultos responsables de nuestras emociones y de nuestro amor propio.
En última instancia, si las heridas son el filtro a través del cual vemos el mundo, es posible que las heridas sean un gran impedimento para ver la realidad tal y como es; de ahí que tengamos que empezar por aceptar que nuestra percepción de lo que vivimos en la infancia podría estar equivocada.
Es decir, quizás debamos considerar que nuestros padres no tuvieron la intención de lastimarnos. Ellos también tuvieron sus propias heridas y, por ende, múltiples desafíos para hacer frente a nuestras necesidades. Las fracturas no son solo nuestras, son de nuestro clan.
Lise Bourbeau, en su libro “Las cinco heridas que impiden ser uno mismo”, identifica como principales heridas las siguientes, y explica qué máscara usamos para protegernos:
1. La herida del rechazo y la máscara de retirada.
2. La herida de abandono y la máscara de dependencia.
3. La herida de la humillación y la máscara del masoquista.
4. La herida de la traición y la máscara del controlador.
5. La herida de la injusticia y la máscara del rígido.
La sanación comienza reconociendo que hemos sido nosotros quienes elegimos a nuestros padres para sanar, en esta vida, nuestras heridas.
En última instancia, no son heridas de la infancia, sino del alma. Cuando no las reconocemos y no las sanamos, el brillo de nuestra alma se va apagando gradualmente. Por el contrario, si las aceptamos, comprendemos su origen, y emprendemos el camino de la recuperación; podremos hacernos cargo de nosotros mismos, y perdonarnos por nuestras percepciones equivocadas que nos llevaron a culpar a otros de nuestro dolor.
En ese proceso de sanar, lo más importante es cultivar un amor verdadero hacia nosotros mismos. La autoestima se constituye sobre la base de una profunda aceptacio´n de nosotros; supone volver a estar presentes en nosotros como realmente somos, sin intentar cambiar nuestras experiencias. Dicho de otra forma, un amor maduro por nosotros mismos significa ocuparnos de nuestro crecimiento para dejar de huir del dolor que nos causan nuestras heridas.
El amor hacia nosotros mismos tiene que ser vasto, lo suficiente para no abandonarnos. Nos abandonamos cuando dejamos correr las programaciones del ego, cuando no estamos totalmente presentes en nuestra vida por quedar atrapados en nuestras ilusiones, preocupaciones y angustias, basándonos en la falsa idea de que algo fuera de nosotros mitigará nuestro sufrimiento.
En el camino de sanar a nuestro niño interior constataremos lo que los grandes maestros espirituales nos instan a reconocer: nuestra capacidad para lograr la grandeza y descubrir que, de hecho, somos criaturas creadoras y divinas en un sentido bastante real.— Mérida, Yucatán.
gabrielasoberanismadrid@gmail.com
Coach Profesional y Acompañamiento Espiritual. Podcast Gabriela Soberanis
