Alguien a quien guardo profundo respeto y gratitud me preguntó en días pasados mi opinión sobre el tema del que dio de qué hablar AMLO esta semana a partir de su desvanecimiento en Mérida.

¿Qué responderle, con toda educación, para no decirle que lo que menos importa es mi opinión? Cierto es que cada semana aprovecho este espacio que el Diario me brinda para opinar, pero tratándose de ese tema, qué más podía yo decir aparte de lo publicado.

Considero importante decir, además, que no se trata de dar opiniones, sino de leer y reflexionar sobre aquello de lo que el Diario dio puntual cuenta. Nada más, pero nada menos.

El Diario, hay que decirlo, solo se limitó a hacer lo que siempre hace: investigar, confirmar y publicar. Aunque muchos no lo entiendan.

La relatoría de hechos que se publicó el martes lo expone con claridad meridiana. Una vez teniendo en la mano la punta de la madeja, se hicieron esfuerzos denodados por tener información de fuentes oficiales, aquellas que dijeran formalmente lo que había ocurrido, ya fuera en abierta declaración, en un comunicado, una rueda de prensa o cualquier otro de los instrumentos que se suelen emplear.

Lo primero que se busca es, por supuesto, la declaración en exclusiva. Pero en caso de no ser posible, se espera un comunicado oficial o la consabida rueda de prensa. Para ello, al tener el primer contacto con las fuentes oficiales, el reportero —que ya está provisto de tips y alertas sobre lo sucedido— pregunta a esas fuentes ¿qué pasó? ¿Van a dar una declaración? etcétera.

En caso de respuestas negativas o de ausencia de ellas, se aplica el plan b: recurrir a fuentes extraoficiales. Aquí vale precisar que fuentes extraoficiales no son personas dedicadas a inventar versiones o gente que no sabe qué sucedió y le encanta el chisme. Muy al contrario, son fuentes que sí saben qué pasó pero no están autorizadas para hacer una declaración oficial. Y aquí vale decirlo: reportero que no tenga buenas fuentes extraoficiales es hombre al agua.

Eso hizo Joaquín Chan. Juzgue el lector la cantidad y calidad de fuentes a las que tiene acceso un periodista que ha dedicado al oficio más de tres décadas y ha reporteado en todos los ámbitos de la política, la seguridad, el mundo empresarial y el oficial, entre otros.

A ello hay que agregar que, para quien esto escribe, Joaquín Chan es uno de los periodistas con el olfato más agudo y mayor precisión, seriedad y capacidad de encontrar y contar una nota.

Pero el trabajo del periodista no se remitió a recabar información con fuentes confiables y publicarla. Por más confiables que sean, hay que confirmar sus dichos.

En la relatoría de hechos que publicó el Diario el martes 25 se ofrece mucha información del trabajo periodístico, y dentro de esa nota hay un párrafo que debe cincelarse con letras grandes en toda escuela de periodismo: “Durante el monitoreo de la nota para darle seguimiento y saber si se había incurrido en algún error informativo y corregirlo, como siempre hace el Diario…”. En unas cuantas palabras se encierran tres elementos irrenunciables del buen periodista: el monitoreo de un radar, el seguimiento de un sabueso y la verdad periodística, ante todo.

Como humanos se puede incurrir en errores. Entonces hay que corregir de inmediato, no montarse en una verdad insostenible. Pero mientras eso no ocurra, la verdad y la versión propia se defienden con uñas y dientes, como hasta ahora.

Joaquín Chan y el Diario no se arredraron, aun siendo tachados con el peor epíteto que se le puede endilgar a un periodista y a un medio de comunicación: mentirosos. Vaya paradoja: aquél que lanzó ese calificativo fue desnudado por completo por su propio jefe, quien lo exhibió, vergonzosamente, como tal.

La versión del Diario creció en solidez desde que el vocero de la presidencia, Jesús Ramírez, fue desmentido —como tres días después el secretario de Gobernación— por su propio jefe, en un tuit.

A partir de ahí, cada minuto de silencio reforzó el trabajo de Joaquín. La guinda del pastel fue la declaración de AMLO al reaparecer el jueves, que confirmó la veracidad de lo investigado y dicho por el reportero del Diario, lo que tuvo como consecuencia lógica dejar como mentirosos a sus propios colaboradores.

Después de la reaparición presidencial, las redes sociales se desbocaron reconociendo el prestigio periodístico del Diario. Basta reproducir dos mensajes de twitter que, a mi parecer, resumen la situación:

Del destacado periodista Javier Garza Ramos (@jagarzaramos): “Bien por el presidente en explicar su estado de salud y reconocer lo que otros negaron. Mal por el secretario de Gobernación, cuya mentira fue exhibida por su jefe. Bien por la lección de periodismo sólido que nos dio el Diario de Yucatán”.

Y Pablo Hiriart (@PabloHiriart): “El @DiariodeYucatan tenía razón. Su reportero dijo la verdad y no se amilanó con las calumnias y ofensas de Ramírez Cuevas y Adán Augusto. Viva la prensa libre!”.

Poco hay que decir después de estos dos mensajes, que son una muestra de los muchos que atiborraron las redes sociales.

Pero no olvidar que el Diario y Joaquín Chan solo hicieron lo que siempre hacen: investigar con fuentes confiables, corroborar, informar con la verdad y defenderla.— Mérida, Yucatán.

olegario.moguel@megamedia.com.mx

@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

 

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán