La glosa que acompaña un dibujo de Felipe Carrillo Puerto, trazado por Eduardo Urzaiz Rodríguez, como parte del manojo de recuerdos de quien decía no poseer más archivos que sus memorias personales, asienta que, para el curso escolar iniciado en 1922, que concluiría en 1923, el gobernador socialista implantó la práctica, continuada más tarde por otros gobiernos, incluso de la república, de repartir gratuitamente libros a los niños proletarios.

Las anotaciones al calce de la referida ilustración seguramente querían realzar la veracidad de un acontecimiento retenido en los recuerdos íntimos del primer rector de la Universidad, que sintió profunda emoción de cara al temprano acto de justicia educativa del Mártir del Proletariado Nacional.

La anterior referencia pudiera carecer de importancia, salvo por el hecho de que su registro se debió a uno de los educadores que siguió explícitamente a Carrillo Puerto hasta sus últimos días, y en la víspera, en 1919, plantado en las puertas de su hogar, frente a las bayonetas del coronel Isaías Zamarripa, con la Tarjeta Roja número 759 que lo acreditaba como miembro de la Liga Central de Resistencia, declaró: “Para mí el Partido Socialista de Yucatán no tiene otro jefe que Felipe Carrillo Puerto, único que lo ha sido lo mismo en las épocas de triunfo que en las derrotas y adversidad”.

Por añadidura, tocó a Eduardo Urzaiz investigar y redactar la “Historia de la Educación pública y privada desde 1911”, contenida en el tomo IV de la Enciclopedia Yucatanense, donde se refirió más que a la distribución gratuita de los libros escolares, a los cambios e impacto ocurridos durante la breve gestión del motuleño, por la implementación de la enseñanza basada en la Escuela Racionalista y en la educación bisexual o mixta, propuestas desde 1915 en el Primer Congreso Pedagógico de Yucatán, por José de la Luz Mena y el propio rector de la Universidad, respectivamente.

Esta amplia exégesis sobre el dibujo de Felipe Carrillo Puerto, inscrito en el manojo de recuerdos que popularizó el doctor Urzaiz en las páginas del Diario del Sureste, firmados con el seudónimo de Claudio Meex, reunidos en su libro Reconstrucción de hechos, acaso ayude a comprender algunas de las formas mediante las cuales el temple del Apóstol de los Mayas se fue incrustando en los sentimientos e imaginación de los yucatecos.

Y si bien en 1927 el gobernador socialista fue declarado Benemérito de Yucatán por el Congreso del Estado, la apropiación de su figura, su referencia inagotable traspasa los círculos de reconocimiento oficiales y hasta esa especie de ninguneo practicado en las recientes ceremonias luctuosas del 3 de enero. Y es que si la distribución de libros de texto gratuitos de manera tan anticipada se mira como parte de una política educativa impulsada por este gobernador de izquierda, los hechos debieran movernos a la reflexión.

Además de la fundación de la Universidad en 1922, que en sí misma devino en acción de vanguardia del gobierno carrillista, al examinar los montos invertidos y la intensidad labores orientadas a la manumisión popular, mediante la educación, se observa una política pública bien diseñada, pensando en los demás, en los otros, antes que en uno mismo.

Luis Monrroy Durán consignó que durante la brevísima gestión del socialista “… Por contrato especial hecho entre el gobierno de Yucatán y el del Centro, se mantuvieron mancomunadamente 200 escuelas diurnas elementales, 2 superiores, 28 nocturnas, y 187 rurales, que fueron atendidas por 900 profesores, asistiendo a dichas escuelas cerca de 24,000 alumnos. En esto se invirtió mensualmente la cantidad de 75,000 pesos”.

Con fines comparativos, Esteban Durán Rosado, basado en los datos expuestos por Monrroy Durán, frente a los que presentó Edmundo Bolio Ontiveros para estudiar el año de 1901, en pleno auge henequenero, bajo la dictadura de Porfirio Díaz, señala por ejemplo que mientras en este último año había 334 establecimientos de escuela primaria, en 1922 eran ya 417, y si en 1901 laboraban 354 profesores, en 1922 prestaban sus servicios 900 docentes.

Paradójicamente para comprender la magnitud de la política educativa de Carrillo Puerto hay que observarla en ausencia, desde el momento que cometen su brutal asesinato, como resultado de la rebelión militar iniciada por Adolfo de la Huerta en Veracruz, que estimuló la instauración de un fugaz régimen militar que vino a trastornar los logros educativos en Yucatán.

¿Qué ocurrió con tantos profesores diligentes, con las escuelas y los libros de texto gratuitos, después del 3 de enero de 1924?

Freddy Espadas Sosa ha señalado, con irrefutables datos históricos, que a principios de marzo del mismo año aquel gobierno militar “… decretó la suspensión del presupuesto destinado a la enseñanza primaria, lo que originó una grave crisis de la educación pública en Yucatán, propiciando la renuncia de decenas de maestros y el cierre de innumerables escuelas”.

Profesores como José de la Luz Mena, el rector Eduardo Urzaiz Rodríguez y Agustín Franco Aguilar, vivieron a salto de mata, medio ocultos por las amenazas constantes que sufrieron de los militares en el poder.

A través de un extraño giro del reloj se escuchan las declaraciones del líder nacional de un partido de derecha en demanda de la quema de los nuevos libros de texto gratuitos, por no comulgar con las ideas que inspiraron su confección y escritura, en una hoguera que calcinaría hermosísimas páginas de la ingente labor educativa, gratuita y popular que se ha vivido en México.

En estas circunstancias, no se sabe si el tiempo se detuvo en nuestro país o qué está ocurriendo, ya que por el hecho de ser diferentes, el líder político ultramontano, brabucón como pocos, parece tratar de convencernos de que si somos testarudos podemos correr con la misma suerte de Felipe Carrillo Puerto, cuyo asesinato, por su raigambre popular y compromiso educativo, fue consumado hace casi de 100 años, sin asomo de culpa.— Mérida, Yucatán.

maceo89@hotmail.com

Exdirector de la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Uady y exrector de la Universidad de Oriente en Valladolid

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán