Edgardo Arredondo artículo en Diario de Yucatán

El sabio puede cambiar de opinión; el terco, nunca —Immanuel Kant

El rey se paseaba molesto en su palacio, los informes que había solicitado le confirmaban que una media docena de aguadores se habían enriquecido durante muchos años vendiéndole agua a sus súbditos.

Caminando en círculos, dejando un definido surco en la afelpada alfombra roja, lanzaba sapos y culebras: “¡Nadie puede ser más rico, ni tener más propiedades que el rey!”

Su asistente dijo con voz trémula: “Pero, su majestad, no ha faltado jamás una gota, además los ríos a veces se secan, tienen que alejarse mucho para conseguirla e incluso algunos de ellos son temerarios y la traen del lago del muy hostil reino vecino”.

Se detuvo junto a una mesa y después de dar un manotazo espetó: “¡Pues se les acabó!, ahora el reino será el responsable de llevar el agua, no vamos a permitir que nadie se enriquezca en mis narices”.

Debido a lo anterior, mandó un decreto que fue colocado en todos los muros del feudo. Llamó a la guardia real para que fueran la encargada de recolectar y suministrar el agua, pero, además, prometió que sería traída desde un lejano arroyo, que provenía de un enorme lago del vecino reino y, lo más importante: ¡sería gratis!, nadie tendría que pagar ni un real, ningún duro, pero, se prohibía sacar el agua de los ríos y el acaparador que fuera descubierto sería llevado a la horca.

Pasaron las semanas. A pesar del esmero, las fuerzas reales fracasaron tratando de recolectar el agua y llevarla a los dominios del imperio, donde algunos especuladores la almacenaban, para de ahí venderla a precio muy caro.

Al informarle de las dificultades para que el pueblo tuviera el vital elemento y que comenzaban a brotar los primeros actos de inconformidad entre los súbditos, el jerarca dio otro manotazo y regañó a todos sus concejales: “¡Este mismo año se resuelve el problema… o me dejo de llamar como me llamo! Tendremos el reino con la mejor agua del mundo, ni siquiera los galos, romanos, otomanos, ni los germanos, ¡nadie! Estaremos igualito que los escandinavos”.

Pero, incluso las negociaciones del canciller con el rey vecino que exigió un enorme pago en monedas de oro dieron los resultados esperados. A pesar del esfuerzo, la gente seguía careciendo del agua para beber y regar sus campos, en medio de una terrible sequía que había reducido peligrosamente el nivel de ésta.

Llamó entonces de nuevo a sus ministros: “¡Vean cómo lo solucionan, pero tiene que ser antes de terminar el año!”

Temeroso, uno de los más fieles de sus lacayos señaló: “Su majestad, tenemos de nuevo que regresar a surtirnos de las aguas de los dos ríos vecinos”. El rey se quedó un minuto meditando: “De acuerdo”, respondió parco y malhumorado. El asesor agregó: “Solo que hay un detalle, su majestad: ¿Qué hacemos con la gente que va directamente a surtirse del agua?”

De inmediato el jerarca explotó: “¡Qué los arresten y al calabozo! De ninguna manera, nadie debe de tocar el agua que es del pueblo y es el rey quien decide cómo”.

Pero muy lejos de superarse la crisis, la situación empeoró. Dicen que el soberano estuvo encerrado en sus aposentos hasta que mandó una vez más por su corte, incluyendo los virreyes de todas las provincias. A su lado uno de sus lisonjeros siervos sostenía un pergamino donde se observaba un croquis. Tomó aire antes de esbozar una sarcástica sonrisa, para decir ufano: “Resuelto el problema: Vamos a construir aquí en el centro del reino un depósito enorme, un gigantesco tanque, donde se pueda recolectar toda el agua del mundo mundial, la traeremos de ríos, arroyos y lagunas, de donde sea, para que, cuando un habitante lo pida, no haga falta; así sea de una demarcación retirada, los caballeros saldrán en los carruajes acompañando a un emisario que la llevará en las cubetas reales”.

De esta manera unos meses después, junto al castillo podía apreciarse un gigantesco contenedor de casi cien metros de altura y unos cincuenta de diámetro, desde luego con un enorme escudo real al frente. En la parte inferior se observaba una bomba manual que suministraba el agua.

Podía verse todos los días desde que el sol salía hasta que se ocultaba, una larga fila de ciudadanos que iban balde en mano a surtirse. Dicen que aquella se fue reduciendo con el paso de los años, porque mucha gente murió de sed, perdió sus cosechas y prefirió emigrar a otros lares.

El reino se vino abajo cuando todas las fuerzas reales estaban tan ocupadas en la tarea, que no pudieron defender a su majestad del vecino y malvado monarca del norte. Transcurrieron los siglos.

Hoy día, los turistas recorren el castillo y siguen preguntándose si acaso sería una torre la gigantesca mole de piedra que se yergue majestuosa a un lado.

Pues en el México real resulta que: ¡no fue cuento!, ¡no, de ninguna manera! Ahí les va otra ocurrencia más del señor presidente. Se ha solicitado a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) la friolera de 3 mil 500 mdp, para resolver un problema que él y solamente él creó: el desabasto de medicamentos.

No me cabe la menor duda que cuando se habla de otros temas, v.gr.: inseguridad, corrupción y otras calamidades, puede lanzar la tan trillada excusa de que: “así me lo entregaron”, “me dejaron un cochinero”, “los otros eran peores” …, pero, en el tema del desabasto de medicinas e insumos: ¡No! y, hablando en los términos que a él le gustan, el primer mandatario va por su tercer strike.

Al deshacer el esquema de la compra consolidada, administrado eficazmente por el IMSS y delegarlo a la SHCP deshaciéndose de los distribuidores, a los cuales tildó de corruptos, y con la premisa de que, si la Coca Cola y las papitas llegan a todos lados, ¿por qué las medicinas no?, López Obrador ni siquiera vio pasar la curva que le lanzó el pitcher de la realidad (en medio de la lluvia de la pandemia).

Molesto, ofreció dejar de llamarse como se llamaba, y después de secar el bate se preparó delegando la compra a la UNOPS de la ONU; fueron tres lanzamientos regularzones a los que no les hizo caso llevando la cuenta a 1-3. Entonces se ajustó la gorra y dando un giro de 360 grados terminó haciendo la compra directamente con los mismos laboratorios mexicanos, algunos de los cuales había castigado con clausura de sus plantas (Pisa y Psicofarma); el resultado fue un machucón que se fue de faul.

Y ahora con la cuenta llena, después de dar tres círculos, molesto para enfrentarse al último lanzamiento, responde con el tema de una megafarmacia, que estará lista en diciembre. Sin ningún sentido de lógica y efectividad, este acto de centralizar el almacenaje nos va a costar una lanota. No se va a construir ninguna bodega, se compró una nave industrial (todo parece indicar pertenecía al grupo de las tiendas Liverpool), donde pretenden resguardar insumos y medicamentos.

Esta superobra se llamará: Centro Federal de Almacenamiento y Distribución de Insumos para la Salud, localizado en Huehuetoca en el Estado de México. Solo nos costará 352 millones de pesos al año mantener en funcionamiento y con pocas vías de conectividad… y de nuevo: ¿quién los va a distribuir?: … ¡Perdón se me olvidaba! Otra tarea más para las fuerzas armadas. Ya se nombró al Gral. Jens Pedro Lohmann.

De antemano: strike cantado y… ¡chocolate! De risa si no fuera por lo patético de la tragedia que está impactando en la salud de los mexicanos.

P.D. Cualquier similitud con las dos historias es pura coincidencia.— Mérida, Yucatán.

arredondo61@prodigy.net.mx

Médico y escritor

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