El campo yucateco, de acuerdo con el excelente trabajo de Central 9 del Diario, presenta un escenario preocupante al ser señalado como una “debacle de los últimos 15 años”.
La palabra “debacle”, cuya definición: “desastre que produce mucho desorden y desconcierto, especialmente como final de un proceso”, y sus sinónimos que causan pavor, tales como: catástrofe, ruina, tragedia, desgracia, refiriéndose al estado del panorama agrícola yucateco en los últimos 15 años, y donde solo se salvan dos industrias locales: la porcina y la apícola, son sumamente preocupantes.
El latrocinio y desvío de recursos son ampliamente conocidos como hábito pertinente y permanente de los encargados de administrar el presupuesto para el campo.
Los campesinos han decidido emigrar a la ciudad y a otros estados cercanos como Quintana Roo en busca de mejores oportunidades, o cruzar el desierto para alcanzar el sueño americano, por la más pura necesidad de sustento y mejores oportunidades de trabajo. Sólo el 5.85% de las personas que trabajan la tierra tiene entre 18 y 30 años.
A pesar de la transformación de la SAGARPA en SADER (Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural) que se debe enfocar en el cambio social para erradicar la pobreza y el hambre, esto aún no se consigue. El plan es ambicioso pero con pocos resultados.
Se trata de obtener “educación universal, igualdad entre los géneros y, reducción de la pérdida de biodiversidad y otros recursos medioambientales” etc. Para ello se destinarán 328.7 millones de pesos, en vez de los 121.6 millones de pesos que se aplicaron para este año”.
Legítima y noble aspiración. La eterna corrupción y latrocinio cometido con los recursos disponibles lo impiden siempre.
Los programas asistencialistas solo hacen que el problema de la pobreza aumente y continúe. Las dádivas generan conformismo y fomentan la inactividad y los vicios entre la población menos favorecida, sobre todo en el campesinado que está mental y físicamente entumido por la eterna miseria y desamparo.
“Nuestra gente es trabajadora y productiva, pero requiere tecnología y más apoyos de verdad, no regalos que nada resuelven”.
Escojo la estructura social y económica de los aztecas y no la de los mayas, para poder llegar a la conclusión final de mi comentario, ya que la semejanza de su ordenamiento es similar a la que continúa existiendo hoy.
Y así es como el problema de la tierra en México hunde sus profundas y centrales raíces en la época precortesiana con la propia organización de los aztecas, que estaba compuesta por seis clases sociales principales: la clase acomodada la integraban los nobles, sacerdotes, mercaderes y militares; los agricultores y artesanos, la más numerosa, formaban la clase pobre. Dentro de ésta, sobresalen los “tamemes” o cargadores, semejantes a las bestias de carga.
Las tierras dedicadas al cultivo y la producción las dividen primero para el rey y el sostenimiento de su corte, no podían ser vendidas ni arrendadas. Siguen las tierras de los centros religiosos, cuyos productos se destinaban al culto y eran trabajadas por los agricultores.
Después están las tierras de los militares, cuyos productos se destinan a costear las guerras.
Está luego la tierra de propiedad privada, concedida por donación o regalo del rey, de las nuevas tierras conquistadas, a los nobles y a los guerreros en pago de sus servicios.
Las tierras comunales en forma de parcelas se trabajan en conjunto. Sus frutos se reparten entre todos después de separar el tributo al rey.
Está claro que la organización de la propiedad entre los antiguos mexicanos distaba mucho de satisfacer las necesidades del pueblo. La tierra estaba concentrada en unas cuantas manos; era la base de la preeminencia social, de la riqueza y de la influencia política de un grupo de escogidos.
El rey, los nobles y los guerreros eran los grandes latifundistas de la época. Éstos eran solo transmisibles entre ellos mismos y formulaban, de hecho, una propiedad que se hallaba fuera del comercio que mantenía las diferencias de clases y hacía punto menos que imposible que el desenvolvimiento cultural y económico de las masas hubiera lugar. El imperio azteca crece entre 1325-1521, hasta la conquista de los españoles.
Hoy por hoy, añada usted los nombres de los nuevos “reyes, nobles y guerreros” que fungen como los herederos del pueblo azteca, pero, que como pulpos, han extendido sus tentáculos a todo México, y se dará cuenta de que “El gatopardismo o lo lampedusiano que es, en ciencias políticas, el cambiar todo para que nada cambie, paradoja expuesta por Giuseppe Tomasi, y que expresa la siguiente contradicción aparente: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie o todo tiene que cambiar para que todo siga igual”.
Si hemos logrado un avance en estas diferencias, la verdad no se nota. Todo está a vista y paciencia de los ciudadanos. La esclavitud de la pobreza que se extiende en el país sigue manteniendo estos contrastes entre los de arriba y los de abajo, como en la época precortesiana.
Pareciera como si los rostros no hubieran cambiado y las actitudes permanecieran también exactamente iguales a sí mismas. Una continuación de hace cientos de años. Hoy por hoy, caras vemos, corazones no sabemos. Y no hay refrán perdido.
Vuelvo a repetir lo que veo todo el tiempo: el dinero enloquece a las personas, y las convierte en monstruos capaces de cometer cualquier acción imperdonable, con tal de tenerlo, al precio que sea y “haiga sido como haiga sido”.— Mérida, Yucatán.
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Abogada y escritora
