Quién iba a imaginar que 78 años después de que terminó un sangriento conflicto —la Segunda Guerra Mundial— desatado por quienes tenían entre sus fines exterminar a todo un pueblo —el judío— iba a haber otro con el mismo fin: desaparecer a todo un pueblo, en este caso, el palestino, llevado adelante, irónicamente, por quienes dirigen a los que antes fueron víctimas.
Tienen ya más de dos meses masacrando a diario, inmisericordemente, a poblaciones enteras en otro holocausto tan cruel como el que los antepasados de quienes lo causan padecieron a manos de los nazis.
El motivo que esgrimen para bombardear es el ataque perpetrado el 7 de octubre contra población civil por un grupo armado llamado Hamas, integrada principalmente por jóvenes que, desesperados porque pasan los años y, por el poderío bélico y la intransigencia de aquellos dirigentes, conocidos como sionistas, no cede la opresión, adoptaron la vía armada para liberarse.
¿Por qué intransigencia sionista? Porque no obstante haber decretado la ONU, en 1947, que en tierras donde, desde tiempo inmemorial, había vivido el pueblo palestino, se crearan dos estados —uno judío y palestino el otro—, los sionistas, que son los judíos de derecha que gobiernan Israel, después de crear su estado, no sólo han impedido la creación del otro sino que se han ido apoderando, cada vez más, de las tierras asignadas a aquel pueblo.
Así lo narra la National Geographic: “El 29 de noviembre de 1947 unas Naciones Unidas apenas sin experiencia, puesto que dicho organismo había sido creado en 1945, votó formalmente la partición de Palestina a través de la Resolución 181, que permitía la división del territorio en dos Estados —uno judío y otro árabe—.
Las Naciones Unidas ignoraron así el origen de la población del país otorgándole el 55 % del territorio al Estado judío, pese a que la población seguía siendo mayoritariamente árabe (musulmanes y cristianos) y a que la población judía, que había llegado ahí en oleadas de colonos, no llegaba a poseer el 6 % de la tierra”, una tierra que ya tenía dueño.
No obstante, no se conformó Israel —que en 1949, unilateralmente, formó su propio estado— con la parte del león que le tocó sino que, desde entonces, comenzó “correr sus fronteras” a expensas de los territorios asignados a los palestinos. Así inició un segundo despojo que aún no termina.
La estrategia es crear colonias judías con colonos armados y apoyo del ejército, expulsando a las comunidades que las habitan. Obviamente, la resistencia cuesta sangre. Si uno compara el mapa de Palestina de 1947 con uno actual, encontrará que Israel se ha engullido más del 80 por ciento de su territorio.
Han pasado los años y no se hace justicia. El pueblo de Palestina es un pueblo mártir que, encima de haber sido despojado, empobrecido, vejado y encarcelado por quienes llegaron a esas tierras con el argumento de ser perseguidos, hoy está siendo —por estos— asesinado, diezmado.
Ya hace más de dos meses en que día y noche cae una lluvia de bombas que destruyen sus casas, sus edificios públicos, sus hospitales, etc., y matan y hieren a cientos de ellos ante la mirada indignada del mundo, salvo la de los fascistas.
La masacre no solo implica bombardeo intenso con aviones y tanques que hacen pedazos edificios en que habita gente de todas las edades sino de sistemas de agua y caminos para que no transiten por ellos alimentos y medicinas, y de electricidad y telefonía para dejar a oscuras y sin comunicación a los atacados.
Israel está cometiendo con los palestinos las mismas o peores atrocidades que los gobernantes de la Alemania nazi cometieron con otros pueblos, pero, particularmente, con sus antepasados.
Aun acepando que Hamas haya actuado mal al atacar a población civil cuando sorpresivamente se infiltró en territorio israelí y asesinó y secuestró a inocentes, es inaceptable que el poderoso ejército judío cobre venganza con todo un pueblo con bombardeos masivos que causan cientos de muertes diarias entre la población palestina, en su mayor parte, niños, en una acción que no tiene precedentes por la premeditación con que esas muertes se causan.
En todo el planeta se levantan voces condenando la matanza; grandes manifestaciones se producen en muchos países exigiendo el cese de esta masacre de inocentes. En Estados Unidos mismo, cuyo presidente, Joe Biden, es corresponsable de este nuevo genocidio, por su postura de sobarle el lomo al responsable directo de él, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, se están produciendo grandes movilizaciones, en las que participan incluso judíos opuestos a la guerra, en gran número, para exigir el cese de la atrocidad.
Si quienes gobiernan Israel está tan envalentonados en su postura y, a pesar de los llamados de todo el mundo para que cesen en su conducta criminal, siguen adelante, es porque los respalda el gobierno del país más poderoso de la tierra. En una política de dos caras, el presidente Biden, a la vez que simula preocupación por los muertos y heridos del martirizado pueblo, proporciona armas y dinero a los gobernantes genocidas para que lo aplasten.
Lo hace porque Israel es un enclave que le sirve al imperio estadounidense para mantener bajo control la región inundada de países árabes ricos en materias primas, en primer lugar, petróleo, a la vez que mercados para sus productos, entre los cuales, las armas no son los menos importantes, aunque las que da a su socio son más y de mejor tecnología. Las bombas de 2 mil libras que están cayendo sobre Gaza y aplastan torres de departamentos con gente adentro son hechas en Estados Unidos, según expertos.
Cada día, caen para no volver a levantarse decenas de seres humanos inocentes, sobre todo, niños, mujeres, ancianos y desvalidos. Y médicos y enfermeras y camilleros, etc., que heroicamente, atienden, en medio del fragor de las bombas, a los heridos.
Es una vergüenza tanto para los perpetradores indirectos —quienes dan las armas— como para los directos —quienes las usan— de esta matanza.
Urge parar tan brutal genocidio, no sólo porque puede provocar una conflagración mayor que podría abarcar al planeta entero sino porque permitirlo constituye una negación rotunda de la condición humana de quienes lo habitamos.— Mérida, Yucatán.
fipica@prodigy.net.mx
Maestro en Español. Especialista en política y gestión educativa
