Quien se controla a sí mismo y por el bien, no tendrá dificultad alguna para gobernar con eficacia. Al que no sabe gobernarse a sí mismo, le resultará imposible ordenar la conducta de los demás hombres —Confucio.
En efecto, gobernar es en sí un arte. No todos son aptos para gobernar, ni todos califican. Algo irrefutable es que no todos están debidamente entrenados y formados para gobernar. Un arte que no todos dominan, ni a todos se les da.
Existe una delgada línea entre el auténtico valor de servir a los demás, con los intereses y ambiciones personales que muchas de las veces afloran pues se enamoran u obsesionan del poder y del dinero. Gobernar y gobernarse son dos aspectos que no pueden separarse de quien tiene el poder.
Para gobernar bien se requiere una actitud y disposición de servicio, de entender y sentir en carne propia qué es lo que los demás quieren. Se debe evitar toda tentación de autoritarismo o prepotencia. La única manera de ser un buen gobernante no es lo que se cree en lo personal que le haría bien a los demás, sino que entre todos estén de acuerdo en qué es lo que mejor beneficia a la mayoría y no a unos cuántos.
Para gobernar bien se necesita promover y poner en alto la democracia. Por eso no debe olvidarse que la democracia se ejerce con lo que la mayoría decide, es decir, no solo basta la acción de acceder al gobierno a través de un voto democrático, sino que además existen otros medios y mecanismos participativos de decisión e inclusión de los representados.
Para que exista un buen gobierno se necesita respeto. Respeto a la palabra, respeto a la persona y dignidad humana, respeto a los que no piensan igual y respeto a la mayoría de los ciudadanos.
El arte de gobernar debe basarse en principios y valores. Se extravía el rumbo cuando la arrogancia, el abuso del mando y los aires de superioridad son los que predominan. Por eso todo buen gobierno debe tener principios, los cuales nunca pasan de moda, y valores con los cuales se justifique cada una de las acciones que se realizan.
Para gobernar bien se necesita equidad. Es decir, tratar a todos de manera neutral y con respeto. No deben existir privilegios para unos, ni castigos para otros. En el arte de gobernar, la familia, los amigos y los allegados pasan a otro término. La misma pesa, la misma medida, todos son iguales. Todos tienen oportunidades, todos, absolutamente todos tienen derecho.
Para gobernar bien se necesita un compromiso con la legalidad y la justicia, nada por encima de la ley o fuera de ella. Todos tienen los mismos derechos. Proteger a todos y reconocer a cada uno su legítimo derecho es un deber del gobernante.
Todo quien aspira a gobernar —de hecho no conozco a ninguno que no lo manifieste— se dice honesto. El problema se da cuando ya están gobernando y esa virtud que tanto predicaron en sus campañas se corrompe con sus dudosas y graves acciones.
Un buen gobernante se rodea de hombres íntegros, competentes e intachables. Este aspecto muchas veces es el talón de Aquiles, pues resulta que la buena voluntad del gobernante se ve empañada por las malas acciones de sus más cercanos colaboradores. Peor aún si el gobernante enterado de su quebranto a la confianza y a la violación de las leyes, les permite continuar en el cargo público.
El arte de gobernar requiere una preparación continua, el gobernante no puede saber todo, es imposible, por eso todos los días debe estar en constante conocimiento y formación de lo que acontece y asegurarse de contar con todos los elementos para mejores decisiones.
Un buen gobierno no confunde los medios con los fines, es el primero en dar ejemplo en la lucha firme en contra de toda injusticia. Un buen gobierno cambia las cosas para bien, no para empeorarlas.— Mérida, Yucatán.
mariomaldonadoe@gmail.com
@mariomaldonadoe
Especialista en Derecho Parlamentario y Técnica Legislativa
