Hace una semana un alumno de la universidad me invitó a la inauguración de su nuevo emprendimiento, su segundo restaurante.

Fue admirable ver a este joven de solo 18 años, estudiante del primer año de la licenciatura, desenvolverse tan bien dirigiendo su negocio.

Ya lo había visto anteriormente en su otro restaurante y aún así no dejaba de sorprenderme. Su atención cuidadosa a los clientes, su vigilancia constante sobre la operación del negocio, eran notables.

Tuve la oportunidad de hablar con su mamá, una exitosa mujer emprendedora, quien me contó que desde que su hijo era adolescente trabajaba con ellos en el negocio familiar.

Ese joven, independientemente de lo exitosos que pueden ser sus restaurantes, ya ha obtenido un gran éxito: todas las experiencias vividas en sus negocios le dejarán valiosos aprendizajes de por vida.

Durante mis años como profesora universitaria, me he dado cuenta de que los padres de familia suelen adoptar ciertas posturas respecto a trabajar mientras se estudia la universidad.

Algunos no están de acuerdo con que sus hijos trabajen mientras estudian. El argumento es que no quieren que descuiden sus estudios, o tienen temor de que les guste ganar dinero y dejen la universidad. Sus hijos obtienen la experiencia laboral mínima que les piden de prácticas profesionales solo para cumplir el requisito.

Por el otro lado, hay papás que empujan a sus hijos a trabajar y los hacen responsables de pagar ciertos gastos.

Recuerdo una plática con un alumno, hijo de un empresario exitoso que me decía que sus papás le pagaban la universidad y la alimentación, pero fuera de eso no recibía un peso. “Si no trabajo, no tendré dinero para salir con mis amigos o con mi novia”, me decía. “Ni siquiera me podría comprar un café. Así que tengo que trabajar”.

La importancia de ganar experiencia laboral mientras se estudia en la universidad es incuestionable. Estos jóvenes, que combinan sus responsabilidades académicas con el mundo laboral, adquieren una perspectiva única, que no solo enriquece su educación, sino que también les brinda habilidades prácticas que les ayudan a comprender la realidad profesional.

La teoría adquirida en las aulas cobra vida cuando un joven trabaja. Cuando el aprendizaje adquirido en las aulas se aplica a situaciones reales, se interioriza el conocimiento.

Habilidades como el trabajo en equipo, la toma de decisiones, resolución de problemas, la organización del tiempo, el aprender a administrar los ingresos que se reciben, son solo algunos de los beneficios que obtiene un joven al trabajar.

Los jóvenes que estudian y trabajan tienen que desarrollar la capacidad para equilibrar ambas responsabilidades, y tendrán mayor ventaja para afrontar la transición al mundo laboral tras completar sus estudios. De entrada, tendrán mayores ingresos. La experiencia laboral es determinante para el primer sueldo que recibirán como recién egresados.

Como padres de familia, todos queremos que nuestros hijos tengan éxito en el aspecto profesional; por eso es hora de reconocer que la combinación de educación y experiencia laboral no solo es compatible, sino esencial para su futuro. ¡Así que impulsémoslos a trabajar!— Mérida, Yucatán.

Consultora Financiera y Directora de las Licenciaturas en Administración y Finanzas, Universidad Anáhuac Mayab

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