Rodrigo Llanes Salazar (*)
El siguiente texto es una versión editada del discurso pronunciado por el autor en la presentación del libro Amaro. 30 años de alquimias y sueños, celebrada el pasado 13 de febrero en el restaurante y centro cultural Amaro.
Lo primero que hice fue ponerle nombre a este texto: “Amaro: sueño sin fin”. El título alude, desde luego, al libro utópico del doctor Jesús Amaro, “Yucatán: sueño sin fin”, publicado originalmente en 1972. Tenía el nombre pero no sabía exactamente lo que iba a decir, lo que me recordó la famosa frase de Shakespeare, “¿qué hay en un nombre?”
Amaro se escribe con d, explica Sara Poot en su contribución al libro, “Con d de amado, sí. ‘Amado Amaro’”. La palabra, el nombre, también puede leerse “en dos partes: Amar-O, Con la o de Olga, de Olguita Moguel Pereyra””, propietaria del restaurante y centro cultural Amaro.
Parafraseando a Shakespeare, ¿lo que llamamos “Amaro”, “el Amaro”, seguiría oliendo, sabiendo, sonando, luciendo, luchando, soñando, igual de bien si le cambiáramos el nombre?
La respuesta —al menos una de las respuestas— la podemos encontrar en el libro que hoy presentamos y celebramos: “Amaro. 30 años de alquimias y sabores”. Pero antes de entrar en materia, quiero hacer referencia al libro del doctor Amaro, con el cual podrán adivinar la respuesta:
“¡Ay ‘ninio’! No me digas que no lo sabes. Ya está llegando el tiempo en que la gente va a dejar de intoxicarse con tanta ‘química’ y vuelva a alimentarse con las cosas naturales, que la Providencia puso para eso en su camino, ‘ninio’: para alimentarse”.
Las “cosas naturales” a las que se refiere Amaro son el tamarindo, con el cual se harían refrescos naturales que sustituirían a las “toxicolas”; al ramón, con el que se alimentaría al ganado; a la chaya, con la que se harían crepas en un restaurante.
Está bien, lo de las crepas de chaya en un restaurante no sucede en el libro de Amaro, pero sí en el Amaro. Perdonen, espero no estarles confundiendo. ¿Qué hay en un nombre? Un autor, un doctor, un padre —el padre Amaro, que también participó en el libro que hoy comentamos—, un restaurante, un libro…
Ahora sí, hablemos sobre el libro. Y qué mejor que citar un bello libro sobre libros, “El infinito en un junco”, de Irene Vallejo:
“Los libros han legitimado, es cierto, acontecimientos terribles pero también han sustentado los mejores relatos, símbolos, saberes e inventos que la humanidad construyó en el pasado. En la Ilíada contemplamos el desgarrador acercamiento entre un anciano y el asesino de su hijo; en los versos de Safo descubrimos que el deseo es una forma de rebeldía; en la Historia de Herodoto aprendimos a buscar la existencia del otro; en Antígona vislumbramos la existencia de la ley internacional; en las Troyanas nos enfrentamos a la barbarie propia […] Los libros nos han legado algunas ocurrencias de nuestros antepasados que no han envejecido del todo mal: la igualdad de los seres humanos, la posibilidad de elegir a nuestros dirigentes, la intuición de que tal vez los niños estén mejor en la escuela que trabajando, la voluntad de usar —y mermar— el erario público para cuidar a los enfermos, los ancianos y los débiles. Todos estos inventos fueron hallazgos de los antiguos, esos que llamamos clásicos, y llegaron hasta nosotros por un camino incierto. Sin los libros, las mejores cosas de nuestro mundo se habrían esfumado en el olvido”.
El libro “Amaro. 30 años de alquimias y sabores” contribuye a que muchas de las mejores cosas del arte, de las luchas por la dignidad —de la propia, pero sobre todo de la “dignidad del prójimo”, como reza una de las expresiones traducidas por Julio Cortázar en “Memorias de Adriano”— no se esfumen en el olvido.
Se trata de un texto único, y no exagero. Una parte del libro, fascinante, son las fotografías y materiales gráficos que en su mayoría provienen del archivo particular de Olga Moguel (medio en broma medio en serio le dije a Olga que ver el libro me recordó a la película “Forrest Gump”, ¿se acuerdan de ella? —que, por cierto, también cumple 30 años—, en la que vemos al personaje de Tom Hanks estar con algunas de las principales figuras del siglo XX, desde John F. Kennedy hasta John W. Lennon. Sólo que las fotos de Amaro sí son verdad).
Luego están los textos, escritos por muchas de las personas que vemos en las fotografías. Son textos cargados de memoria, dulzura, conocimiento, pasión, admiración, esperanza, humor (lean, sobre todo, las semblanzas). Van desde la gastronomía hasta la astronomía (aunque creo que sería más preciso decir astrofísica). Y está la excelente labor de edición, a cargo de Enrique Martín Briceño, con un loable trabajo de producción de paratextos. Este término refiere a todos aquellos elementos que acompañan al texto principal: títulos, epígrafes, subtítulos, índices.
El libro “Amaro, 30 años de alquimias y sabores” está conformado por 5 textos introductorios y nuevo grandes partes que representan una memoria de lo que ha sido este restaurante y centro cultural en las últimas tres décadas. Los títulos de las partes son: “Sin música, la vida sería un error”; “El indispensable teatro”; “Un rincón de letras”; “Muros de ayer… arte de hoy”; “Las causas”; “De ciertas comensalidades”; “De chile, de dulce y de manteca”; “Alquimias y sabores”; “De sobremesa”, además de apéndices, una cronología de los muchos eventos realizados en el Amaro y los agradecimientos.
Me permito citar una parte del texto de Martín Briceño, en el que nos presenta una conversación imaginaria entre Andrés Quintana Roo, quien nació en la casa que hoy alberga el Amaro, y el doctor Jesús Amaro.
“Lo que más llama su atención no es el bullicio de los parroquianos ni los extraños cuadros que adornan el lugar, sino la iluminación, tan distinta de la de las velas y los quinqués de su tiempo”. A estos personajes no sólo les llama la atención la iluminación eléctrica, sino también que Mérida es mucho más calurosa y “mucho menos arbolada”.
Mientras comen empanadas argentinas y crepas de chaya con unas cervezas, Quintana Roo y Amaro conversan sobre el persistente racismo, las violaciones a derechos humanos (periodistas asesinados), escuchando al mismo tiempo “Nunca” de Guty Cárdenas y “En tus ojos” de Pastor Cervera. Es una conversación que retrata bien lo que comúnmente sucede en el Amaro.
Si en su texto Martín Briceño mezcla temporalidades —las primeras décadas del siglo XIX, el siglo XX que vivió Amaro y los “felices años veintes” en los que nos encontramos—, Isabel Hawkins, astrofísica, nos lleva 13,700 millones de años atrás para explicarnos el átomo de carbono que está guardado en la uña del pulgar izquierdo de Olga.
Voy cerrando. Y lo hago con particular referencia a las causas. Amaro, el restaurante y centro cultural, es un lugar singular, porque en él confluyen gastronomía y trova, teatro y poesía, fotografías y pinturas, periodismo y luchas por los derechos humanos. La historiadora Lynn Hunt ha argumentado que el arte, particularmente las novelas epistolares y las pinturas de retrato, fueron piezas que hicieron posible la invención de los derechos humanos modernos, que personas ilustradas cultivaran la empatía con personas muy diferentes a ellos, que desarrollaran un sentido de autonomía y de dignidad. Y, en Amaro, el arte y la defensa de los derechos humanos se retroalimentan constantemente.
No es casualidad que varios textos en el libro hagan referencia a la utopía. No en un sentido de ocurrencia o de esperanza abstracta, como la llamó el filósofo Ernst Bloch, sino de esperanza concreta, basada en el diagnostico de lo que está mal, del análisis y denuncia de las causas de sufrimiento, vergüenza, humillación y dolor, y en la convicción de que, como afirmó Bloch, “el mundo está abierto, que una posibilidad objetivamente real existe en él y que no se halla simplemente determinado por la necesidad ni sometido a ningún determinismo mecánico”.
Así, en los textos del libro leemos sobre el viacrucis que sufren los migrantes en México y la compasión de personas que dirigen y trabajan en refugios y albergues para ellos; leemos testimonios de mujeres que han sufrido violencia pero también los anuncios de la Alerta de Violencia de Género y la conmemoración del Congreso Feminista de México. Me permito citar un fragmento del texto de Jorge Fernández Mendiburu que retrata otra de las principales causas de este lugar: “En Amaro se han suscitado las más extravagantes propuestas que, aunque en un inicio parecían sacrilegios, se han consolidado y echado raíces, como una pizza que lleva aguacate o el matrimonio igualitario”.
En “Yucatán. Sueño sin fin”, el libro del doctor Amaro, leemos que un personaje afirma: “Respuesta de la oposición: eso no puede hacerse ‘Porque en Yucatán no puede hacerse lo que nunca se ha hecho en Yucatán’”. En el Amaro, en su sueño sin fin, vemos lo contrario: puede, y debe hacerse, lo que nunca se ha hecho. ¡Enhorabuena por estos treinta años!— Mérida, Yucatán.
rodrigo.llanes.s@gmail.com
Investigador del Cephcis-UNAM
El libro “Amaro. 30 años de alquimias y sabores” contribuye a que muchas de las mejores cosas… no se esfumen en el olvido
