Las campañas electorales sirven para que las candidaturas planteen propuestas y asuman compromisos; pero, sobre todo, contrasten proyectos, visiones ideológicas y agendas de trabajo. Al final, el voto ciudadano elige.
En todas las democracias la confrontación de las fuerzas políticas genera tensiones y exalta los ánimos de militantes y simpatizantes de uno y otro bando, particularmente cuando la polarización tiene por efecto que la competencia sea solo entre dos ofertas políticas que se disputan el poder.
Los sistemas democráticos por su propia naturaleza se basan en principios como el respeto al oponente, la pluralidad de representación política y la tolerancia al pensamiento divergente. La debilidad o fortaleza de una democracia radica en el nivel de reconocimiento y aceptación de dichos elementos fundamentales, por los actores políticos.
Cuando, en cambio, se descalifica al adversario político acusándolo de ilegítimo y se crea la narrativa de que los opositores son enemigos del pueblo, caemos en un terreno muy peligroso para la estabilidad social. La polarización exacerbada que promueven políticos irresponsables se traduce en división y encono entre grupos de personas.
Estos contextos de enfrentamiento, donde dejan de atenderse los valores democráticos, también propician que los gobernantes abusen de su poder, pasando por encima de la ley, usando recursos públicos —como programas sociales— para promover su imagen, y minando las instituciones y contrapesos de la democracia.
Los discursos de odio no son infrecuentes ahí donde permea un clima de hostilidad entre posiciones políticas y los ataques se vuelven la expresión cotidiana del ejercicio público. Desde luego, el diálogo y la construcción de acuerdos se dificultan dentro de esta dinámica.
Aquí suele entrar la figura del líder populista que se apoya en el carisma para convencer a las personas de que todo lo malo que suceda es culpa de un enemigo real o imaginario, al que hay que derrotar a cualquier costa. Este tipo de dirigente político suele no contar con aptitudes para ser buen gobernante, por lo que su legitimidad y popularidad solo se sostienen en el discurso vacío, aunque sumamente atractivo, ya que es simple y estridente.
El objetivo del líder populista y autoritario es concentrar el poder, lo cual muchas veces viene acompañado de una noción delirante de supuesta superioridad moral, con la que justifica toda suerte de excesos y arbitrariedades. En la narrativa demagógica, todo vale con tal de lograr los objetivos del movimiento político en favor del pueblo —o del concepto distorsionado que el líder tiene de lo que significa pueblo—.
El asunto es grave: al no apegarse a los principios y valores democráticos, agrediendo a aquellos que representan algún tipo de oposición, ya sea partidista, institucional o ciudadana, el líder autoritario llama a sus seguidores a repudiar a los considerados “enemigos”, mediante palabras y acciones.
La narrativa épica que equipara el quehacer público con una batalla entre “buenos” y “malos” se refleja de manera gradual en la decadencia de los valores sociales y éticos que permiten la sana convivencia. La polarización coloca en el imaginario colectivo una confrontación del “nosotros” contra “ellos” o “los otros”.
Qué peligroso sería para cualquier democracia que la política del resentimiento sea la que predomine, desplazando la colaboración, el entendimiento y el respeto desde una visión humanista.
Considero que en México y en todo el mundo, debiéramos llevar a cabo un esfuerzo por reflexionar sobre los desafíos que enfrentamos como sociedad, y revalorizar los principios de la civilidad y la responsabilidad compartida.
El odio y el resentimiento solo pueden traen consigo división y violencia. Trabajemos por edificar un presente y un futuro de optimismo, de la mano de los valores humanos.— Mérida, Yucatán.
fournier1993@hotmail.com
Licenciado en Derecho, maestro en Administración
