Don Polo Ricalde y Tejero esbozó esa sonrisa leve y profunda que sólo exhibía cuando había cerrado la última página de un libro. Una sonrisa construida por una mezcla de sentimientos que se agolpaban uno sobre otro. La alegría de terminar el libro era uno de ellos, el más banal. Los demás eran espesos y profundos.

El estilo literario ¿le había gustado? Tenía sus dudas. ¿Pudo el autor cambiarlo en algunos pasajes del relato para imprimirles más fuerza? El manejo del lenguaje poético, presente a lo largo de la obra, ¿tenía la suficiente profundidad y sujeción a los sentimientos descritos? ¿Alcanzaba ese lenguaje niveles etéreos o se quedaba a medias, al nivel pasable de colocar adjetivos certeros e inesperados pero descripciones carentes de brillo?

Le pareció a don Polo que el estilo narrativo contenía una cantidad excesiva de puntos y seguido, lo que restaba suavidad a las ideas y les dificultaba rozar la piel del lector. Una prosa como esa es más propia de reportajes periodísticos —donde hay que llegar pronto al cerebro del lector— que de piezas novelísticas —donde el reto es tocarle el alma—, se dijo.

Pensaba también que algunas partes no tenían mucha conexión con la historia principal, y que bien podrían quitarse sin dañarla.

Sus reflexiones le hicieron concluir que le quedó un regusto a deuda cuando cerró la novela. Pero entonces, se preguntaba, por qué lo atrapó tanto, por qué no podía dejar el libro asentado por ahí y seguir su vida, en lugar de mantener los ojos pegados a él.

Al comienzo la obra le supo a poco. Quizá por esa prosa acribillada de puntos y seguido. Aunque más bien, pensó, debió influir el hecho de que su lectura anterior fue de Enrique Serna, un maestro que nada como un delfín en las profundidades de la psicología de sus personajes y quien detalla los pensamientos en párrafos que no interrumpen las ideas ni se convierten en parrafadas sin fin. “Fruta verde”, más allá de la historia —que era lo de menos, pensó—, resultaba una clase magistral de narrativa novelística y creación de personajes. Serna, definitivamente, está en otro nivel, a ojos de don Polo.

Durante la lectura de “Fruta verde” abrió un paréntesis para devorar otro libro, “La historia Secreta”, la valiente denuncia de Anabel Hernández sobre el clan del que López Obrador es un caballo de Troya en el gobierno. Un tipo de lectura diferente, periodismo en estado puro.

Don Polo Ricalde y Tejero siempre fue buen lector. Se impuso la disciplina de nunca permanecer sin leer un libro y hasta hoy la cumple a cabalidad en forma rigurosa y, dice él, gozosa. Leía un libro a la vez hasta que, en una de sus tantas lecturas, leyó que Germán Dehesa estaba convencido —y lo practicaba— de que se puede leer más de uno al mismo tiempo. El escritor leía hasta cuatro. Nuestro personaje ha llegado a tres sin dificultad ni prisa, pues no lo hace por obligación.

En sus reflexiones sobre el que acababa de leer se convenció de que, si en un principio la oferta no era muy atractiva, al paso de las páginas descubrió que el autor, Alonso Cueto —nuevo para él—, también excavaba en la mente de su personaje, el doctor Adrián Ormache.

De nuevo, ¿por qué lo atrapó? Quizás don Polo no era lo suficientemente consciente de que, aunque no fue muy evidente el trato psicológico de los personajes, la sutileza del autor lo fue conduciendo a las profundidades del alma humana. Por eso aseguran, se dijo, que la buena literatura es aquella que profundiza en el alma y la psicología humanas.

Acaso lo atrapó el contexto de una historia que se desenvuelve en el Perú de los años ochentas del siglo pasado, el de Sendero Luminoso y la zozobra en que ese grupo sumió al país, zozobra acrecentada a la segunda y triple potencia por las atrocidades cometidas por el ejército en nombre del combate a esos terroristas. Las descripciones de las torturas a que eran sometidos los miembros de una y otra facción son estremecedoras, aun cuando el autor no se entretiene demasiado en los detalles.

La novela lleva por nombre “La hora azul” (Anagrama) y don Polo nos ha dicho que, aun con sus resquemores iniciales, la recomienda ampliamente para aquellos que aprovecharán estos días para tomar vacaciones de verano. Será un buen bálsamo para, por medio de la inmersión en otras vidas, sociedades y conflictos, alejarse de la cotidianidad y sacudirse, al menos por unos momentos, el obstinado fantasma de la política que nos sigue rondando.

Así pues, al cerrar “La hora azul”, de Alonso Cueto, don Polo Ricalde y Tejero sintió lo que Radclyffe Hall calificó como “la infinita tristeza del deseo cumplido”.— Mérida, Yucatán.

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@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

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