Más allá de bravuconadas, actitudes sobradas, poses y marrullerías de valentón de barrio, Donald Trump puso las cartas sobre la mesa en su discurso de toma de posesión, el lunes pasado en el Capitolio. El tema es México, no se equivoquen.
Estos ejercicios de discursos de toma de posesión suelen ser elementos que nos permiten dar seguimiento, no a los compromisos, porque no lo son, pero sí a los temas que engrosan la agenda que seguirán los mandatarios.
El 1 de octubre, Claudia Sheinbaum hizo el planteamiento de los asuntos que acapararán la energía y los recursos de su administración.
Lo que se indica en esos discursos no es para echarse en saco roto. Sin embargo, llama la antención la diferencia entre un discurso pragmático y uno conceptual.
El pragmatismo de Trump llevado al discurso nos dice que subestimar el impacto que su política de estado puede tener en nuestra sociedad es una irresponsabilidad monumental, que puede acarrear consecuencias funestas. No es el mismo Trump de hace ocho años, ni el mismo Congreso, ni la misa sociedad estadounidense, ni los mismos problemas de consumo de fentanilo a los que se enfrenta. En todos estos casos el escenario actual es peor.
Por si había dudas, su prédica nos recordó prioridades. Si bien se refirió a la edad de oro de su país, a la económica proteccionista y a una polémica política en materia de salud, puso de manifiesto que su prioridad es la frontera sur.
Punto número uno al referirse a sus acciones de Estado fue declarar emergencia nacional en los límites con México. Anunció que tomaría medidas inmediatas para detener la inmigración ilegal, incluyendo la repatriación de millones de inmigrantes que calificó como “criminales extranjeros”. Sobre este punto, Gladys Pinto, yucateca residente en California, nos hace una preocupante advertencia, como leímos ayer en el Diario: “con la nueva política migratoria de Estados Unidos se avecina una crisis económica y social para la cual Yucatán no está preparado”.
A eso hay que agregar el combate al narco entre las prioridades de Trump, para quien narco equivale a México. Nuestro país no está en su corazón, pero ocupa el lugar de honor en su cabeza. Sus siguientes prioridades fueron: énfasis en la que llamó la “edad de oro” de Estados Unidos, que no es otra cosa que la nueva versión de “Make America Great Again”. Esta nueva etapa, dijo, marcará un renacimiento para devolver a su país poder y prosperidad.
De los principales puntos de la agenda que trazó, éste es el abstracto, etéreo, el que suena a rollo, que puede significar cualquier cosa. Los demás no lo son: la emergencia en la frontera, la reorganización del gobierno (que puso a cargo de Elon Musk), el aumento en la inversión en defensa, políticas económicas proteccionistas priorizando la producción nacional y renegociando acuerdos comerciales (fuerte impacto para México), cambio en las políticas de salud, entre otros puntos de menor fuste.
Y en cuanto a forma, no podía dejar de ser Trump: acusó de traición y decadencia a sus predecesores y se autonombró como un líder elegido por Dios para rescatar a la nación.
Todo ello, aderezado con una alineación con el populismo de derecha en el mundo, que se hizo patente con la presencia de los presidentes Georgia Meloni, de Italia; Nayib Bukele, de El Salvador, y Javier Milei, de Argentina.
Este aval a la derecha y el conservadurismo se hizo patente no sólo con esas presencias, sino más aún con las ausencias. Entre los no invitados, los indeseables, Trump puso en el mismo saco a Daniel Ortega, Miguel Díaz Canel, Nicolás Maduro y, sí, Claudia Sheinbaum Pardo. Con aquellos tres no tiene que negociar Trump, con la última sí, pues sus países mantienen actividades conjuntas de enorme importancia.
Pero la relación con Estados Unidos parece no estar entre las prioridades de la presidenta de México, si juzgamos con base en su discurso inaugural. El 1 de octubre pasado, cuando sí invitó al entonces presidente de Estados Unidos, Joe Biden, quien envió a su esposa, Jill, en su lugar, la doctora Sheinbaum marcó su agenda.
Puso en lugar destacadísimo el reconocimiento histórico a la mujer y el enfoque de género, punto obligado por su llegada al poder como la primera presidenta. Destacar como tema prioritario el papel de las mujeres en la historia del país fue tan esperado como coneptual. En este mismo renglón también se refirió al compromiso con la igualdad de género y lucha contra la violencia y la discriminación hacia las mujeres.
A continuación habló del humanismo mexicano, enmarcando su gobierno en este modelo, lo que eso signifique. Añadió conceptos tan taquilleros como vagos y nada practicados ni creíbles como justicia social, austeridad, combate a la corrupción y respeto a los derechos humanos. Fuertes en el discurso; débiles en el actuar cotidiano.
Y la cereza del pastel: continuidad de los programas sociales, algunos con ampliación incluida.
Temas más concretos llegaron a la agenda: transición energética y medio ambiente, cuidado de los recursos naturales (después de la devastación monumental de la selva maya para hacer pasar el tren). También discurseó sobre el impulso a la ciencia y la innovación —tan abandonadas el sexenio pasado—, para convertir a México en potencia científica y tecnológica.
Y por ahí, en algún momento, llegaron los temas más sensibles: crecimiento económico con estabilidad financiera, y el tema de temas: combate a la inseguridad, con un compromiso de reducir los delitos de alto impacto y el combate al crimen organizado. Esperábamos que la doctora estableciera ésta como su prioridad indudable. Que empezara el discurso abordando el combate a la inseguridad y al crimen. Es el tema que tiene sometido hoy a México.
¿Cuál es, entonces, la prioridad de cada gobierno? En el discurso, la de Trump quedó tan clara como vaga la de Sheinbaum.
Tomaremos nota para ver qué dice la realidad.— Mérida, Yucatán.
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@olegariomoguel
Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
