Felipe Alonzo Solís (*)
Estados Unidos ha impuesto un arancel del 25% a todas las exportaciones mexicanas, una medida que golpea directamente a la economía nacional y deja al país en una situación aún más vulnerable.
Ocho de cada diez dólares que México obtiene por exportaciones provienen de ventas a Estados Unidos, por lo que cualquier barrera comercial impuesta desde Washington puede generar efectos en el empleo, la inversión y el ingreso de muchas familias mexicanas.
Este arancel encarece automáticamente los productos mexicanos en Estados Unidos, reduciendo su competitividad frente a bienes producidos localmente o importados de otros países sin barreras comerciales.
La industria más expuesta es la automotriz: México exporta el 34% de los autos y autopartes que se venden en el mercado estadounidense. Si las ensambladoras en EE.UU. consideran que los vehículos fabricados en México ya no son rentables bajo este nuevo esquema, pueden trasladar parte de su producción a otros países o simplemente aumentar su fabricación doméstica. Esto significaría menos empleos e inversiones en México, afectando directamente a cientos de miles de trabajadores en la manufactura y sus cadenas de suministro.
El impacto no se detiene en la industria. México ya se enfrenta a una desaceleración económica: el PIB creció solo 1.2% en 2024, y antes de la entrada en vigor de los aranceles, el Banco de México ya había recortado su previsión de crecimiento para 2025 a apenas 0.6%.
Ahora, con los nuevos aranceles en marcha, organismos como Moody’s Analytics estiman que el golpe podría ser aún mayor: si las tarifas del 25% se mantienen durante un año, la economía mexicana podría contraerse entre 1.5% y hasta 4% en 2025.
Las exportaciones representan casi el 30% del PIB mexicano, por lo que una caída en este sector afecta el crecimiento económico general. Además, este arancel pone en riesgo un comercio binacional de más de 839,000 millones de dólares al año. No se trata solo de las fábricas y empresas exportadoras; el efecto se trasladará rápidamente al consumo interno, con despidos, reducción de inversión y menor demanda en múltiples sectores de la economía.
El tipo de cambio ya refleja la incertidumbre. En los días previos a la entrada en vigor de los aranceles, el peso se debilitó hasta 20.79 unidades por dólar, y analistas advierten que si la situación se prolonga, podría alcanzar 21.50 por dólar. Un peso más débil encarece las importaciones de bienes esenciales como alimentos, maquinaria y tecnología.
En un escenario donde la inflación sigue siendo un reto, esto podría reducir aún más el poder adquisitivo de las familias mexicanas. El gobierno ha buscado negociar con Estados Unidos, pero hasta ahora no ha logrado revertir la decisión. La gran pregunta es: ¿puede México encontrar alternativas comerciales para compensar esta pérdida?
Diversificar mercados es una estrategia que se ha discutido durante años, pero la realidad es que no existe otro socio comercial que pueda absorber, en el corto plazo, el volumen de exportaciones que hoy depende de Estados Unidos.
Canadá, el segundo destino más importante para las exportaciones mexicanas, representa apenas el 2.7% del total, y China el 2.2%.
Con esta nueva realidad, el panorama económico de México ha cambiado. Las empresas, los trabajadores y los inversionistas se enfrentan a un escenario de incertidumbre y ajuste. Estos aranceles no son solo una medida de política comercial; representan un desafío estructural que podría frenar el crecimiento del país si se mantienen por un periodo prolongado.
Aún existe la posibilidad de que sean retirados o modificados en futuras negociaciones, pero mientras tanto, México se enfrenta a la necesidad de una respuesta eficaz. La pregunta no es solo si el país podrá resistir el impacto, sino qué tan rápido podrá adaptarse a esta nueva situación y cómo puede prepararse ante cualquier escenario.— Mérida, Yucatán.
Doctor en economía, coordinador del Cuerpo Académico Comercio y Relaciones Internacionales de la Facultad de Economía de la Uady.
