En días pasados el gobierno de México presentó la primera etapa del programa de Polos de Desarrollo para el Bienestar, en las primeras 14 entidades federativas, el cual pretende llegar a más de 40 polos, cubriendo el territorio mexicano (Yucatán está considerado en la segunda etapa), con lo que se espera contar con la infraestructura territorial adecuada para recibir inversiones productivas que se traduzcan en instalaciones de plantas fabriles que generen empleos y productos, a partir de vocaciones productivas bien definidas.
Las ideas en nuestro país de un modelo para fomentar el desarrollo económico desde las entidades federativas, vienen desde el siglo pasado. Así, la propuesta de “Una estrategia regional para el desarrollo nacional y el fortalecimiento con el exterior”, presentada por la Facultad de Economía de la Uady (Revista de la Universidad Autónoma de Yucatán, febrero de 1990), ya exponía que dichas acciones buscaban “…no solamente la diversificación del producto, sino la diversificación geográfica, por las opciones de desarrollo que plantea la periferia. Esto no significa el aislamiento de factores, sino, por el contrario, el fortalecimiento descentralizado de ellos, siendo una auténtica política de descentralización de la periferia hacia al centro y no al revés”.
La resistencia para ponerlas en práctica se basaba, en parte, en los diagnósticos tradicionales macroeconómicos y sectoriales que daban la visión de una nación en su conjunto y de grandes regiones y no desde las distintas perspectivas y características de las entidades federativas.
Las decisiones gubernamentales de alentar las inversiones, en varios sexenios estuvieron dirigidas a partir de esos criterios de aglomeración más que de desconcentración. En las administraciones de Ernesto Zedillo y Vicente Fox, las inversiones se alentaron para la zona norte del país; en la de Felipe Calderón a la zona centro-norte, y en la de Peña Nieto, en la zona del Bajío.
Las iniciativas en ese entonces presentadas como grandes estrategias fueron inoperantes, como la del ambicioso Plan Puebla-Panamá, de Vicente Fox, que ofrecía la construcción de infraestructura hospitalaria, educativa y demás en las entidades federativas del sur mexicano y en 6 países del istmo centroamericano, lo que al final se tradujo en que dichas inversiones nunca llegaron a nuestro territorio suriano, y en el caso de los centroamericanos, no se sabe si se enteraron de los fines claros de tal plan.
El fallido plan de las Zonas Económicas Especiales (ZEE) de Peña Nieto, se empezó a distorsionar desde que salió a la luz. El decreto para su creación se basó en un estudio de la Cámara de Diputados, que establecía su ubicación en Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Michoacán y Veracruz, a los cuales el estudio referido los señalaba como las entidades con mayor porcentaje de población en pobreza, mismo que era el requisito principal para decidir su ubicación. Sin embargo, una vez publicado el decreto, se despertó el interés de otras entidades federativas por participar de ese proyecto, lo que derivó en gestiones paralelas para lograr un acuerdo en ese sentido. En los meses siguientes, Yucatán solicitó una ZEE (en Progreso), Campeche dos (Seybaplaya y Champotón), Tabasco una (Paraíso), etc., con lo que se fueron desdibujando los criterios iniciales de ser zonas deprimidas las preferentes para su ubicación, según lo establecía la normatividad. Finalmente no funcionó.
A finales del siglo XX, en Yucatán, por la necesidad de atender la demanda por empleo, una vez cerrado el ciclo de la industria henequenera, el gobierno de Víctor Cervera Pacheco, implementó un plan emergente de atracción de inversiones denominado “Yucatán: La Nueva Frontera”, mediante la recepción de inversiones para la instalación de plantas maquiladoras, como una estrategia de transición, en tanto la capacidad productiva y la ampliación y diversificación educativa, permitían establecer una industria de transformación de mejor nivel, dejando atrás la etapa del mero ensamble. El experimento generó más de 30 mil empleos.
El plan actual de Polos de Desarrollo para el Bienestar, teóricamente se inicia con una visión realista para cada caso. Se tiene desde un gran proyecto en más de mil hectáreas en Celaya, Guanajuato, hasta uno modesto en unas cien hectáreas en Seybaplaya, Campeche. Yucatán participaría con un polo instalado en la Zona Metropolitana de Mérida, en una superficie por definir.
El propósito general de los polos es obtener inversiones en 16 sectores estratégicos y crear más de 300 mil empleos. Para ello se plantea la necesidad de lograr encadenamientos productivos entre la pequeña y mediana industrias y aumentar el contenido nacional en la cadena de suministro. El propósito es hacerlo desde el fomento y fortalecimiento de las vocaciones productivas naturales de las regiones.
Desde nuestro criterio para que estos proyectos funcionen se debe entender que lo que se construye es una economía de base territorial y no sectorial, es decir, que la planeación y su implementación tienen como prioridad el desarrollo del territorio independientemente de los sectores beneficiados, porque se entiende a la región como una unidad de la realidad económica. Esto es porque el desarrollo no ocurre en el espacio abstracto sino en territorios concretos, con todas sus ventajas y contradicciones.
La consideración del territorio en la perspectiva del desarrollo se aprecia a partir de los elementos culturales, hábitos, procesos cognitivos, intereses y necesidades de grupos sociales, lo cual tendrá que conciliarse con las relaciones de mercado de acuerdo con su impacto en el ámbito territorial.
En esas regiones (polos) se concentrará capital y trabajo, es decir, que la región se convierte en factor de desarrollo espacial, por lo que los criterios convencionales macroeconómicos resultan insuficientes porque éstos no conciben a la región como una unidad económica, dotada de sus propias características, inmersa en un nuevo régimen de especialización productiva, en donde las relaciones al interior de esa economía regional serán fundamentales.
Diferenciación. Será definitivo no confundir el concepto de “parque industrial” con el de “polo de desarrollo”. En el primer caso, se refiere a un terreno dotado de la infraestructura y comunicaciones necesarias para la instalación de plantas productivas. En el segundo caso, es más complejo puesto que se intenta lograr que la región de desarrollo local especializado se articule con el resto del desarrollo nacional.
Se trata de que, a partir de esos polos, se construya una ventaja competitiva regional y que esa ventaja sea generadora de procesos más que facilitadora de recursos. Se trata también de que parte del excedente del ingreso se quede en la región para beneficio local.
Universidades. Como el propósito fundamental es que en esos polos se desarrollen las regiones junto con las empresas y que sean espacios de formación de mercados laborales locales, se deben desarrollar los vínculos entre los procesos de innovación y el territorio, por lo que las instituciones de educación superior deben colaborar en el diseño y operación de planes de capacitación y actualización para la fuerza laboral y en la definición en la prospectiva de proyectos, para que sean polos no solo productivos sino que promuevan el aprendizaje.
Finalmente un polo de desarrollo se concibe como un sistema de producción regionalizado, como un nuevo patrón de distribución territorial de la actividad económica, por lo que dependerá su éxito de las fortalezas que se construyan a partir de ambientes culturales e institucionales que favorezcan su instalación y operación. Ese es nuestro deseo.— Mérida, Yucatán
velar1@prodigy.net.mx
Doctor en economía
