Sin censura. Son muchos años lidiando con la censura en distintos escenarios lo que me obliga a hablar del tema. Primero como publicista y después como articulista suplente –allá por los 70–, de mi maestro Guillermo Brunet en la revista Siempre.
La censura es lo que coarta cualquier intento por hacer algo creativo, original o simplemente dar una opinión en algún medio de comunicación. Mis años de publicista, sobre todo cuando comenzaba de redactor los textos, había que someterlos a la dirección de control de Alimentos Bebidas y Medicamentos de la Secretaría de Salud; ahí comenzaba la guerra con los correctores que quitaban palabras, ideas, conceptos, dejando trunco el anuncio para que se rehiciera y se volviera a someter.
Hasta que se optó por la autocensura en la publicidad, con el impulso de las agencias de publicidad y el gobierno, fue cuando las cosas comenzaron a fluir de otro modo.
Principalmente las marcas importantes se preocupan por esta práctica para preservar su reputación. Tenemos el caso de Coca–Cola con el comercial navideño de un grupo de jóvenes urbanos que llegan a una comunidad oaxaqueña para “llevar felicidad” como parte de la campaña de fin de año. Fue duramente criticada por presentar a los pueblos indígenas como pasivos y “necesitados” de productos comerciales. Tachada como promotora del racismo hacia los indígenas, la refresquera quitó del aire el comercial y ofreció disculpas sin que nadie la obligara legalmente, sino que se autocensuró.
Lo más dramático de la ley censura es que opera bajo amenazas hacia aquellos que ejercen el periodismo en cualquiera de sus expresiones.
La presión silenciosa y corrosiva del Estado contra los periodistas, pone de manifiesto un grito que no se ha podido callar desde hace muchos años y en estos últimos gobiernos se ha destapado una cacería de periodistas por externar una incomodidad del régimen. No se trata solo de censura, sino de formas más sutiles y peligrosas, como el control indirecto de los medios mediante la publicidad oficial, el linchamiento digital, las leyes ambiguas que se usan como herramienta de castigo.
En los medios de comunicación, en las agencias de publicidad, en las empresas y hasta en las redes sociales, hay un temor creciente a decir lo que se piensa, a no incomodar al poder, a no perder el contrato, a no enfrentarse con la opinión pública enardecida. Este ambiente tóxico genera un efecto en cadena: se prefieren los mensajes neutros, las críticas a medias, las verdades disimuladas…el miedo reemplaza al criterio.
El derecho a la libertad de expresión es sobre todo el derecho a decir lo incómodo, lo impopular lo que desafía. Si renunciamos a ese derecho por presión política, económica o social, no solo estamos censurando palabras, estamos renunciando a pensar con libertad.
La libertad de expresión no es un favor que otorgan los gobiernos, es un derecho que limita su poder y defenderla no es un gesto heroico ni simbólico, es un acto de responsabilidad colectiva. Porque cuando se silencia una voz, no se protege la armonía, se debilita la democracia. El miedo crece y solo queda la mentira de la propaganda oficial, esa sí… sin censura.— Mérida, Yucatán, 7 de julio de 2025
X (antes Twitter): @ydesdelabarrera
