Jorge Zepeda Patterson

El expresidente Andrés Manuel López Obrador se ha caracterizado por hacer a un lado todo aquello que ensombrece, obstaculiza o contradice sus ideales. Durante años su antídoto fue infalible: tras una derrota o infamia reaccionaba con una nueva gira al México profundo para reconciliarse con la certeza de que, sin importar desengaños o contratiempos, lo más importante era hacer algo para remediar la pobreza y la injusticia.

Me pregunto cómo estará de ánimo ahora que se ha “exiliado” en su rancho de Palenque. Particularmente ahora que han surgido escándalos entre su círculo personal.

Cómo afrontar que su propia familia esté protagonizando situaciones que traicionan los valores que sostiene el movimiento que él fundó. No es que exista un delito, ni mucho menos, en los actos de sus hijos o de su esposa. Se trata simplemente de que no han estado a la altura de la responsabilidad política e histórica que les tocó vivir.

Es decepcionante, sí, que Beatriz Gutiérrez Muller haya emprendido el mismo camino seguido por Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, y solicitado residencia para vivir en Madrid y obtener la ciudadanía.

Particularmente porque ella fue la más dura del círculo presidencial en contra de España, cuando se exigieron disculpas de parte de la Corona y se pusieron en pausa las relaciones con este país.

No entraré en la discusión sobre la conveniencia o no de esta exigencia del perdón, porque merecería un texto aparte, pero un mínimo de congruencia obligaría a abstenerse, apenas seis meses de haber dejado Palacio Nacional, de esa urgencia de convertirse en vasalla de la corona pidiendo la ciudadanía española.

López Obrador ha sido respetuoso de la decisión, pero no debe ser cómodo asumir que esposa e hijo hayan preferido dejar atrás a su querido México y convertirse en súbditos del otrora colonizador al que tanto se criticó.

Algo similar pasa con Andrés López Beltrán, Andy, el único de sus hijos que ha preferido dedicarse a la política. Y si bien se le atribuyen cualidades para el trabajo de organización y una larga experiencia, no parece haber heredado la sustancia política de su padre.

No hay un universo paralelo en el cual pueda imaginarse a López Obrador saliendo de una tienda Prada, ni siquiera por curiosidad antropológica. Y no se trata de un simple descuido, sino de algo mucho más revelador, sea o no cierto que una persona le acompañaba cargando las compras.

El mero deseo de entrar en ella muestra que no entendió nada. Lo exhibe en su carta de justificación: no es cierto que la habitación costara 12 mil o 15 mil pesos como se decía en las notas periodísticas, el precio solo era de 7, 500 pesos por noche, afirma el joven.

No parece darse cuenta de que es casi el salario mínimo mensual que perciben millones de trabajadores, particularmente en el sector informal, un sector social que representa Morena.

Su defensa, la necesidad de un merecido descanso luego de un trabajo extenuante, es una confesión involuntaria de la ausencia de convicciones obradoristas.

Como si dijese “estoy de vacaciones, no tengo que representar los ideales del movimiento, puedo ser yo mismo”.

Andy es responsable de la organización de Morena, el puesto número dos del movimiento obradorista, no tanto por méritos propios como por el hecho de llevar ese apellido.

*Periodista

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