Lorenzo Meyer, editorialista
Lorenzo Meyer, editorialista

Pues bien, como se llegó a temer, el primero de agosto no se vino abajo el entramado del comercio mexicano con Estados Unidos: tras una conversación de nuestra presidenta con el presidente del país vecino, México logró un “período de gracia” de 90 días para seguir negociando el monto de los impuestos que deberán pagar las exportaciones mexicanas.

Según Jamieson Greer, embajador representante de Estados Unidos para el comercio internacional, el proyecto de su país respecto del intercambio comercial con el resto del mundo ya es claro: toda mercancía que ingrese a Estados Unidos tendrá que pagar un impuesto y sustantivo, pues Trump se propone rehacer el sistema de normas avalado por la Organización Mundial del Comercio y los impuestos a pagar oscilarán entre 10% y 41% e incluso más. Y no solo eso, el embajador advirtió que su gobierno está dispuesto a invocar su International Emergency Economic Powers Act (Ieepa), una disposición legal que permite al presidente de ese país usar el comercio con el exterior como un instrumento “legítimo” para interferir en asuntos de política interna de otro país cuando lo considere conveniente y que ese es justamente el caso en la relación con Brasil donde Trump considera que el expresidente derechista Jair Bolsonaro no debe ser procesado por haber intentado un golpe de Estado.

Históricamente, declaró Greer al programa Face the Nation, los presidentes norteamericanos “han usado la Ieepa para imponer sanciones por una variedad de razones geopolíticas a toda clase de países”, y que la seguirán usando.

Como el comercio México-Estados Unidos es un caso extremo de concentración de las exportaciones de un país —79% del total de nuestras exportaciones van al mercado norteamericano— nuestro país se ha colocado en una situación muy vulnerable frete a Trump pues si bien el tratado de libre comercio con Norteamérica (T-MEC) esta vigente y ofrece ventajas indudables al exportador que opera desde México, nada impide que Washington lo denuncie en las negociaciones por venir en nombre de “America first”. La atmósfera en que se desarrollan las relaciones con el vecino del norte se hace más difícil a partir de que Trump instruyera a su ejército a prepararse para llevar a cabo acciones directas contra los carteles.

En un pasado México era el que enviaba al gran mercado norteamericano materias primas y productos agrícolas e importaba bienes industriales, pero hoy es México es el que exporta manufacturas al país vecino aunque las empresas exportadores de automotores, piezas de repuesto o aparatos electrónicos suelen ser propiedad de capital externo. En contraste, México es importador de grandes cantidades de combustibles y derivados norteamericanos. Si por razones políticas Washington cortara los envíos a México de gas y gasolinas nuestro país simplemente se paralizaría.

Por mucho tiempo el nacionalismo mexicano vio con reservas a la inversión extranjera en su industria. Sin embargo, hoy como resultado de la política económica de Trump, el capital extranjero invertido en el sector exportador pudiera encontrar ventajoso trasladar sus plantas al norte del Río Bravo lo que sería un serio golpe a nuestra economía. Como sea, México ya no puede seguir apostando al “nearshoring”, ni siquiera en el corto plazo.

Cambio de proyecto

Fue hace más o menos siglo y medio, durante el Porfiriato, cuando Estados Unidos despuntó como potencia internacional y fue entonces cuando empezaron a sentar las bases de una relación de dependencia de nuestro país respecto del vecino. Tras la Revolución Mexicana y de los cambios en el escenario mundial producto de sendas guerras, las circunstancias se combinaron para crear coyunturas que México supo aprovechar para poner en marcha un proyecto nacional de relativa independencia frente a su vecino del norte pero a partir de 1947 la Guerra Fría marcó las posibilidades como los límites de la soberanía mexicana.

Dentro de esos límites los gobiernos mexicanos pudieron dar forma a un modelo de industrialización protegida por aranceles y a otro modelo político democrático y pluralista solo en apariencia, pero en realidad presidencialista en extremo, corporativo y autoritario. El desarrollo material mexicano se centró en su mercado interno y se legitimó políticamente con un discurso nacionalista y de justicia social pero sin salirse de los márgenes marcados por EUA.

Cuando los modelos postrevolucionarios empezaron a mostrar fallas, sus dirigentes se deshicieron del proteccionismo, adoptaron el neoliberalismo y la globalización en un entorno que ya no era de guerra fría sino unipolar y con Washington como su centro, por lo que un tratado de libre comercio con Estados Unidos le vino como anillo al dedo a la dirigencia mexicana que para entonces ya operaba como una verdadera oligarquía y a la que no molestó que en el año 2000 el régimen transitara del monopolio político del PRI al bipartidismo de derecha PRI-PAN, bipartidismo que se presentó como un “nuevo régimen” más a tono con el neoliberalismo económico.

Para entonces —inicios del siglo XXI— la armonía en la relación México-Estados Unidos parecía garantizada. Sin embargo, sendas transformaciones políticas de fondo a ambos lados de la frontera empezaron a tensarla: el triunfo de la derecha trumpista en 2016 en Estados Unidos y el triunfo de la izquierda lopezobradorista en México en 2018.

Desde el arranque de su primera campaña presidencial, Trump acusó a México de “traer a su peor gente” a Estados Unidos, “incluidos criminales y violadores” y se comprometió a revertir esa situación. Su reelección en 2024 y la reafirmación en México del lopezobradorismo con el triunfo de Claudia Sheinbaum configuraron el delicado escenario en que se está desarrollando hoy la relación México-Estados Unidos.

Desde la presidencia de Ronald Reagan (1981-1989) y hasta no hace mucho Washington parecía querer encausar al mundo por la senda de la globalización neoliberal, pero ahora el trumpismo ha optado por desechar aspectos fundamentales de esa globalización y sustituirlos por un tipo de neomercantilismo. En la lógica del proyecto trumpiano está tanto el rechazo de la mano de obra barata en el extranjero como de la indocumentada en lo interno y el erigir barreras físicas y arancelarias que obligue a la gran industria norteamericana y mundial a olvidarse de la mano de obra barata externa y regresen sus plantas industriales a territorio norteamericano.

Como se recordará el Plan Marshall original (1948-1952) buscó reconstruir la economía de la Europa Occidental destruida por la II Guerra Mundial mediante una inyección de capital norteamericano de 13 mil millones de dólares de la época. El objetivo era revivir económicamente a Europa Occidental para que fuera una barrera frente a la URSS. Hoy Trump acaba de lograr que la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, acepte un acuerdo para que sea la Unión Europea la que lleve capital a Estados Unidos comprándole combustibles por 750 mil millones de dólares .

Para concluir: el sistema se mantiene unipolar (por ahora) y el modelo económico trumpista de “America First” se impone. Para México la coyuntura es difícil pero muestra claramente que en el largo plazo acuerdos como el T-MEC ya no tienen mucho futuro y que el “Plan México” de la presidenta Sheinbaum requiere rediseñar la liga económica de México con el exterior todo lo cual es fácil de proponer, pero complicadísimo de llevar a cabo. Sin embargo, hay que empezar a hacerlo desde ya.

Historiador y analista

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