La crónica tiene, desde luego, un estricto sentido y otro amplio. El primero se refiere a una narración de hechos sucesivos descritos detalladamente en un lapso de tiempo sin negar la subjetividad del narrador pero asumiendo que hay una realidad existente que debe comunicarse. Sus límites con la ficción la separan de la literatura, aunque en las crónicas literarias podría haber de ambas sopas.
En el sentido amplio, la crónica es una narración que se nutre de relatos, cuentos, rituales, costumbres, explicaciones cosmogónicas, mitos, genealogías y otros recursos. Tengo la impresión de que no hemos trabajado lo suficiente los deslindes y las amplitudes del género.
Con la ayuda de una queridísima amiga, investigadora de la Facultad de Ciencias Antropológicas, hicimos una primera revisión de estudios sobre la crónica en Mérida y Yucatán y no encontramos una tesis académica siquiera. Sí, hay muchos trabajos sobre las crónicas de Oxkutzcab, los Chilam balames de Chumayel, Maní o Tizimín y cientos sobre documentación, historiografía y análisis sobre crónicas específicas, el periodismo, la imprenta, pero ninguno sobre la historia de la crónica en Mérida o en Yucatán. Seguramente habrá algo suelto en la hemerografía y en otros archivos.
Como quiera que sea, el Reglamento municipal del Consejo de Cronistas refleja conceptos ambiguos como el siguiente: el cronista es una persona comprometida a “escribir folletos, ensayos, artículos periodísticos o libros que versen sobre personas, acontecimientos, hechos, sucesos, gustos, tradicionales y peculiaridades de la ciudad de Mérida, sus habitantes, costumbres y folklore”.
Esta amplísima vaguedad puede hacer cronista de la ciudad a innumerables investigadores que tienen estos compromisos pero jamás hayan escrito una crónica. Tenemos muchos expertos en ciencias sociales trabajando diariamente estos temas, publicando libros, participando en seminarios y conferencias internacionales, que tal vez, en sus actividades de divulgación hagan de vez en cuando una crónica.
Este reglamento facilita la paradoja: ser cronista sin escribir crónica. El sentido amplio del concepto permitiría decir que la “Historia de Yucatán de Eligio Ancona, las “Noticias de Yucatán” de Pedro Bautista Pino, los “Incidentes de un viaje a Yucatán” de Stephens y la “Historia Breve de Yucatán” del Dr. Sergio Quesada, premio Silvio Zavala del Ayuntamiento de Mérida y miembro de la Academia Mexicana de la Historia, sean crónicas las cuatro.
Entre mis recuerdos de cronistas siempre estará Jorge Álvarez Rendón, verdadero cronista de aguda observación y pluma extraordinaria, que desde las páginas del Diario de Yucatán nos regaló crónicas artísticas, culturales, sociales durante toda su vida. No una ni dos. Cientos. No libros de sociología, teoría literaria o crítica de la cultura. No. Crónicas. Y soy uno de los agradecidos eternos de su talento.
Otro caso que me apasionó en lo particular es el libro “Palmeras de la brisa rápida” de Juan Villoro, una crónica extraordinaria para mí, de un viaje a Yucatán que tiene pinceladas brillantes sobre nuestra ciudad. Juan, curiosamente, tiene antecedentes familiares en Yucatán, pero al no haber nacido aquí, nunca podría ser cronista de Mérida, y menos Stephens y Caterwood, pese a haber regalado al mundo una de las crónicas mas valiosas de las ruinas peninsulares y centroamericanas. Tampoco serían Cronistas de Mérida o Yucatán. Ni falta que les hace. Lo son. En fin. Esto es un artículo periodístico que solo busca estimular la discusión pública sobre el tema y contribuir, sobre todo, a la claridad del concepto y su utilidad social.— Mérida, Yucatán
Iberlin@prodigy.net.mx
Antropólogo con maestría en industrias audiovisuales y doctorado en comunicación política
