Guillermo Fournier Ramos

Con atentos saludos y felicitaciones al señor Luis Pablo Canto Cárdenas, fiel lector de Diario de Yucatán, con motivo de su cumpleaños número 100

Decía Lord Acton, en 1887, que el poder tiende a corromper cuando no halla límites y que el poder absoluto, por tanto, corrompe absolutamente. Por ello, las democracias modernas contemplan sistemas de pesos y contrapesos en su diseño constitucional, siguiendo la tradición de pensadores como John Locke y Montesquieu.

La premisa democrática es que el gobierno y las leyes funcionan mejor cuando existe una división del poder político y administrativo, evitando que todo el control se concentre en una persona o grupo reducido de individuos. El propósito es impedir que gobernantes y representantes abusen del poder al no encontrar freno alguno en su actuar.

A lo largo de la historia de la humanidad es posible comprobar una y otra vez que el totalitarismo anula los derechos y libertades de la gente, pues deposita todo el poder y control a la voluntad de un solo mandamás o autoridad. El registro de gobiernos despóticos es amplio en todos los continentes, entre monarcas emperadores y demás figuras similares.

Hace más de dos mil años Aristóteles ya advertía sobre la tiranía y sus terribles efectos. Así, el modelo democrático fue un gran paso civilizatorio que ha costado mucho trabajo y varias generaciones ir consolidando de a poco. Solo hasta el último siglo hemos podido constatar el avance extendido de la democracia como sistema político y representativo alrededor del mundo.

Polarización social y política

Sin embargo, el siglo XXI es escenario de una nueva era de polarización social y política, donde la narrativa ideológica es empleada como herramienta para lograr el acceso al poder, más allá de principios y valores democráticos.

Paradójicamente, tras una larga lucha por el reconocimiento de derechos, libertades y pluralidad, la democracia como sistema de gobierno ha entrado en una crisis que la ubica al borde del abismo en múltiples regiones.

El uso irresponsable del discurso público desempeña un papel significativo en esta degradación de los fundamentos democráticos, cediendo el paso a expresiones de odio, división sin miramientos y difusión de toda clase de falsedades.

La narrativa demagógica busca construir un relato de “buenos” y “malos”, en la lógica de una batalla total donde los seguidores del líder son el pueblo noble que debe combatir a supuestos enemigos que persiguen intereses obscuros.

Este discurso simplista es contrario a la democracia, que defiende la pluralidad y la competencia leal dentro de ciertas reglas establecidas por leyes e instituciones. El relato antidemocrático pretende descalificar y deslegitimar al adversario político a cualquier precio, lo cual se traduce en inestabilidad social y política.

Una manifestación alarmante de tal fenómeno es lo que ocurre ante señalamientos de abusos de poder por parte de gobiernos nacionales autoritarios. En las últimas décadas, se ha vuelto frecuente la defensa de regímenes marcadamente tiránicos, justificando sus excesos bajo un razonamiento de carácter ideológico.

Dictaduras señaladas

Dictaduras latinoamericanas del siglo pasado, como las de Anastasio Somoza en Nicaragua, José María Bordaberry en Uruguay, Jorge Videla en Argentina, y Augusto Pinochet en Chile, fueron correctamente condenadas por la comunidad internacional, en aras de que la democracia volviera a dichos países.

Estos gobiernos autoritarios de derecha, encabezados por militares, dejaron un lastre enorme de muerte y sufrimiento, asentando constancia de los peligros que corre cualquier sociedad regida por un sistema sin contrapesos políticos ni institucionales.

Ahora bien, es de llamar la atención cómo algunas dictaduras en América Latina han conseguido permanecer en el poder a pesar de la miseria y corrupción que distingue a sus gobiernos. Los casos de Venezuela con el chavismo, Nicaragua con Daniel Ortega, y Cuba con la llamada Revolución, son desastrosos para los millones de habitantes que padecen hambre y están sometidos a la represión autoritaria.

Mientras que prácticamente hubo en su momento un consenso de la opinión pública internacional al acusar de crímenes de lesa humanidad a las dictaduras de derecha militares, aún hay varios defensores de las dictaduras de izquierda marxistas.

Silencio de la comunidad internacional

El silencio de otros tantos gobiernos de países ante las violaciones de derechos humanos de estos regímenes autoritarios comunistas nos habla de la indiferencia o incluso el apoyo velado a tales dictaduras vigentes.

La pregunta es: ¿por qué la omisión al repudiar a los dictadores rojos (por el color de la bandera comunista de izquierda) y la avidez por señalar a los dictadores negros (por el color del fascismo de derecha asociado a Mussolini en Italia)?

Ciertamente, los gobiernos autoritarios de derecha o de izquierda deben ser igualmente combatidos, si es que la brújula moral nos guía en favor de los derechos y libertades de los ciudadanos.

La única ideología que nos llevará a resolver los problemas sociales es el humanismo comprometido con el bienestar generalizado de las personas. La división deriva en violencia; el punto de encuentro es el camino hacia la paz democrática y la edificación de un mejor futuro.— Mérida, Yucatán

*Licenciado en Derecho, maestro en Administración, doctor en Gobierno

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