El pasado 19 de septiembre se hicieron largas filas desde la madrugada, como si se repartiera algo esencial para sobrevivir en tiempos de escasez. Pero no era agua, medicinas, ni alimento: era el nuevo iPhone. Ese día, Apple inició la venta oficial de su nueva generación de smartphones. El fenómeno se repitió a nivel mundial, personas acampando, guardando su lugar en la acera, celebrando con júbilo la caja que lleva un teléfono que, en esencia, hace lo mismo que el que ya tienen en el bolsillo.
En un mundo donde todavía se hacen filas para conseguir una oportunidad de empleo, una cita médica o una vacuna, resulta inquietante que también se hagan filas para impresionar con un aparato tecnológico que dentro de un año volverá a ser “viejo”.
Si analizamos el costo real de este fenómeno, los datos nos revelan con claridad el sacrificio económico que implica. En México, el modelo básico con la menor capacidad de almacenamiento tiene un precio de contado de $19,999, mientras que la versión Pro con la memoria más alta alcanza los $50,999. El modelo básico equivale a más de dos meses de salario mínimo, y para quienes no pueden pagarlo de contado, existe la opción de adquirirlo a plazos chiquitos, con un enganche del 20% y 154 pagos semanales de $210; bajo esta modalidad, el costo final asciende a $36,339.80, casi el doble del precio original.
El “Índice iPhone”, utilizado por analistas para medir cuántos días u horas de trabajo se requieren en cada país para comprar el modelo más básico, evidencia con claridad las desigualdades económicas. Mientras que en Suiza bastan cuatro días de salario y en Estados Unidos cinco días, en México se necesitan 72 días de trabajo con salario mínimo, es decir, 574 horas de esfuerzo para costear el mismo dispositivo. El mismo objeto, que en un país desarrollado representa un lujo relativamente accesible, en el nuestro se transforma en un privilegio restringido. Y, aun así, presenciamos filas de madrugada, pagos en abonos prolongados y personas que sacrifican ahorros, vacaciones o incluso el pago de deudas previas, todo con tal de tener la última novedad tecnológica.
La ironía es que nunca hemos tenido tanto acceso a la información y, sin embargo, nunca hemos estado tan dispuestos a ignorarla. Sabemos que el dispositivo que llevamos en la mano tiene una vida útil limitada, que en cuestión de meses aparecerá otro con mejoras mínimas, y que endeudarse por él compromete nuestra estabilidad financiera. Y aun así, el deseo de mostrar que se posee lo último supera a la razón. Es un ritual social, un lenguaje silencioso con el que decimos: “yo puedo, yo tengo”. El problema es que ese lenguaje se paga caro y no enriquece la vida de quien compra, sino las cuentas de una empresa que cada año repite la misma fórmula con éxito rotundo.
El fenómeno de las colas frente a las tiendas de Apple tiene también un componente cultural. No es solo la promesa de tener un objeto, sino la experiencia de participar en un acontecimiento global. La espera, la ansiedad, el conteo regresivo, los influencers transmitiendo en vivo el momento en que abren la caja, todo eso genera la sensación de formar parte de una comunidad. Pero conviene preguntarse: ¿qué tipo de comunidad es aquella cuya cohesión depende de un producto que cuesta lo que muchos hogares enteros ganan en meses? ¿Qué tipo de valores transmitimos a las nuevas generaciones cuando hacemos fiesta por una compra mientras millones carecen de lo básico?
En México, casi un 30% de la población vive en condiciones de pobreza. En muchos hogares, la adquisición de un iPhone no es solo un lujo, sino una contradicción brutal frente a las carencias que se enfrentan día a día. Lamentablemente hemos normalizado la idea de que endeudarse para aparentar es un sacrificio válido.
Somos capaces de perder el sueño y el salario por un artefacto que promete diferenciarnos, cuando en realidad nos uniforma. Miles de personas con la misma caja en las manos, la misma sonrisa de triunfo, la misma deuda en la tarjeta, creyendo haber conquistado algo que, en el fondo, las ha conquistado a ellas. El sistema económico se sostiene precisamente en la fuerza del deseo que nunca se sacia: no importa si lo necesitas, importa que lo quieras.
Desde la óptica financiera, endeudarse por un pasivo que no genera valor, sino que se deprecia en cuanto se saca de la caja, es una de las peores decisiones que se pueden tomar. Y, sin embargo, es una de las más repetidas. El consumo aspiracional tiene esa trampa, te convence de que no eres completo hasta que adquieres el objeto, y cuando lo adquieres, ya estás incompleto de nuevo porque falta el siguiente. El círculo nunca se cierra.
El Índice iPhone, debería ser más que una simple curiosidad estadística; debería ser una advertencia. Cuando en un país se necesitan meses de salario para adquirir un teléfono y, aun así, persiste una enorme demanda, no hablamos solo de precios elevados, sino de una distorsión en las prioridades colectivas. No es irracional desear un buen dispositivo. Irracional es creer que nuestra identidad depende de él. Irracional es hipotecar el futuro para impresionar a extraños en redes sociales. Irracional es pasar la noche en la banqueta esperando un objeto que estará disponible, sin filas, pocos días después.
La paradoja es: ¿por qué estamos dispuestos a endeudarnos por un iPhone, pero no por un libro, una clase de inglés, un seguro médico? La respuesta es amarga: porque un teléfono se puede mostrar, se puede presumir, se convierte en parte de la identidad pública, mientras que lo demás es invisible. Y en una sociedad adicta a la validación externa, lo invisible importa menos que lo tangible.
Ha llegado la hora de preguntarnos si realmente queremos seguir corriendo detrás de un objeto que nunca dejará de adelantarnos y que solo alimenta nuestra necesidad de aparentar.
Porque el iPhone 17 pasará, al igual que pasaron el 16, el 15 y todos los modelos anteriores. La novedad se desvanecerá y, con ella, el fervor de quienes hoy celebran como si hubieran obtenido un tesoro. Pero las deudas permanecerán, recordándonos que en esta sociedad hemos aprendido a gastar y endeudarnos con facilidad en lo que no necesitamos, mientras seguimos postergando decisiones financieras como educación, salud, proyectos productivos y experiencias que no caducan el próximo otoño.— Mérida, Yucatán
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Profesora universitaria y consultora financiera
