Asiduo lector del Diario, detecté que, en días pasados, se publicaron dos notas destinadas a aclarar la veracidad o falsedad de información que circula por la red. Seguramente hubo más, pero esos contenidos me parecieron poderosamente atractivos: el vídeo de una orca que ataca a su entrenadora e imágenes de conejos con tentáculos.
Sorpresivamente, resultó que, mientras el primero fue alterado o generado con inteligencia artificial, el segundo era real, aunque con matices: lo que parecen tentáculos son, en realidad, protuberancias producto de una infección en la piel: papiloma de Shope, detectada desde 1930.
Ahora bien, ¿por qué llegaría hasta nosotros un padecimiento en conejos de Colorado? ¿Caprichos de las redes? Todo es posible en un ecosistema virtual, en el que cualquiera agrega una opinión como un hecho y difunde una creencia con la misma certeza con la cual Isaac Newton descubrió la gravedad.
Ya no son solo los terraplanistas y la necedad de rechazar la redondez de la Tierra. Ahora mismo, alguien, en alguna parte del mundo, se prepara para una “inminente invasión alienígena” en noviembre. ¿La razón? Se detectó el ingreso al sistema solar de un objeto interestelar, el cual, según la hipótesis (creencia no comprobada) del científico Avi Loeb podría ser una sonda extraterrestre.
A mi entender, además de la facilidad para generar contenidos, los conceptos clave para comprender esta situación son dos: posmodernidad, y su natural y lógica hija, la posverdad.
El primer término proviene del filósofo Jean-François Lyotard. Este pensador francés explica que, ya desde la década de los 70 del siglo XX, los principales metarrelatos —cristianismo, ciencia como progreso, capitalismo y comunismo— comienzan un irremediable declive.
Por supuesto, puede que usted y yo sigamos creyendo en la ciencia, o que todos sus familiares asistan religiosamente a misa domingo a domingo. Sin embargo, es evidente que, a nivel mundial, todo se fue fragmentando. ¿En qué creer cuando ya no podemos asirnos a eso que le daba sentido a nuestras vidas?
Aunque cada uno por su lado, ¿no iban el capitalismo, el comunismo, la ciencia o la religión a hacernos mejores personas? Al borde de una crisis climática y con millones de pobres en un sistema mayormente capitalista, sin omitir las elecciones de Trump o Milei, habría que tener mucho valor civil para afirmar que todo ha sido exitoso.
Lógica consecuencia de la posmodernidad, la posverdad no es otra cosa que negar una única verdad para hallar siempre alternativas a lo que es. Pero, ¿cómo ocurre esto? Otra vez es necesario regresar a la infinita oferta informativa de las redes con bulos, verdades a medias y opiniones por igual. “Yo tengo otros datos” sin presentar evidencia, es otra manera de materializarla.
Lo anterior cobra mayor fuerza ante contenidos tremendamente simplificadores y una audiencia que los consume y los demanda. Como si fuera posible explicar el conflicto entre Rusia y Ucrania en un vídeo de Tik-Tok de 30 segundos.
Por supuesto, hay soluciones ante este problema. Un servidor, profesor universitario, considera que fomentar el pensamiento crítico y concientizar sobre la importancia de la cultura escrita son caminos indispensables.
Reconozco que es un poco la lucha del Quijote contra los gigantes de viento, pero en las aulas hay corazones dispuestos a dejar germinar semillas que se volverán árboles frondosos.
Quizá en otra ocasión, si este espacio lo permite, podremos ensayar algunas ideas para reconocer entre verdades y falsedades, entre hechos y opiniones, justo cuando la inteligencia artificial ha llegado a complicarlo todo. Por lo pronto, practique el sano escepticismo. Dude primero y contraste después. Desafortunadamente, ni el Diario ni ningún medio serio pueden con todo.— Mérida, Yucatán
*Profesor Universitario Escuela de Comunicación y Empresas de Entretenimiento, Universidad Anáhuac Mayab
