Ahora que la generación Z salió a marchar y decidió hacerse escuchar, no puedo evitar volver a mi juventud, cuando el futuro todavía era una promesa. Hoy, casi a los cincuenta, esa promesa ya no es un horizonte lejano; es un camino recorrido, a ratos difícil y lleno de retos, a ratos sorprendentemente generoso, marcado por decisiones que me llevaron a ser quien soy.
Cuando observo a la generación Z alzar la voz, lo que me atraviesa no es solo empatía, sino un sentimiento de reconocimiento. Me miro en ellos, treinta años atrás, intentando abrirme paso en un país que repetía que, si trabajaba duro, la vida me recompensaría. Pero ese pacto social, el que daba sentido al esfuerzo y ofrecía un suelo firme bajo los pies, se ha resquebrajado, quizá de manera irreversible. Entonces no puedo evitar preguntarme qué haría si hoy tuviera veinte años, si mi porvenir dependiera de un sistema que no solo es insuficiente, sino que, por más que uno se esfuerce, nunca queda claro si podrá alcanzar lo que justamente le corresponde.
Me pregunto cómo sería despertar cada mañana sabiendo que estudio, trabajo y me esfuerzo, que, por más diplomas, horas extras, cursos y disciplina, mis ingresos apenas cubrirían mis necesidades básicas. Con esa certeza, la respuesta se impone: marcharía.
Marcharía porque, mientras trabajadores de ciertos ámbitos, como los maestros y los servidores públicos, se jubilan tras no más de treinta años de servicio, y las generaciones mayores mantienen su pensión garantizada por la ley del 73, los jóvenes de hoy cargan con los costos de una estructura que nunca estuvo pensada para ellos. Porque ahora se menciona que sería necesario elevar la edad de retiro para las generaciones más jóvenes, y aun así cuando llegue el momento de su jubilación, no les alcanzará para vivir una vejez digna. En ese escenario, marcharía. No desde el resentimiento, sino desde la claridad. Porque la justicia intergeneracional no puede existir cuando las reglas del juego favorecen a quienes llegaron primero, y condenan a quienes apenas comienzan.
Marcharía también porque, si fuera estudiante de medicina o enfermería, sabría que mientras hago prácticas profesionales en comunidades alejadas, expuesta a riesgos y carencias, recibiría menos apoyo económico que los “ninis”, jóvenes que ni estudian ni trabajan y que reciben subsidios que, aunque necesarios en su contexto, envían un mensaje brutal a quienes realmente están dando todo. Me pregunto cómo sería mirarme al espejo, agotada después de doce horas en un hospital rural, y preguntarme si realmente vale la pena seguir. Si valdría la pena entregar mi juventud al servicio médico de un país que no garantiza ni lo indispensable, que me hace enfrentar lugares sin insumos, sin medicinas, sin capacidad suficiente para atender todas las necesidades. Día tras día enfrentaría la frustración, la impotencia, la tristeza de no poder hacer más. En ese punto, marcharía. Porque la vocación no debería exigir renunciar a la dignidad, ni aceptar la precariedad como destino inevitable.
Marcharía porque sé que, si fuera joven hoy, la vivienda sería un sueño distante. Y no hablo de casas con jardines amplios o acabados de lujo. Hablo de un espacio digno, seguro, habitable, donde pudiera construir una vida independiente. Los precios de la vivienda han crecido mucho más rápido que los salarios y, aunque existen esfuerzos gubernamentales, muchos se enfocan en viviendas tan pequeñas que no parecen hechas para habitar, sino para sobrevivir. Se les llama “vivienda social”, pero lo social debería ser la dignidad, no la resignación. Imagino tener veinte años y saber que mi mejor opción sería una habitación de 40 metros cuadrados con muros delgados, mala ventilación, sin áreas verdes, sin transporte cercano, sin espacios comunitarios. Imagino la frustración de saber que, aunque trabaje de lunes a sábado, jamás podré comprar una casa como la que tuvieron mis padres. Marcharía, sí, porque la vivienda no debería ser un privilegio heredado, sino un derecho posible para quienes trabajan.
Marcharía también porque, si fuera una mujer joven que sueña con tener hijos, sé que tendría que enfrentar una realidad brutal. En México, tener una familia y desarrollarse profesionalmente es casi un acto heroico. No basta con querer hacerlo, porque la estructura laboral no lo permite. Los horarios no se flexibilizan. Las empresas no ceden. Los espacios públicos no apoyan. Y, aunque alguna vez existieron guarderías y escuelas de tiempo completo que permitían a las madres, y también a los padres, trabajar tranquilos, hoy muchas de esas opciones han desaparecido. Imagino estar comenzando mi vida laboral y saber que, si decido ser madre, estaría condenada a la precariedad o a la renuncia. O renuncio a mi carrera o renuncio a tener hijos. “Tú decides”, nos dicen, pero en realidad no hay decisión cuando las condiciones no existen.
Marcharía también porque, como joven, no podría salir a la calle sin miedo. Sé que los jóvenes de hoy viven bajo una sensación constante de vulnerabilidad, acosados por la inseguridad, la violencia, las desapariciones y la impunidad. Marcharía porque nadie debería caminar por su país sintiendo que cualquier noche puede ser la última. Pienso en lo que yo hacía a mis veinte años: caminar sola, viajar en camión a otra ciudad, salir tarde de la universidad, reír sin mirar por encima del hombro. Y me doy cuenta de que esa libertad, que yo di por sentada, hoy es un privilegio perdido. No es nostalgia lo que siento, es indignación. Porque un país que obliga a sus jóvenes a marchar por el derecho elemental de no morir, está fallando de raíz.
Marcharía porque creo firmemente que la generación Z no está enojada por capricho, sino por claridad. Por lucidez. Por cansancio heredado. Porque ellos sí están viendo la realidad sin el velo romántico que muchas generaciones anteriores mantuvimos durante demasiado tiempo. Y esa claridad es incómoda, pero también necesaria. Saben que el sistema no les funciona y tienen la valentía de decirlo.
A mis casi cincuenta, no marcho físicamente, pero marcho con palabras. Y no escribo desde el paternalismo; escribir desde ahí sería un insulto. Escribo desde la admiración. Desde la certeza de que esta generación, la que muchos critican por “frágil”, es en realidad la más valiente. Se atreven a cuestionar lo incuestionable, a exigir lo que sus padres normalizaron, a defender lo que otros dejaron ir. Marchan no porque odien al país, sino porque lo aman lo suficiente como para no rendirse ante él.
Si tuviera treinta años menos, estaría ahí, con ellos, entre la multitud, sosteniendo un cartel que dijera lo que hoy escribo. Porque México no puede seguir pidiéndoles a sus jóvenes que sobrevivan, tiene la obligación de permitirles vivir. No pueden seguir siendo la generación que paga los costos de un sistema creado por y para otros. No pueden continuar aceptando que su destino está limitado por decisiones que jamás tomaron. No deben resignarse.
Si yo tuviera veinte años, marcharía. Pero como tengo casi cincuenta, escribo. Y mientras escribo, me uno a ellos en la única revolución que sé hacer: la de las ideas. Porque, aunque los cuerpos envejecen, la lucha por la dignidad no tiene edad.— Mérida, Yucatán
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Profesora universitaria y consultora financiera
