Marisol Cen Caamal 2025

Ahora que la generación Z salió a marchar y decidió hacerse escuchar, no puedo evitar volver a mi juventud, cuando el futuro todavía era una promesa. Hoy, casi a los cincuenta, esa promesa ya no es un horizonte lejano; es un camino recorrido, a ratos difícil y lleno de retos, a ratos sorprendentemente generoso, marcado por decisiones que me llevaron a ser quien soy.

Cuando observo a la generación Z alzar la voz, lo que me atraviesa no es solo empatía, sino un sentimiento de reconocimiento. Me miro en ellos, treinta años atrás, intentando abrirme paso en un país que repetía que, si trabajaba duro, la vida me recompensaría. Pero ese pacto social, el que daba sentido al esfuerzo y ofrecía un suelo firme bajo los pies, se ha resquebrajado, quizá de manera irreversible. Entonces no puedo evitar preguntarme qué haría si hoy tuviera veinte años, si mi porvenir dependiera de un sistema que no solo es insuficiente, sino que, por más que uno se esfuerce, nunca queda claro si podrá alcanzar lo que justamente le corresponde.

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