“La protesta y la libertad tienen algo en común: son contagiosas”.— Luis Gabriel Carrillo Navas

“Al término de la ceremonia de apertura, alrededor de las 14 horas, el público quedó ensimismado en una suerte de hipnosis, como si deseara que aquel majestuoso acontecimiento del que había sido testigo se prolongara a perpetuidad… Sin duda, la XIX edición de los Juegos Olímpicos representó una de las páginas más brillantes en la historia del deporte. Su grandiosa ceremonia de inauguración es prueba de ello…”.

Siempre es ilustrativo retroceder en la historia, sobre todo cuando se trata de verificar un hecho memorable. El fragmento anterior es un extracto de la publicación oficial que uno puede encontrar en el Archivo General de la Nación. “México ha organizado la ceremonia inaugural más brillante en la historia de los Juegos Olímpicos. Nunca nadie mejor. Todos estamos satisfechos con el trabajo realizado por este gran país, y prueba de ello es la manifestación cultural y técnica que acabamos de presenciar”. Estas fueron palabras de Avery Brundage, presidente en turno del Comité Olímpico Internacional.

Pero muy lejos de la narrativa oficial, es probable que aquel 12 de octubre de 1968, los mexicanos, en medio del dolor, vivieran uno de los episodios más tensos, cuando la alegría y la felicidad en realidad debieron de haber flotado como aquellos enormes aros olímpicos que se elevaron en el Estadio Olímpico. Solo habían transcurrido diez días de que uno de los gobiernos más represores de nuestra historia manchó de sangre lo que debió ser una fiesta deportiva. Sí, tan solo diez días de la Matanza de Tlatelolco que enlutó a muchas familias. Los organizadores sabían lo que podría ocurrir. No por menos el sonido ambiental reprodujo todo el tiempo música; no por menos las cámaras de televisión, que por cierto transmitieron por primera vez esta ceremonia en vivo a nivel mundial, enfocaba exprofeso a figuras internacionales, aficionados extranjeros, artistas, a modo de distractor. Al momento del discurso, los abucheos y silbidos fueron opacados y mientras se soltaban palomas al cielo, la Universidad Nacional Autónoma de México, en señal de luto por la represión estudiantil, proyectaría una imagen lumínica en la Torre de Rectoría con la leyenda “68 nunca más”, en la que aparecía una paloma de la paz con el corazón atravesado por una bayoneta ensangrentada, haciendo referencia a la violencia que empañó el símbolo olímpico. Dos años después en un acto no calculado, menos dimensionado, Gustavo Díaz Ordaz inauguró la Copa Jules Rimet el 31 de mayo de 1970 en el Estadio Azteca con la frase: “Declaro solemnemente inaugurado el IX Campeonato Mundial de Fútbol Copa Jules Rimet”. La ceremonia fue recibida con rechiflas y abucheos por el público, y a pesar de que se le pidió que no volviera a aparecer en los estadios para evitar más polémica, regresó para la final del torneo. La represión estaría muy lejos de terminar, solo un año después, ya con Luis Echeverría, se dio el “Jueves de Corpus Christi” el 10 de junio de 1971.

Manifestación, descontento, presión, violencia y así el círculo vicioso. Pero, Díaz Ordaz no sería el único presidente. Miguel de la Madrid Hurtado fue abucheado durante la ceremonia de inauguración del Mundial de Fútbol de 1986 en el Estadio Azteca. El descontento social traía de todo: La tardía y mala respuesta a la tragedia de los sismos un año antes, la peor crisis económica y la percepción de represión a los opositores políticos.

Los eventos deportivos, sobre todo las inauguraciones, ya sea el discurso, la patada inicial, el primer lanzamiento con un político de por medio, no es una combinación muy recomendable. El mismo López Obrador que se jactara de su afición al beisbol y su popularidad, fue abucheado durante la inauguración del estadio “Alfredo Harp Helú” en Ciudad de México en marzo de 2019. Para no irnos muy lejos, aquí en Yucatán, recordemos el desliz de la gobernadora Ivonne Ortega que, también recibió su dosis en una pelea de box el 20 de febrero de 2010, cuando se anunció su presencia en el ring. Varios medios de comunicación destacaron el evento como una muestra de descontento popular. Y ya para rematar, recientemente hasta a Donald Trump le ocurrió, compartiendo el repudio con el Secretario de Defensa Pete Hegseth cuando acudieron al partido entre los Washington Commanders y los Detroit Lions.

La presidenta ha anunciado que regalará el boleto que le otorgó la FIFA para asistir a la inauguración del Mundial que se llevará al cabo en el Estadio Azteca de Ciudad de México el 11 de junio de 2026. México es uno de los tres países anfitriones. El boleto será entregado a una niña o joven mexicana aficionada al fútbol que no tenga los recursos o la oportunidad de asistir al evento. Lo anterior se interpreta por sí solo. Hay que ser un ingenuo para ver en esto un acto de bondad o altruismo de la primera mandataria. Basta ver los recientes acontecimientos, marchas de protesta, el súbito e inesperado desplome de la popularidad de la primera mandataria para que, la 4 T se entere de que el pueblo sabio y bueno tiene la capacidad de sopesar los resultados con las buenas intenciones, y es evidente que ella simplemente no va a arriesgarse a la sentencia del clamor popular.

Los eventos masivos deportivos y culturales suelen ser una excelente palestra donde los asistentes pueden calificar la trascendencia del trabajo de un mandatario. Podrá hablarse de manipulación informativa, tácticas de la ultraderecha extranjera, granjas de bots, llámese como quiera…, por supuesto que el pueblo es sabio y sobre todo paciente, lo peligroso es que la paciencia suele agotarse cuando merodea el hartazgo. Es claro que Claudia Sheinbaum tiene una percepción real de la situación y no va a exponerse o que algo manche su plumaje, como diría su antecesor.— Mérida, Yucatán

Médico y escritor

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