Corría la década de los 90 y, en México, se vivía la hegemonía del PRI.

En aquel tiempo, Gregorio Córdova Martín, dirigente del PAN en el municipio de Dzilam González, fue agredido en el Congreso del Estado por cinco individuos al servicio del entonces diputado local priista (hoy morenista) Feliciano Moo Can (Diario de Yucatán, Sección Local, edición del 25 de julio de 1996).

Los lamentables hechos ocurrieron en un pasillo del recinto legislativo, a donde acudió el panista para averiguar si ya se había dado curso a la solicitud de “desaparición de poderes” en su municipio, demanda respaldada por cientos de ciudadanos inconformes con la administración del alcalde priista Guillermo Baeza Bobadilla, a quien acusaban de incurrir en actos de corrupción. Los gamberros del exdirigente cenecista empujaron y golpearon en la cara a Córdova Martín, dijeron descaradamente que “de parte de Feliciano” y lo amenazaron con “romperle la m…” si continuaba encabezando las protestas de sus conciudadanos.

Con esa “elegancia” transcurrían los trabajos y la vida en el Congreso local y no resultaba extraño que el recinto parlamentario sea escenario de hechos violentos, en ese lugar se agredía sistemáticamente al pueblo yucateco.

Los diputados panistas eran el blanco predilecto de la violencia verbal e irracional de los legisladores priístas, quienes no escatimaban recursos públicos para contratar auténticas hordas de pandilleros (hombres y mujeres revoltosas) para ofender e intimidar a los diputados de Acción Nacional y a algún ingenuo panista que asomara sus narices en el Congreso.

Recuerdo que, un año antes en 1995, un grupo de pandilleros de filiación priista atacó con “chacos” y con sus puños, en plena sala de sesiones del Congreso, a panistas de Oxkutzcab que acudieron a protestar por el fraude electoral cometido en contra del candidato del PAN.

En aquella ocasión, los vándalos agredieron impunemente a los oxkutzcabenses ante la complacencia de los diputados priistas y la indiferencia de agentes de la Policía Judicial del Estado, quienes nada hicieron para instaurar el orden (edición del Diario de Yucatán del 19 de julio de 1995).

En ese mismo tiempo, un habitante de Yaxkukul denunció que fue arrastrado y a empujones sacado del Congreso, “como un perro” dijo, sólo porque intentó pedir ayuda para gastos médicos al entonces diputado tricolor Orlando Paredes Lara. El veterano campesino fue atacado verbal y físicamente por uno de los guardaespaldas (apodado “Comandante Chiricuti”) del legislador.

Con estos y otros ejemplos similares podemos ejemplificar que, actualmente, están renaciendo esos tiempos violentos, los de la época de la política cavernícola, de la mano de los torpes legisladores de Morena que, ante la falta de argumentos (¿y de inteligencia?) recurren al acarreo de sus incondicionales para callar e intimidar a los diputados de la oposición, particularmente, en contra del joven panista Álvaro Cetina Puerto, que, ante la contundencia de sus argumentos, los ha puesto en la lona en el cuadrilátero del debate parlamentario.

¿Qué sigue en esta inmunda saga de la narrativa guinda? Si ya recurren al chantaje y regresaron a las “gritonas” y se han vuelto émulos del ex diputado priista Petronilo Tzab, ¿contratarán vándalos y regresarán los “chacos” y los puños al recinto legislativo como en la década de los años 90?Los morenistas están cambiando todo a peor y convirtiendo el Congreso local en un lugar peligroso para todo yucateco honrado que pugne por un gobierno transparente, eficaz y justo. Pero, así como en los 90 la sociedad civil organizada de Mérida se levantó en pie de lucha contra el “cerverato” y la hegemonía del PRI, en estos tiempos, también debemos poner un alto al renacimiento de la infamia.—Mérida, Yucatán

Profesor

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