Efectivamente: Maduro es un hijo de puta. Pero Trump también lo es. Gorila venezolano uno; gorila norteamericano el otro. El tal Maduro oprimió a su país; aniquiló el ejercicio democrático, violó sistemáticamente la ley, empobreció a Venezuela y fue causa de que millones de venezolanos buscaran en otros suelos la libertad y bienestar que en su propio suelo les fueron arrebatados. El nefasto régimen chavista se apoderó de la “República Bolivariana”, así llamada pese a que ahí han sido conculcados todos los ideales libertarios y principios morales de Bolívar. Maduro no admite defensa alguna, ni siquiera la que algunos han intentado en nombre de la soberanía y la libre determinación de los pueblos. Trump, sin embargo, merece también reprobación. La captura de Maduro y de su esposa fue un secuestro a todas luces reprobable. El ilegal acto de Trump se aparta por completo de las normas y procedimientos en que se finca el trato entre naciones. Ese acto va más allá del mero secuestro de personas.
Trump está secuestrando a toda una nación, a todo un pueblo. Tras el pretexto de apresar al dictador por terrorista y narcotraficante está la desbocada ambición del presidente yanqui de apoderarse de los enormes recursos petrolíferos de Venezuela. No se recata el amarillento inquilino de la Casa Blanca para decir que en adelante Estados Unidos administrará esa riqueza. Piratería descarada, pues. Lo hecho por Trump se asemeja en más de un sentido a la agresión expansioniste de Hitler en Polonia, Mussolini en Abisinia y Japón en Manchuria. Una antigua fábula atribuida a Fedro narra cómo el león abusaba de todos los animales de la selva; los vejaba, extorsionaba y oprimía. Alguien se atrevió a preguntarle por qué hacía eso. Respondió la prepotente fiera: “Quia nominor leo”. “Porque me llamo león”. En la misma forma se conduce Trump: su única razón es la fuerza. ¿Que Venezuela ha sido liberada? Equívoca afirmación. Los venezolanos salen de una dictadura local para caer en otra de origen extranjero. Estados Unidos pondrá en ese país un gobierno títere, de igual manera que los ocupantes nazis impusieron en Francia al mariscal Petain, antes admirado héroe de la Primera Guerra, después patético pelele del invasor germano. Digna de mención es la condena que hicieron del criminoso acto del gorilesco yanqui Claudia Sheinbaum, mandataria que no manda, y López Obrador, el que dijo que se iba y no se ha ido. Su actitud, sin embargo, no se finca en los principios de la justicia y de la ley, sino en la identificación ideológica y política con el dictador caído. Eso le quita todo valor a su postura. Preocupémonos ahora los mexicanos. Cien articulistas han invocado aquello de “Si ves las barbas de tu vecino cortar”.
Conmigo son 101. Nada podría detener a Trump de hacer con México lo mismo que con Venezuela hizo. Lo ha dicho ya: “Hay que hacer algo con México”. Contra la prepotencia del inmoral magnate no serviría de nada el masiosare, como tampoco la fútil invocación de la soberanía y los dictados del derecho internacional. Trump está poseído por una soberbia semejante a aquella que condujo a Hitler a su demencial locura expansionista. Soy declarado opositor del régimen corrupto e ineficiente que en mala hora se apoderó de nuestro país, pero eso no me lleva a desear una intervención de los Estados Unidos para librarnos de este pudridero. Alabar en cualquier forma lo hecho por Trump en Venezuela, dejar de reprobar su desatentada acción, equivale a propiciar que lo mismo pase en México. A Maduro debieron derrocarlo los venezolano, no los mílitares yanquis. ¿Difícil esa empresa? Sí, pero mejor que resignarse a una dominación extranjera. FIN.
