Alfonso González Fernández

“Hay tres tipos de mentiras: mentiras, malditas mentiras y estadísticas”.— Benjamin Disraeli / Mark Twain

En la gestión pública, el informe anual de responsabilidad gubernamental es un ejercicio retórico, no es solo un recuento de obras o servicios, sino una transformación de intención en logro, de infinitivo en pretérito perfecto, y de gestión en éxito.

Se basa en principios teóricos impecables, presentando una realidad alterna donde los indicadores (KPI) son reales, la transparencia es clara y la ciudadanía debería ser la protagonista. Presentaremos esta puesta en escena en tres actos, pero en una sola pista, como una obra de circo callejero.

PRIMER ACTO

Arte coreográfico de los Indicadores.

Un informe serio debe basarse en dos pilares: KPI o métricas para técnicos, y objetivos SMART para la ciudadanía. Ambos deben ser específicos, medibles y comprensibles. El informe debe usar estos elementos con creatividad dramática, por ejemplo:

a) Objetivo: Reducir la congestión vehicular.

b) Indicador: Número de comisiones interinstitucionales creadas: Meta: 5, Logrado: 5.

c) Eficacia: 100%.

d) Eficiencia: Gasto mínimo en cafés y carpetas.

¡Sublime!, y así se aprovecha presentar mediáticamente para “apantallar”

El impacto real en el bienestar ciudadano, aunque intangible, se presume en la profundidad de los estudios. La maestría está en seleccionar indicadores que midan actividad, no resultado; gestión, no cambio.

El informe se convierte en una galería de éxitos procesales, donde “organizar” equivale a “resolver” y “presentar un proyecto” a “construir el futuro”. Irónicamente, estos indicadores miden el avance de trámites, no la mejora de vidas.

SEGUNDO ACTO

Participación Ciudadana.

Ningún informe de responsabilidad que se precie, puede omitir el capítulo dedicado a la rendición de cuentas y la participación ciudadana, dónde la teoría dicta que debe hablarse de audiencias públicas vibrantes, y modernos “sistemas” de retroalimentación.

La práctica real convierte esto en arte performativo, usando el cuerpo del artista, el tiempo, el espacio y la relación con el público como elementos centrales. El informe describirá con prosa ufana la “implementación de una plataforma digital de participación ciudadana de última generación”, lo cual será un logro inobjetable.

Lo que la prosa elegante omitirá —con una omisión de una fineza exquisita— es que dicha plataforma recibe, con suerte, sugerencias sobre el color de los buzones de un parque que nunca se construyó.

Las audiencias públicas se relatan como ágoras de debate, aunque en realidad suelen ser monólogos administrativos ante un público de funcionarios leales y algún ciudadano perdido, que solamente buscaba la oficina para reportar un bache.

La transparencia así se evalúa por el volumen de datos publicados en portales inescrutables, no por su comprensibilidad o utilidad sino simplemente para hacer bulto.

La lucha contra la corrupción brilla por la existencia de protocolos por aplicar, manuales de ética por distribuir, y compromisos de integridad firmados con solemnidad.

El informe real sabe que, en materia de confianza, la percepción se gestiona con ceremonias de apertura, no con hechos de finalización operativa.

TERCER ACTO

El Espejismo del Benchmarking Mitológico.

La cumbre del informe, es la sección dedicada al impacto en el bienestar ciudadano, y la sabia revisión por pares, que es donde el lenguaje alcanza su máxima potencia evocadora.

Proyectos que existen apenas en PowerPoint —“Revolucionar el sistema de salud”, “Transformar la educación de base”— se presentan como verbos en busca de objeto, con realidades aún en gestación, cuyos frutos, aunque invisibles, son prometedores.

Lo anterior se conoce en el argot, como “técnica de la evaluación comparativa de los sueños”, elegantemente llamada “benchmarking onírico”, adornados con expresiones tales como esta alhaja que se puede petulantemente citar en el informe:

“Nuestras políticas se alinean con los estándares de países nórdicos en cohesión social”, mientras el ciudadano compara, no con Copenhague u Oslo, sino con la falta de energía en toda la calle, transporte inoperante o vialidades en mal estado que llevan meses sin solucionar.

El impacto se mide en términos de “potencial beneficiario” (toda la población), “inversión comprometida” (cifras astronómicas futuras) y “horizontes de cambio” (siempre en el próximo sexenio), cuando la mejora continua, cual piedra angular teórica de la evaluación, se convierte en la eterna preparación para comenzar a mejorar… algún día.

Un informe de responsabilidad gubernamental verdadero y real, no juzga lo hecho, sino lo imaginado con convicción, y su éxito no se mide por calles pavimentadas o apoyos entregados, sino por expedientes y planos archivados con pulcritud, toda vez concluidos.

Resumiendo podemos asumir que un Informe, es una obra maestra de esperanza diferida, en donde lo importante no es el destino, sino el noble y bien documentado viaje que algún día, tal vez, comenzará.

COROLARIO

“Un informe documentado supera cualquier destino”.— Mérida, Yucatán

ingenieroalfonsogonzalez@gmail.com

@alfonsoengineer

Consejo Mundial de Ingenieros Civiles (WCCE). Consejo Asesor

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