“La era del vacío ha sido sustituida por la era de lo lleno de nada”.— Gilles Lipovetsky

En el ámbito de la infraestructura, hemos aprendido a vivir suspendidos en un limbo narrativo.

Un espacio mágico donde lo que se anuncia con pompa, no necesariamente urge, o ni hace falta, o ni siquiera existe, ¡ah! pero eso sí, se presume con la convicción de un hecho consumado.

Entre el discurso grandilocuente y la evidencia esquiva, se extiende un fértil territorio de obras y servicios que habitan, en el mejor de los casos, en el tibio limbo de los tinteros oficiales.

Exploremos la arquitectura retórica que sustenta estos espejismos y el coro de adulación que los perpetúa, para proponer al final, un antídoto contra la zalamería edilicia.

GRAMÁTICA DEL ESPEJISMO

El primer acto de esta comedia comienza con una ingeniería lingüística.

Las autoridades han descubierto que no es necesario mover toneladas de concreto para construir una obra, basta con mover las palabras adecuadas.

Así, surgen conceptos como “proyecto en etapa avanzada de gestión” (traducción: existe una hoja en una carpeta), “inversión comprometida” (el dinero está tan comprometido que quizás se case y se vaya de luna de miel), o la magistral “obra de alto impacto social” cuyo único impacto demostrable, hasta el momento, es una nota de prensa.

Esta retórica se sostiene en una triada mágica: la promesa, el anteproyecto y la réplica de maqueta.

La promesa no cuesta nada, pero electoralmente lo vale todo y el anteproyecto es el estado favorito: lo suficientemente tangible para ser mostrado en PowerPoint, lo suficientemente etéreo para no ser exigible, pero lo magistral resulta la maqueta, pues es la evidencia física suprema.

Esta representa, en miniatura y con arbolitos de plástico, un futuro tan perfecto que sería una pena estropearlo con la tozudez de la construcción real.

Los beneficios para la población en este estadio son por supuesto, intangibles pero profundos: se fomenta la capacidad de fe ciudadana, el ejercicio de la paciencia histórica, y la apreciación del arte conceptual aplicado al presupuesto público.

Los impactos, mientras tanto, son claros: consolidan la idea de que el acto de gobernar se ha convertido en un ejercicio de storytelling (o cuenta cuentos) donde lo narrativo sustituye a lo material.

Un puerto sin haber resuelto su planeación integral se presume como la salvación de una región del país, además de ser un sustantivo exageradamente pronunciado en cadena nacional, sin probanza.

CORTE DE LOS MILAGROS

El discurso oficial, por elocuente que sea, colapsaría bajo el peso de su propia inconsistencia, sino fuera por un segundo pilar: la corte de aduladores.

Aquí entra en escena la “cargada”, ese fenómeno social donde funcionarios, medios afines y “líderes de opinión” se transforman en evangelistas de una revelación que solo ellos pueden ver.

Su tarea es crucial tanto como patética: mustiar cualquier pregunta incómoda sobre plazos, costos o estudios de factibilidad, con una lluvia de halagos a la “visión” del líder en funciones.

El mecanismo es chusco pero efectivo, pues se abandona el terreno árido y peligroso de los “datos duros”, y se escala al Olimpo de las “cualidades”.

No se habla de la obra, sino de la “prodigiosa capacidad anticipatoria” del mesías tropical, a quien se eleva a estadista. Tampoco se discute la viabilidad de un tren elevado, sino su audacia transformadora y visionaria. La obra concreta desaparece, y en su lugar surge la figura del conductor, el guía, el iluminado que piensa en grande, mientras los mezquinos piensan en planos y presupuestos, junto con intelectuales y gente con sentido común y capacidad analítica.

Esta zalamería institucionalizada actúa como un campo de fuerza retórico. Cualquier petición de evidencias se descalifica como miopía, falta de fe en el progreso o, peor aún, “oposición al desarrollo”.

La conversación pública se secuestra, no se debate la utilidad o necesidad de la obra, sino la lealtad a la narrativa del futuro esplendoroso. El “éxito” se mide por la cantidad de veces que un proyecto se menciona con reverencia en ruedas de prensa, no por rieles usados u hospitales operativos.

La conexión con la gramática del espejismo crea el objeto de fe en la obra fantasma, y la corte de los milagros provee la religión que lo venera, y, juntos, forman un ecosistema perfecto donde la rendición de cuentas se evapora.

Los informes de gobierno se convierten entonces no en balances, sino en liturgias, dónde se enumeran logros verbales, se bendicen intenciones y se excomulga a los escépticos.

Ante este espectáculo de sombras chinescas con presupuesto, la ciudadanía debe exigir el “desglose por verbo”: separar lo “firmado”, lo “licitado”, lo “en obra” y lo “entregado” y debe promover una auditoría cívica paralela: grupos técnicos independientes que, con datos públicos, contrasten el discurso con la realidad, y lo más crucial, es reinstaurar el culto a la evidencia dura: una obra existe cuando un ciudadano común pueda usarla, fotografiarse en ella y quejarse de sus defectos. La democracia se sostiene con hechos, no con promesas.

Un PowerPoint o un discurso no son políticas públicas, son solo anuncios, gobernar es hacer, no solo decir que se hará, lo demás es literatura, a menudo de mala calidad.

Corolario

“Acción y hechos, no palabras”.— Mérida, Yucatán

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Consejo Mundial de Ingenieros Civiles (WCCE). Consejo Asesor

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