No hay necesidad de entrar al “túnel del tiempo”, como hacían los protagonistas de aquel programa que muchas personas disfrutamos en la televisión de los años setentas, o utilizar “La máquina del tiempo” de la novela de ciencia ficción del escritor británico Herbert George Wells escrita en 1895. Nos basta conocer la manera de operar del gobierno mexicano de hoy para adentrarnos, sin necesidad de máquina o túnel, en la realidad política que los mexicanos vivíamos en los años sesentas y setentas.

Tal vez sorprendería a las nuevas generaciones, si viajaran al pasado, el reconocer a algunos personajes, siendo jóvenes revolucionarios tomando plazas, realizando mítines, luchando contra el partido de estado, por lograr la autonomía de los órganos electorales y por el derecho a la representación electoral de los partidos minoritarios que curiosamente ahora, décadas después siendo gobierno, defienden exactamente lo contrario. ¿Será? ¿Las personas cambian con los años irremediablemente?, se preguntarían quizá hoy los jóvenes.

¡No!, les contestaría yo. Lo que pasa es que, los antes revolucionarios, ahora se encuentran exactamente del otro lado, ya no pertenecen a la oposición, ahora son ellos los que gobiernan, por lo tanto, ya no les conviene aplicar las leyes básicas de una democracia en la que todas las corrientes tengan derecho a la representación política. Otra cosa que descubrirían al observar las acciones de los renegados de izquierda, es que la historia no es lineal como nos lo han hecho creer en nuestra cultura occidental, es cíclica, o más bien avanza en espiral como bien nos señala la sabiduría maya ancestral, lo que no implica que lleguemos de nuevo y exactamente a un mismo punto. Lo que sí es posible es que ocurran retrocesos en aspectos que se creía habíamos superado, como por ejemplo que haya otra vez gobiernos autoritarios y fascistas, que ocurran nuevos genocidios, la negación de derechos humanos alcanzados, incluso repetición de colonialismos e imperialismos, aunque éstos se revistan de formas diferentes a las que tuvieron en el pasado.

Ante esta anomalía de estar observando un grave y peligroso retroceso, el regreso del autoritarismo que ya creíamos haber superado, conviene recordar lo que a algunos les conviene olvidar. Por ejemplo: que fue la izquierda, primero el Partido Comunista Mexicano (PCM) y después el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), donde militaron por cierto muchos connotados dirigentes de Morena, los que lucharon por el derecho de las minorías opositoras a tener representación proporcional en el poder legislativo a través de las diputaciones plurinominales, con la intención de acabar con la hegemonía autoritaria del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Y es que pensemos, si un partido en el poder triunfa con un cuarenta por ciento del padrón electoral, lo cual ha pasado muchas veces, y el otro por ciento restante se reparte entre diversos partidos y entre quienes se abstienen de votar, de no existir las diputaciones por representación proporcional, una gran mayoría de la población, el sesenta por ciento, se quedaría sin voz en poder legislativo, muy lejos de poder ejercer su derecho a participar en la toma de decisiones que les afecten. Además, recordemos que una verdadera democracia no es la dictadura de una mayoría, sino se basa en el respeto a las minorías que merecen tener voz y voto.

En 1977, cuando muchos de nuestros lectores no habían nacido, se aprobó la representación de las minorías, permitiendo la pluralidad en el Congreso y rompiendo la hegemonía del PRI. Este avance democrático permitió que personas como Pablo Gómez, antiguo miembro del PCM, miembro fundador de Morena, pudiera ocupar en cinco ocasiones diputaciones federales y también una senaduría, por la vía plurinominal. Sí, el mismo al que en agosto del 2025 la Presidenta encargó diseñar la reforma electoral con la que pretende eliminar 200 diputaciones y 64 senadurías plurinominales con el argumento de eliminar privilegios a diputados que no fueron votados directamente por el pueblo, o sea a personas como Gómez. Que contradictorio ¿no?, las vueltas que da la vida.

Y fue otro exmilitante del PCM, un yucateco, consejero electoral, quien votó a favor del acuerdo que llevó a la sobrerrepresentación de Morena en el Congreso, robando espacios y debilitando con eso a la oposición, pretendiendo con esto regresarnos al sistema unipartidista contra lo que él mismo luchó en su momento. Es decir, dos excomunistas traicionaron los valores de la verdadera democracia y a sí mismos, para seguir gozando de las mieles del poder.

Pero nuestra vuelta al pasado nos recuerda escenarios aún más aterradores, que por falta de espacio solo mencionaré brevemente. Lo ocurrido en 1968, la masacre de Tlatelolco en la que el estado ordenó la represión y murieron estudiantes provenientes de una universidad autónoma, sí, AUTÓNOMA, disculpen la redundancia, ya que eran de la Universidad Nacional Autónoma de México, como en otras de nuestro país (públicas y autónomas), de donde surgieron muchos de esos líderes de izquierda, que hoy militan en Morena e incluso dirigen al país. En aquel entonces decían defender la autonomía universitaria a capa y espada, misma que les costó a muchos de sus compañeros universitarios torturas, encarcelamientos y hasta sus vidas. Esto no debe olvidarse.

Me queda claro que al exrector de la Universidad Autónoma de Campeche lo detuvieron de manera irregular para que la gobernadora y su partido tuvieran acceso al presupuesto y al control ideológico del estudiantado, lo que es una clara violación a la autonomía universitaria, esa que ayer la izquierda defendía. Ahora se amenaza a la rectora de la Universidad de Ciudad del Carmen para que renuncie con el fin de someterla y que el partido en el poder controle también esa institución académica.

Lo sucedido en Campeche no es un caso aislado o la locura de una gobernadora autoritaria, es advertencia y una amenaza a todas las autoridades universitarias del país de lo que puede sucederles si no acatan las órdenes, directas o indirectas de los gobiernos y dirigentes de Morena. Ya aquí en Yucatán, se atrevieron a proponer en el Congreso, el sexenio anterior, desconocer el Consejo Universitario como órgano de elección de nuestras autoridades, aunque la propuesta no se aprobó, nos advierte de sus turbias intenciones. Tal vez parezca una exageración comparar las masacres que precedieron a la violación de la autonomía de la UNAM en 1968 con lo que sucede actualmente en México con nuestras universidades, pero no esperemos a que el ciclo se repita. Digamos ¡no! a la violación de las autonomías universitarias y por supuesto un ¡no! rotundo a regresar al régimen autoritario de Partido de Estado. Es momento de alzar la voz.— Mérida, Yucatán

Antropóloga por la Uady, con maestría en antropología social

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