Tarde o temprano, el clamor forzado resulta insuficiente.
Era martes. Las mujeres de apellido con la letra M —parece que es uno de los más nutridos, pues destinaron dos días para atenderlas— se daban cita en el Cbtis 95, frente al Kukulcán, para darse de alta al programa de bienestar 60 y más.
Claudia Sheinbaum redujo la edad para recibir esa pensión a 60 años en el caso de las mujeres. Hay necesidad de votos.
—De que lo cobre yo, a que se lo roben, por supuesto que yo. No importa que haga cola —sentenciaban no pocas en la atiborrada cancha de usos múltiples de la escuela.
Las aspirantes a beneficiarias hicieron fila desde temprano, algunas antes de las seis de la mañana. El ingreso empezó a las ocho.
Consistía el trámite en pasar a unas mesas de registro para recibir un talón con el que semanas o meses más tarde recogerían su tarjeta para sacar el dinero de la pensión en los cajeros automáticos del bienestar.
La fila, como en la mayoría de los trámites burocráticos, avanzaba a la velocidad de una embarcación atracando.
Una voz aguda, femenina, de alguien con chaleco guinda y entrenada para esos menesteres, se alzó en medio del murmullo.
—¡Una porra para el delegado!
Y, como si fuera miembro de Ultra Sol, la porra de los Venados, empezó a organizar a las asistentes para que clamaran hurras al susodicho delegado, que por lo demás pocas o ninguna sabían quién era.
La fila dejó de avanzar.
La mujer seguía arengando a la multitud. Había nacido para ello. Y las damas de 60 y más, en la confusión, no sabían a quién apoyar ni si era requisito indispensable aclamar al delegado para ser atendidas.
Así, las porras no agarraban la fuerza que la animadora esperaba alcanzar con sus esfuerzos desaforados.
En medio de la efervescencia de la incitadora, otras voces se empezaron a elevar.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no avanzamos? ¡Hace quince minutos que no nos movemos!
La explicación vino de otras empleadas del bienestar que se sumaron a la alentadora para explicar que el delegado llegaría a las nueve.
—¿Y por eso dejaron de atender?
Quien hizo esta pregunta confirmó al poco rato que, en efecto, por eso dejaron de atender.
Dieron las nueve, las nueve y cuarto, la media… nada. Al cuarto para las diez el vocerío de inconformidad había alcanzado los decibeles que nunca logró la porra.
Con la fresca de las diez y media un enjambre se empezó a movilizar en la entrada del Cbtis.
—¡Demos la bienvenida a nuestro delegado, Rogerio Castro! —la mujer estuvo próxima a caer en el paroxismo.
El funcionario entró en medio de aplausos de las empleadas y algunas aspirantes a pensionadas. Fue una escena del más rancio priismo de los setentas. A nadie sorprendería que sonara la Marcha de Zacatecas.
No era el delegado, tampoco un mortal cualquiera. No. Era el mismo mesías quien llegaba a ofrecer su magnánimo saludo a las damas que clamaban por pensión.
Con una mano en alto saludó al estilo Miss Universo. Luego, más compasivo con la multitud, alzó la otra y el saludo fue, ahora sí, el de todo político encumbrado, con ambas manos y mirando y señalando a gente del público como si la conociera.
La sonrisa, entre pícara, coqueta y al mismo tiempo lejana, bañaba de luz aquel espacio.
Si las elecciones hubieran sido ese día, en ese lugar, tal vez habría ganado. Pero cinco minutos después, no.
Empezó a hablar. Había que agradecer a la precisa con A, por supuesto, a la secretaria del ramo y, no lo diré pero saquen sus conclusiones: a mí.
—¡Que empiecen a atender! ¡A nadie le interesa lo que dice ese señor!
—¡Shhh! Está hablando el delegado.
—Pues que sigan atendiendo mientras habla.
A las once terminó el show. El delegado habló menos de lo planeado, por la inconformidad. La porrista estaba furibunda con aquellas que gritaron pidiendo seguir con los trámites.
A las once y diez la fila empezó a avanzar de nuevo. Del delegado nadie se acordaba ya.
Tarde o temprano el clamor forzado resulta insuficiente.
Hoy, aquel mesías, que veía en su horizonte la gubernatura de Yucatán, como su antecesor; aquel mesías que a su paso por el Infonavit perdió la “timidez” con que lo describió en 2018 Julio Scherer, según consta en su reciente libro, timidez por la que fue descartado ese año como candidato a la gubernatura, hoy es un político caído en desgracia.
Su objetivo se alejará mucho de volver al papel mesiánico que tuvo en las manos.— Mérida, Yucatán
Politólogo
