Itzel Pamela Pérez Gómez (*)
Los bombardeos de Estados Unidos e Israel contra Irán no pueden entenderse como un hecho aislado. Responden a una lógica más amplia impulsada por la administración de Donald Trump: presión, uso selectivo de la fuerza y una apuesta por alterar el comportamiento e incluso la estabilidad de gobiernos considerados hostiles sin recurrir a una guerra abierta.
En este esquema, Israel no es un actor secundario. Su participación responde a una lógica propia: impedir que Irán desarrolle capacidades estratégicas particularmente nucleares, que puedan alterar el equilibrio regional.
A lo largo de las últimas décadas, ha recurrido a acciones preventivas para neutralizar amenazas, y en este caso no actúa únicamente como aliado de Estados Unidos, sino como un actor que empuja una línea de acción más agresiva.
Esta lógica no es nueva, pero bajo Trump se ha vuelto más explícita. Los ataques recientes a Irán se presentaron como “preventivos”, dirigidos a eliminar amenazas estratégicas. Sin embargo, el discurso político va más allá: no sólo busca frenar el programa nuclear iraní, sino presionar directamente al régimen e incluso abrir la posibilidad de un cambio interno. No es solo disuasión, es coerción política.
Irán también actúa bajo una línea estratégica propia. Su programa nuclear, su capacidad militar y sus alianzas regionales no son solo herramientas de proyección de poder, sino mecanismos de disuasión frente a décadas de presión por parte de Estados Unidos. Irán no es un actor pasivo, ha construido deliberadamente la capacidad de responder para evitar ser contenido o sometido.
Y eso ya quedó claro: Irán respondió. Tras los bombardeos, lanzó ataques contra bases estadounidenses en la región, abriendo una dinámica de acción-reacción.
En Venezuela, la estrategia estadounidense siguió una lógica similar pero el resultado fue diferente. Hubo sanciones, aislamiento y acciones de fuerza a inicios de año. La similitud no está en los casos, sino en el método.
Primero, Estados Unidos define al país como una amenaza, por su programa nuclear, sus alianzas o su carácter político. Después, construye una narrativa que legitima la acción. Luego viene una presión escalonada: sanciones, operaciones indirectas y, si no hay resultados, el uso directo de la fuerza.
Pero esta estrategia parte de una premisa frágil: que puede golpear sin provocar consecuencias o que le es posible controlar la escalada. El problema es que no todos los escenarios responden igual. Y ahí es donde Irán cambia las reglas del juego. Irán no es un actor aislado ni limitado. Tiene capacidad real de respuesta, influencia regional y aliados que le permiten escalar el conflicto en múltiples frentes. Eso es lo que hace este momento más peligroso.
Lo que estamos viendo no es una serie de decisiones aisladas, sino la aplicación de una misma lógica estratégica en distintos escenarios. Pero esa lógica no tiene el mismo costo en todos los casos. En Venezuela, la presión pudo mantenerse dentro de ciertos límites. En Irán, esos límites parecen ser mucho más frágiles. Porque esta vez, la apuesta no es contra un actor que solo resiste, sino contra uno que responde.
El problema no es que se haya decidido presionar. El problema es que esa presión ya encontró respuesta.
Y cuando eso ocurre, la escalada deja de ser un asunto entre dos países y empieza a tener implicaciones más amplias: desde la estabilidad del Medio Oriente hasta el equilibrio energético y político del sistema internacional.— Mérida, Yucatán.
Analista internacional
