Hay momentos en que una frase revela más que una política completa. El reciente mensaje del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sugiriendo que otros países vayan al Estrecho de Ormuz y lo “tomen”, no es simplemente una provocación política. Es un síntoma. Un síntoma de algo más profundo y más inquietante: la pérdida del sentido del equilibrio en el ejercicio del poder.
Horas después, ese mismo lenguaje escaló hacia una amenaza abierta. El propio presidente planteó la posibilidad de una ofensiva devastadora contra Irán si no se reabría de inmediato el Estrecho de Ormuz, insinuando consecuencias de una magnitud difícil de justificar en términos del derecho internacional y la proporcionalidad del uso de la fuerza.
Y, sin embargo, en un giro abrupto —tan característico de este momento histórico—, esa amenaza se transformó en negociación. A escasas horas de un plazo que apuntaba a una escalada militar mayor, se anunció un acuerdo provisional: un alto al fuego de dos semanas condicionado a la reapertura del Estrecho y basado en una propuesta de diez puntos presentada por Irán.
El mundo pasó, en cuestión de horas, de la posibilidad de una acción militar de gran escala a una tregua frágil, provisional, sostenida más por la urgencia que por la confianza. Ese tránsito —de la amenaza extrema al acuerdo inmediato— no es señal de estabilidad, sino precisamente de lo contrario.
El Estrecho de Ormuz no es una metáfora. Es una de las arterias energéticas del planeta: por él transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial. Cuando su funcionamiento se pone en riesgo, no solo se tensiona una región: se altera el sistema económico global.
De hecho, los mercados reaccionaron de inmediato. La sola posibilidad de un alto al fuego hizo caer los precios del petróleo tras días de volatilidad extrema. Este comportamiento no refleja tranquilidad, sino dependencia: la economía internacional está atada a decisiones políticas que hoy parecen cada vez más impredecibles.
Ese es el verdadero fondo del problema. No se trata únicamente de un conflicto en Medio Oriente. Se trata de un cambio en la forma en que se ejerce el poder. Un poder que amenaza con destruir y, en la misma jornada, negocia; que eleva la retórica al extremo y luego la repliega sin transición institucional clara.
Hay además un mensaje inquietante detrás de estos acontecimientos: la erosión de las reglas. Durante décadas, la estabilidad internacional —imperfecta, sí, pero funcional— se sostuvo sobre principios mínimos: proporcionalidad, alianzas, negociación sostenida. Cuando esos principios se sustituyen por ultimátums y decisiones de último minuto, el sistema entero se vuelve más frágil.
Hoy el mundo resiente ese desplazamiento. La incertidumbre geopolítica se traduce en inflación, en presión sobre los alimentos, en economías domésticas más vulnerables. Es el recordatorio más claro de que las decisiones del poder no se quedan en el discurso: descienden, inevitablemente, hasta la vida cotidiana.
Desde México —y desde Yucatán— no podemos mirar estos acontecimientos como si fueran lejanos. Cada alteración en el equilibrio internacional termina reflejándose en nuestra propia estabilidad: en los precios, en la inversión, en la posibilidad misma de planear el futuro.
Por eso lo verdaderamente preocupante no es solo la amenaza, ni siquiera el acuerdo. Es la lógica que los conecta: una forma de ejercer el poder que oscila entre la destrucción anunciada y la negociación precipitada.
La historia ha sido consistente en esto: cuando el poder pierde el sentido del equilibrio, el mundo entra en zonas de incertidumbre que después resultan costosas de abandonar.
Y entonces ocurre lo más inquietante: la normalización del vértigo. Pareciera que nos ha llegado la noche cuando aún es de día. (Nota de última hora: El estrecho de Ormuz fue cerrado nuevamente después del inicio de la tregua de dos semanas por graves ataques de Israel al Líbano el día de ayer).— Mérida, Yucatán.
Abogada y escritora
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