Felipe Alonzo Solís (*)

Una de las mayores preocupaciones hoy es la inflación. La escuchamos en noticias, en conversaciones y en análisis económicos.

Pero, más allá de la palabra, la vivimos todos los días: cuando pagamos la gasolina, la renta o el supermercado. En términos simples, eso es la inflación: que cada vez necesitamos más dinero para comprar lo mismo. Pero más importante que saber que los precios suben es entender por qué suben. Analizar sus causas permite comprender lo que está ocurriendo y distinguir entre fenómenos pasajeros y problemas estructurales.

Según la teoría económica, la inflación puede tener distintos orígenes.

Puede ser de demanda, cuando el consumo crece más rápido que la capacidad productiva. Puede ser de oferta o de costos, cuando producir se vuelve más caro y ese encarecimiento se traslada al consumidor. También puede responder a factores coyunturales —eventos específicos que alteran los mercados— o a factores estructurales, ligados a la propia organización económica de un territorio.

Hoy convivimos con ambos tipos.

El componente externo es evidente: la energía.

Desde 2021 el mundo dejó atrás el ciclo de energía barata. La recuperación postpandemia, la guerra en Ucrania y las tensiones geopolíticas elevaron los precios del petróleo por encima de los 100 dólares en 2022. Aunque posteriormente moderaron, no regresaron a los niveles previos. Y ahora, el conflicto en Medio Oriente vuelve a presionar los mercados energéticos, generando incertidumbre y nuevas alzas.

En México, los precios actuales lo reflejan con claridad. A pesar de los esfuerzos del gobierno por contener los incrementos mediante estímulos, la gasolina magna se mantiene alrededor de los 24 pesos por litro, mientras que la premium y el diésel se acercan a los 30 pesos. El diésel no es un detalle menor: es el combustible del transporte de carga, de los camiones que mueven alimentos, materiales y mercancías en todo el país. Cuando el diésel sube, el costo de mover la economía entera aumenta.

Ese encarecimiento no se limita a la estación de servicio. Impacta fertilizantes, producción agrícola, refrigeración, manufactura y logística. Por eso los aumentos energéticos terminan trasladándose a casi todos los bienes.

El efecto fue visible en los alimentos. El índice mundial de precios de la FAO pasó de niveles cercanos a 98 puntos en 2020 a casi 160 en 2022, un incremento cercano al 60% en su punto más alto. Aunque después descendió, permanece por encima del promedio previo a la pandemia. En México, la inflación alimentaria superó el 10% anual en los momentos más críticos de 2022 y 2023. La presión fue claramente de costos.

Sin embargo, lo que ocurre en Mérida no puede explicarse únicamente por factores globales.

De acuerdo con datos del Índice Nacional de Precios al Consumidor, en marzo de 2026 Mérida se ubicó como la segunda ciudad con mayor acumulación de incremento de precios en el país. Este dato es clave: no se trata solo de que los precios suban, sino de que en Mérida han aumentado más que en casi cualquier otra ciudad.

Ese resultado se refleja en el nivel del índice. Tomando como base julio de 2018 = 100, el índice de precios en Mérida alcanzó 152.664 puntos, mientras que el promedio nacional se ubica alrededor de 145.54. En términos simples: lo que costaba 100 pesos en 2018 hoy cuesta 152.66 pesos en Mérida, frente a aproximadamente 145 pesos a nivel nacional. Es una diferencia que, acumulada, representa una presión mayor sobre el costo de vida local.

Esta posición no es casualidad, sino el resultado de una trayectoria clara. A partir de 2022, Mérida ha escalado de forma prácticamente ininterrumpida en el ranking nacional: del lugar 9 en 2022 al 4 en 2023, al 3 en 2024 y al 2 en marzo de 2026. Más que un cambio puntual, es un proceso sostenido que refleja una presión inflacionaria creciente sobre el bolsillo de los meridanos, superior a la de la gran mayoría de las ciudades del país.

Aquí aparecen los factores estructurales locales.

Yucatán depende en gran medida del transporte de bienes provenientes de otras regiones. Muchos insumos básicos recorren cientos de kilómetros antes de llegar al consumidor final. Cuando el combustible sube, el impacto relativo es mayor.

Además, Mérida ha vivido un crecimiento acelerado en población e inversión inmobiliaria. La demanda de vivienda, terrenos y desarrollos ha impulsado un aumento significativo en el precio del suelo. En ciertos segmentos, el fenómeno ha adquirido rasgos claramente especulativos: la tierra se compra esperando revenderla más cara. Cuando el suelo se encarece rápidamente, también lo hacen las rentas, los locales comerciales y los costos de construcción. Ese aumento termina incorporándose al precio de bienes y servicios.

Así, la inflación global impulsada por energía encuentra en Mérida condiciones que amplifican su efecto: dependencia logística, expansión urbana intensa y encarecimiento del suelo.

La lección es clara: entender la inflación no es simplemente constatar que los precios aumentan, sino analizar sus causas y los mecanismos mediante los cuales esos aumentos se transmiten a la economía local. En el caso de Mérida, desde 2022 la presión inflacionaria no ha sido circunstancial; ha sido constante y creciente.

Comprender esto es el primer paso para enfrentar el problema con diagnósticos serios y soluciones estructurales.— Mérida, Yucatán

Presidente del Colegio de Maestros en Administración y Políticas Públicas del Sureste y profesor de la Facultad de Economía de la Uady

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán