“Los tiempos han cambiado y mucho” o también “Es que ahora son otros tiempos”. Son algunas frases que se escuchan cuando se trata de encontrar una justificación a ciertas acciones. ¿Hacia dónde debemos dirigir la mirada para encontrar una respuesta que realmente se apegue a una realidad existente?
Las comparaciones son odiosas y aunque no quisiéramos retroceder a la época de nuestra niñez, hay ocasiones que es necesario hacerlo. Recordar es vivir, es traer al presente todo aquello que un día disfrutamos.
Nuestros primeros años escolares, desde el kínder, lugar donde aprendimos a socializar, a compartir, a ir interactuando con otros niños de nuestra edad para luego continuar nuestro aprendizaje.
En muchos casos, el kínder fue el lugar donde nacieron relaciones de amistad que con el tiempo se afianzarían y llegarían a perdurar. ¡Qué bonito es recordar! Ya lo creo que sí. Recordar para valorar todo lo que aprendimos en la escuela; todo lo que ofrecieron nuestros mentores en los años escolares que tuvimos el privilegio de compartir una relación maestro-alumno.
La comunicación que existía entre maestros y padres de familia era auténtica. Niñas y niños sabíamos que había que comportarse con respeto en el salón para que nuestros padres no recibieran una nota de mala conducta.
Las travesuras —principalmente de los varones— no dejaban de ser eso, travesuras; mismas que se remediaban con un castigo dependiendo el hecho. Papá y mamá, siempre fueron aliados de los maestros, los apoyaban en sus decisiones correctivas porque por intuición o por conciencia, estaban seguros de que las medidas disciplinarias siempre han sido importantes en la formación de las personas.
¿Quién no recuerda a sus maestros? Hasta del reglazo o el estirón de orejas; por supuesto, los niños, porque las niñas —que yo recuerde— solíamos ser más tranquilas.
El tiempo transcurrió, la infancia quedó muy lejana; pero el recuerdo de una época para muchos de nosotros realmente hermosa aún vive. Vive con un gran sentimiento de gratitud hacia nuestros maestros y nuestros padres; porque si bien es cierto que el nivel educativo lo recibimos en las aulas, la educación, la formación ha tenido su origen en el hogar.
Una formación con valores no se inventa, se recibe en el seno familiar. Valores que aprendimos cotidianamente con el ejemplo. Hoy, cuando se dice que son “otros tiempos”, observamos con tristeza que el respeto, valor fundamental como necesario en la convivencia entre los seres humanos, se ha ido perdiendo.
Se aprende con el ejemplo en casa, se refuerza en la escuela y se pone en práctica en la sociedad. Pero hoy en día ¿con qué ejemplo se quedan los niños? ¿el de maestros que se convierten en pandilleros destrozando vidrios de oficinas y negocios? ¿de los que secuestran casetas en carreteras?
Pésima educación de quienes deben dejar huella en los niños y jóvenes y los maestros de la CNTE no es la primera vez que se manifiestan con sus exigencias. Así demuestran la importancia que le dan a la hermosa y noble tarea de educar.
Nadie discute que merecen salarios dignos, como tampoco se está en contra de que se deben buscar las alternativas para dar solución al problema que aqueja al gremio magisterial que se dice afectado. Sin embargo, nadie tiene el derecho de agredir a ciudadanos y perjudicarlos. Para eso están las autoridades, para poner orden, no para dejar que los problemas crezcan.
Se requiere reforzar los principios con los que generaciones crecimos y en un momento determinado se extraviaron y al parecer, a nadie le importó recuperarlos. Es muy triste y lamentable darnos cuenta de que al dejarlos ir terminamos por perder todos algo tan bello que aprendimos a través de nuestros padres y maestros.
En lo personal, me indigna y a la vez me entristece ver el nivel de educación que muestran niños, jóvenes y algunos ya no tan jóvenes. Definitivamente devaluados como profesionistas —quienes lo son— utilizando un léxico por demás inaceptable. Y si agregamos escasos conocimientos y nula percepción para dar solución a problemas.
No solo se observa en algunos hombres sino también en mujeres. Da tristeza; muy preocupadas por su apariencia, su lucimiento personal, pero descuidando algo muy preciado: sus principios, su educación, su comportamiento.
Lo estamos observando en el ambiente político. Un espectáculo verdaderamente deprimente, inaceptable tanto en el Congreso de la Unión como en el Senado o en cualquier cargo. En la forma de hablar, de expresarse, de dirigirse en Tribuna dan vergüenza.
¿Realmente nos representan a los ciudadanos?
Por eso es muy importante que nos fijemos a quién elegimos para diputados, para senadores o para cualquier cargo. Que se entienda que los partidos deben designar hombres y mujeres preparados que conozcan de leyes y de temas diversos. Ante todo, que tengan empatía con la gente.
Deben tener presente en todo momento que no son levantadedos, sino que en esa posición están para analizar y dar solución a problemas que afectan a todos los ciudadanos.
Por ello, es importante que, a la hora de cruzar la boleta, lo hagamos con conciencia, con responsabilidad y que nadie se deje intimidar ante una amenaza de que si no votas por determinado partido te quitarán la pensión. FALSO. NO VENDAS TU VOTO. DEFIENDE LA LEGALIDAD.
Periodista
