CARLOS R. MENÉNDEZ LOSA (*)

¿Imprudencia? ¿Desfachatez? ¿Manipulación preelectoral? ¿Desesperación ante el creciente desgaste político? Con el respaldo posterior de Claudia Sheinbaum, el expresidente López Obrador insulta al “establishment” estadounidense en inusitada carta que envía al ególatra Donald Trump. Denuncia “siniestras aventuras” del trumpismo y pone en aprietos a su discípula.

“Por el bien de todos, que regrese el otro Trump”, afirma el líder moral del morenismo. Le pide al presidente de Estados Unidos que “vuelva a gobernar como antes”, no se deje manipular y “mande al carajo a las rémoras que lo rodean y azuzan”. Califica a los cercanos colaboradores del fanfarrón del Norte de “filibusteros, trepadores, paleros y vividores”, entre otras cosas.

AMLO rompe de nuevo el silencio que prometió guardar. Con el débil argumento de defender a su sucesora, acusa a la administración Trump de “una embestida” contra el gobierno de México para “debilitar a Morena y fortalecer a la oposición”. Nerviosa, incómoda, la señora Sheinbaum Pardo agradece “el apoyo” de su mentor y se suma al inoportuno conflicto.

La respuesta de la diplomacia estadounidense no se hace esperar: “A los comunistas siempre les va bien con el pueblo en los primeros años, pero al final todo se va al infierno; la gran violencia se desarrolla a niveles nunca vistos y prevalece la miseria”. El propio Trump advierte: “recuerden, primero una popularidad impresionante y luego, muerte y destrucción garantizadas” (bit.ly/4oiq1KU).

En plena revisión de acuerdos comerciales estratégicos, aumenta peligrosamente la tensión entre ambos gobiernos y, con ella, la incertidumbre: el principal enemigo de la confianza indispensable para atraer la inversión que exige el desarrollo sostenido. Mientras Estados Unidos endurece sus exigencias, el régimen obradorista opta por la estridencia y el victimismo.

“¿Quién decide en México, las agencias extranjeras, los grandes intereses económicos o el pueblo?”, pregunta Claudia Sheinbaum en una concentración masiva de seguidores y acarreados ante el Monumento a la Revolución. “México no acepta la injerencia extranjera”, afirma la presidenta en un furibundo llamado a la población a defender la soberanía nacional.

Se lanza con toda la maquinaria propagandística contra Estados Unidos, pero al día siguiente intenta matizar: “es una ofensiva de la ultraderecha, no es el presidente Trump”. El embajador Ronald Johnson insiste en que la lucha contra el narcotráfico debe ser un esfuerzo de cooperación entre ambas naciones, y la mandataria le exige “respetar los asuntos internos” del país.

El enfrentamiento sube de tono. La jueza Katherine Polk declara en Nueva York que, en el caso del general Gerardo Mérida, cercano colaborador del sinaloense Rubén Rocha Moya, “podría haber pruebas abundantes”. El secretario Marco Rubio advierte del riesgo que representan para Estados Unidos los drones que utilizan los narcos mexicanos cerca de la frontera.

NO SON IGUALES

A través de Los Angeles Times trasciende que las investigaciones por narcotráfico ya alcanzan a los gobernadores morenistas de Sonora y Tamaulipas, Alfonso Durazo y Américo Villarreal, y el régimen en pleno sale en su defensa. La presidenta recurre de nuevo a la retórica de “que presenten las pruebas” y el reportero Steve Fisher se mantiene firme: “Tengo fuentes verídicas”.

La relación entre ambos países no es entre iguales; habría que aceptarlo. La economía mexicana depende fuertemente del mercado estadounidense: más del 80% de sus exportaciones se dirige al vecino del Norte, las remesas representan cerca del 4% del PIB y nuestro país es uno de los principales destinos de la inversión manufacturera estadounidense, que exige confianza.

Estados Unidos también depende de México, pero en mucho menor medida. Nuestro país es una pieza clave en su estrategia industrial, aunque también representa una fuente de preocupación por la inmigración ilegal y el tráfico de estupefacientes. Entre sus prioridades destacan reducir la corrupción y fortalecer el Estado de derecho para proteger sus inversiones.

La disyuntiva para el régimen es clara: descalificar las críticas externas como “ataques a la soberanía” y “perversas injerencias” del imperialismo que busca sentar sus reales en nuestro país, o alinearse con las exigencias económicas reduciendo la incertidumbre que mina la confianza. Por ahora, se ha optado por la confrontación para evitar la rendición de cuentas.

Con miras a las elecciones intermedias de 2027, el obradorismo necesita mantener el control de sus bases mediante una narrativa polarizante —en la que el discurso soberanista resulta especialmente eficaz—, pero la crisis económica se acelera. Cada vez es más difícil sostener el derroche clientelar que les permitió llegar al poder y aún los mantiene en las preferencias.

La falta de efectividad de los gobiernos morenistas se acentúa. Los informes sobre la desaceleración económica no cesan: “el futuro es incierto y la pérdida de dinamismo es grave, en un entorno marcado por la incertidumbre y la caída en la inversión”, advierte el IMEF (bit.ly/4dU8qW0). La OCDE rebaja el pronóstico de crecimiento para 2026 a 0.8% y alerta sobre el creciente déficit fiscal (bit.ly/4dUbEJ9).

DETERIORO

En Yucatán, ejemplo de ese deterioro que avanza por todo México, aumenta la informalidad —ya representa el 59.3% de la población ocupada—, mientras se pretende seguir incrementando la deuda pública sin estudios técnicos que respalden la solicitud y con supuestos fines de control político (bit.ly/4dSaPjX). Se prioriza el gasto social clientelista y se sacrifica la inversión productiva.

Como sucede en buena parte del país, también se incrementa la percepción de corrupción. Con un gobierno paralelo voraz, que hace y deshace sin freno aparente, Yucatán destaca en reciente encuesta del Inegi por el número de hechos corruptos registrados. La confianza en el gobierno de Joaquín Díaz Mena se desploma: pasa del 61.5% en 2024 al 46% en 2025 (bit.ly/4fOdxsf).

¿Imprudencia? ¿Desfachatez? ¿Desesperación? Los hechos indican que la prudencia no ha sido bandera del obradorato. En la estratégica relación con Estados Unidos, se ha privilegiado la narrativa “en defensa de la soberanía”, pero en términos prácticos se profundiza la dependencia comercial y financiera. Pareciera que la desesperación ha llegado a límites peligrosos.

La encrucijada es compleja. Mantener el enfrentamiento con “la ultraderecha” trumpista podría afianzar el control interno, pero implica riesgos serios. La incertidumbre erosiona innecesariamente la confianza que exigen los inversionistas. México podría intentar diversificarse para reducir su dependencia de Estados Unidos, pero eso no ocurre de la noche a la mañana.

El régimen ya no puede ocultar la desesperación ante el escándalo de los “narcopolíticos”, que desenmascara el turbio financiamiento que los afianza en el poder; la insólita carta de López Obrador lo pondría en evidencia. Las exigencias del gobierno estadounidense no cesan y seguramente aumentarán conforme se acerquen las elecciones del 3 de noviembre.

No poner freno a la incertidumbre es una apuesta arriesgada. Sin confianza no hay inversión suficiente; sin inversión no hay crecimiento y, sin éste, el desarrollo sostenido es inviable. No olvidemos, como advierte Trump, que “primero una popularidad impresionante y luego, muerte y destrucción garantizadas”. Victimizarse no parece el mejor camino.— Mérida, Yucatán

direcciongeneral@grupomegamedia.mx / Apartado especial en el sitio web del Diario: yucatan.com.mx (https://bit.ly/4diiiFP)
(*) Director general de Grupo Megamedia

¿Cuál es el mensaje del escrito?

El mensaje central del escrito es una advertencia: la estrategia política basada en la confrontación externa y la narrativa soberanista —impulsada por el obradorismo— puede rendir beneficios políticos de corto plazo, pero tiene costos económicos y riesgos estructurales cada vez más altos.

El texto sostiene que utilizar el conflicto con Estados Unidos como herramienta de cohesión interna y control político genera incertidumbre, y ésta, a su vez, erosiona la confianza de los inversionistas, frena la inversión y debilita el crecimiento económico. Es decir, la narrativa política no es inocua: tiene consecuencias directas sobre la estabilidad y el desarrollo del país.

En el fondo, el autor plantea que el régimen enfrenta una disyuntiva: persistir en la polarización para sostener poder político o reducir tensiones y generar condiciones de certidumbre económica. Su conclusión es clara: continuar por la vía de la confrontación y el victimismo es una apuesta peligrosa que puede terminar agravando tanto la crisis económica como el desgaste político.

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