Esta semana tuve la oportunidad de asistir al Foro IMEF Yucatán, un espacio de diálogo y reflexión sobre economía, finanzas y negocios. Como suele ocurrir en este tipo de encuentros, tan valiosas como las conferencias son las conversaciones que se generan durante los recesos, en los pasillos o alrededor de una taza de café. Fue precisamente en esos momentos donde me encontré con varios exalumnos que hoy se desempeñan en distintos sectores productivos. Verlos crecer profesionalmente y ocupar posiciones de responsabilidad siempre es motivo de satisfacción para cualquier profesora. Sin embargo, en esta ocasión hubo algo que llamó particularmente mi atención.
Aunque trabajaban en actividades muy diferentes, la mayoría compartía una misma impresión: la economía se siente lenta. Las expresiones variaban, pero el mensaje era esencialmente el mismo. Algunos hablaban de clientes que están postergando decisiones de inversión; otros mencionaban que las ventas ya no avanzan al ritmo de años anteriores. No se trataba de una postura política ni de una conversación cargada de ideología. Era, simplemente, la percepción de personas que todos los días tienen contacto con la actividad económica real y observan de cerca el comportamiento de consumidores, empresas e inversionistas.
Quizá por eso me quedé pensando en algo que muchas veces olvidamos. La economía es una de esas cosas que casi nadie nota cuando funciona bien. Mientras hay crecimiento, empleo e inversión, las personas simplemente hacen planes, emprenden proyectos y siguen adelante con sus vidas. Sin embargo, cuando la actividad económica comienza a perder dinamismo y las oportunidades empiezan a reducirse, entonces aparece en las conversaciones. Se percibe en el restaurante con menos clientes, en el negocio donde las ventas ya no alcanzan las metas previstas, en la empresa que congela contrataciones o en la familia que decide aplazar una compra importante.
Los datos recientes parecen respaldar esa percepción. El Inegi confirmó que la economía mexicana creció apenas 0.8% en 2025, el peor resultado registrado desde la pandemia. Hace apenas unos días, el Banco de México ajustó nuevamente sus pronósticos y estimó que el crecimiento para 2026 será de apenas 1.1%, mientras que la OCDE proyecta una expansión cercana al 0.8%. Además, diversos especialistas coinciden en que México acumula ya cuatro años consecutivos creciendo por debajo de su potencial económico. No estamos hablando de una desaceleración temporal ni de un tropiezo pasajero. Estamos frente a una tendencia cuyos efectos comienzan a sentirse cada vez con más claridad.
Las economías tienen ciclos. Hay periodos de crecimiento acelerado y otros de menor dinamismo. Ningún país crece de manera sostenida al mismo ritmo y sería un error interpretar cada desaceleración como una crisis. Sin embargo, cuando el bajo crecimiento deja de ser la excepción y comienza a convertirse en la regla, es momento de prestar atención.
En este punto vale la pena hablar de un tema del que rara vez conversamos como ciudadanos, pero que tiene mucho que ver con el futuro económico de cualquier país: la disciplina fiscal. Aunque el término puede sonar técnico, la idea es bastante sencilla. Si en una familia hablamos de disciplina financiera cuando se administran los ingresos con responsabilidad y se evita gastar más de lo que se gana, en un gobierno hablamos de disciplina fiscal cuando los recursos públicos se manejan con la misma prudencia. En ambos casos se trata de entender una realidad elemental: o es posible gastar indefinidamente más de lo que se tiene.
Tal vez la mejor forma de entenderlo sea a través de la realidad de cualquier hogar. Imaginemos una familia que comienza a gastar más de lo que gana. Para cubrir la diferencia utiliza la tarjeta de crédito, contrata préstamos y acumula nuevas deudas. Durante algún tiempo parece que nada ocurre. El nivel de consumo se mantiene, las necesidades inmediatas se cubren y da la impresión de que la situación está bajo control.
El problema es que las matemáticas tarde o temprano terminan imponiéndose. Llega el momento en que los pagos de intereses comienzan a crecer, los compromisos financieros se acumulan y una parte cada vez mayor del ingreso familiar se destina a cubrir obligaciones del pasado. Entonces aparece la realidad: durante años se confundió capacidad de gasto con prosperidad. Y aunque la factura tardó en llegar, finalmente llegó.
Frente a una situación así, una familia responsable entiende que no puede seguir endeudándose indefinidamente. Revisa sus gastos, elimina aquello que no es indispensable y busca generar más ingresos. En otras palabras, recupera el equilibrio entre lo que gasta y lo que es capaz de producir.
Algo parecido ocurre con los gobiernos. Por supuesto, las finanzas públicas son mucho más complejas que la economía de un hogar y existen diferencias importantes entre ambas. Sin embargo, hay una verdad fundamental que permanece vigente: ningún país puede gastar indefinidamente por encima de su capacidad para generar riqueza. Puede hacerlo durante algún tiempo. Puede financiarse con deuda. Pero tarde o temprano aparece el costo de esas decisiones. Y cuando eso ocurre, la solución tampoco pasa por seguir endeudándose, sino por recuperar el equilibrio y generar las condiciones para crecer.
Aquí es donde la disciplina fiscal cobra verdadera relevancia. No se trata simplemente de gastar menos, sino de utilizar mejor los recursos públicos. Cuando una economía lleva varios años creciendo por debajo de su potencial, resulta indispensable revisar las prioridades del gasto y preguntarnos si éste está contribuyendo a generar más inversión, empleo y oportunidades. Los recursos destinados a fortalecer la infraestructura, mejorar la educación y elevar la productividad no sólo atienden necesidades presentes; también ayudan a construir las condiciones para un mayor crecimiento en el futuro.
Lo preocupante ocurre cuando una parte cada vez mayor del presupuesto se destina a sostener programas, proyectos o empresas que consumen recursos año tras año sin demostrar resultados proporcionales. En esos casos el problema no se resuelve; simplemente se pospone. Puede parecer que hay recursos para todo mientras exista posibilidad de seguir obteniendo deuda, pero las obligaciones futuras siguen acumulándose.
Quizá uno de los mayores errores de nuestro tiempo ha sido confundir el poder disponer de recursos con crear riqueza. Son cosas muy distintas. Una familia puede disponer temporalmente de más dinero gracias a una tarjeta de crédito o a un préstamo, pero eso no significa que se haya vuelto más rica. Lo mismo ocurre con los gobiernos. Tener recursos para gastar no es lo mismo que generar la riqueza que permitirá sostener ese gasto en el futuro.
A veces pareciera que hemos olvidado dos cosas fundamentales: que el bienestar social depende, en gran medida, de la salud de la actividad económica y que la disciplina fiscal importa. Podemos debatir sobre ideologías, prioridades y modelos de gobierno, pero hay una realidad que ninguna narrativa puede modificar.
Una economía que no crece deja de generar las oportunidades y los recursos necesarios para sostener los servicios públicos y mejorar la calidad de vida de las personas.
Y cuando eso ocurre, tarde o temprano descubrimos una verdad tan simple como irrefutable: el dinero que no existe no se puede repartir ni gastar.— Mérida, Yucatán
marisol.cen@kookayfinanzas.com
@kookayfinanzas
Profesora Universitaria y Consultora Financiera
