Guillermo Fournier Ramos (*)

Una de las críticas más repetidas hacia la mal llamada 4T señala lo simplista del discurso con el cual le echa la culpa de todo al pasado para intentar disfrazar su propia incompetencia. Ante los nefastos resultados de gobierno, la narrativa vuelve una y otra vez a responsabilizar al período “neoliberal” de cualquier problema que haya en el país —aunque ya lleven 8 años y contando en el poder—.

El término ha sido tan reiterado por las voces cuatroteístas, y de manera desmedida en las conferencias matutinas presidenciales, que ahora suena a una palabra vacía empleada para descalificar todo aquello que sea contrario al pensamiento pretendidamente único de Morena.

Por tanto, a continuación, se desarrollan algunos apuntes para demostrar que el gobierno federal emanado del partido guinda coincide en varios aspectos con el modelo neoliberal que tanto dicen aborrecer.

En lo que sí se parecen

¿Qué tanto en común tiene Morena con el neoliberalismo? En la visión económica y la política social podría decirse que mucho. Aquí la explicación:

Para empezar, uno de los argumentos principales de AMLO al llegar al poder, fue el de la austeridad como medio para mejorar la administración pública. Esta idea es el fundamento del modelo neoliberal, que promueve un gobierno “delgado” con funciones acotadas y recortes presupuestarios a las dependencias encargadas de operar el sector público.

Probablemente, la agenda más pregonada del gobierno de la 4T sea la de los programas sociales. Es verdad que los apoyos económicos llegan a millones de personas y, en parte, eso les ha dado réditos políticos en los procesos electorales. Pues bien, la transferencia directa de dinero público a las personas es una práctica que suscribirían académicos exponentes del neoliberalismo, como Milton Friedman.

Por cierto, la visión neoliberal es la que defiende los apoyos económicos universales, sin distinguir ingresos, contextos ni situaciones particulares. En cambio, una visión socialdemócrata buscaría identificar quiénes pertenecen realmente a grupos vulnerables y ofrecerles apoyos sociales más cuantiosos que mejoren de forma sustancial su calidad de vida.

El neoliberalismo recalcitrante daría el visto bueno a la reducción del gasto en salud, educación, y demás servicios públicos por parte del gobierno. La lógica es que los usuarios —en este caso los ciudadanos— tendrán la opción de acudir al sector privado para satisfacer sus necesidades. ¿Y con qué dinero? Claro, con las transferencias de los programas sociales.

Efectivamente, el número de mexicanos que acuden a farmacias para consultas médicas ha incrementado exponencialmente en los últimos años, así como la cantidad de alumnos en escuelas privadas —por citar dos ejemplos—.

La austeridad en los hospitales públicos implica desabasto de medicamentos y la imposibilidad de realizar algunos estudios clínicos. Los recortes en otros rubros también perjudican a la población, como cuando la energía eléctrica deja de abastecerse a casas y negocios por falta de mantenimiento a la infraestructura.

La pregunta crucial es: ¿realmente alcanzan las transferencias sociales para sustituir las carencias del sector público? Habría que preguntarles a los adultos mayores que gastan miles de pesos en medicinas que no tienen en el IMSS; a l o s jóvenes que no encuentran vivienda digna a precios asequibles; a las familias que padecen los estragos de la inflación; o al pequeño empresario que paga cada vez más impuestos y no llega a fin de mes con las cuentas.

En lo que no se parece.

El modelo neoliberal privilegia las finanzas públicas sanas, por lo que de ninguna manera aprobaría invertir millones de pesos del presupuesto —a sobre costo, además— para financiar obras faraónicas con poca utilidad pública como el Tren Maya (muy pocos pasajeros) o la refinería de Dos Bocas (por debajo de su capacidad operativa).

Los neoliberales tampoco avalarían el pésimo manejo de Pemex, con inyecciones de miles de millones por parte del gobierno para su rescate, sin un plan serio para salir del hoyo financiero. Hablamos de la empresa pública más endeudada del mundo.

Y, sin duda, el modelo neoliberal nunca hubiera permitido que la deuda pública se duplicara, en términos nominales (20 millones de millones de pesos), en ocho años, comprometiendo el futuro del país. Menos hubiese tolerado un déficit entre el ingreso público y el gasto, que tensa la cuerda de la macroeconomía y augura complicaciones en el mediano plazo —con posible crisis económica incluida—.— Mérida, Yucatán.

Licenciado en Derecho, maestro en Administración, doctor en Gobierno.

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