Guadalupe Taddei fue obra de López Obrador. El cacique de la 4T la puso donde la puso no para servir a la causa de la democracia, es obvio, sino para usarla como instrumento de su malévolo juego de poder y aumentar el dominio de Morena.

Eso hizo la señora en forma obscena y lacayuna.

López, sin embargo, no tomó en cuenta las debilidades, carencia de aptitudes y decencia de su protegida, quien bien pronto se metió en oscuros tratos de corrupción, de tráfico de influencias y otras turbiedades que condujeron finalmente a su defenestración.

Mantenerla en el cargo era ya imposible para el bando —o la banda— morenista. La propaganda gubernamental habrá de presentar lo sucedido como un acto de depuración. No lo es.

Si de depuración se tratara, entes como Rocha Moya o Adán Augusto López ya no estarían donde están, sino quizás en una celda, ergástula, mazmorra o calabozo.

El peso de la pública opinión forzó al régimen a remover de su cargo a Taddei, muy probablemente a cambio de alguna discreta sinecura a fin de no molestar demasiado al patrocinador de la señora y vigilante del segundo piso, jefe máximo.

Su opinión no debe haber estado ajena a la salida de quien acabó de echar a la cloaca los últimos restos de credibilidad que al INE le quedaban.

Ni lo acontecido ni lo que en el futuro acontezca en el organismo electoral habrán de restaurar esa confianza. Tales y tan sucios manejos ha hecho el obradorismo en la institución electoral que le ha causado daños imposibles de reparar bajo el actual régimen.

Séame permitido intercalar aquí una cierta historia cierta registrada en un pueblo de mi natal Coahuila, historia que bien podría servir de argumento a una película o telenovela.

Eran dos hermanos gemelos, tan parecidos entre sí que hasta sus mismos padres los confundían. Uno de ellos iba a casarse ya con la mujer amada. El otro se hizo pasar una noche por su hermano, y le pidió a la novia un anticipo de los goces conyugales.

Ella, enamorada, ardiente, en vísperas ya del matrimonio, concedió ese adelanto, pensando que el hombre con quien estaba era su novio. Cuando se supo lo que había pasado, y el aleve hermano huyó, la boda ya no se hizo, por las costumbres y prejuicios de la época, y la infeliz muchacha quedó inhabilitada no sólo para el prometido a quien amaba, y para el infame hermano traicionero, sino también para los demás hombres del pueblo.

Aunque un poco jalado de los cabellos, el relato es aplicable al estado actual en que se encuentra el INE. Las turbiedades y manipulaciones de la 4T la han dejado inservible lo mismo para los aviesos propósitos del maximato que para la causa de la democracia en México.

“Mi marido practica el sexo oral”. Con esa súbita declaración doña Parleta hizo que se abrieran los oídos de todas las asistentes a la merienda de los jueves. “Sí —confirmó—. Lo único que hace es hablar acerca de él”.

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