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Presbítero Manuel Ceballos García

Tu Palabra, Señor, ¡es la verdad!

Jesús, dice el evangelio de hoy, se presenta ante sus paisanos para anunciar el año de gracia, para proclamar que, con su presencia, en el mundo se inaugura la salvación que profetizará Isaías. San Lucas dice que las palabras de Jesús eran palabras de gracia, esto es, palabras inspiradas. Sin embargo, son palabras que encuentran difícilmente acceso al corazón de sus paisanos. Precisamente el conocimiento que tienen de su vida anterior es un “inconveniente” para aceptar al Profeta y su mensaje.

La vida cotidiana y su vulgaridad no se deja inquietar por lo extraordinario, ve incluso en lo que se sale de lo corriente una amenaza. Es como si el hombre pensara que lo verdaderamente grande y divino deba ser por ello mismo lo más distante, como si se resistiera a admitir la cercanía de Dios y su encarnación entre los hombres. Los vecinos de Nazaret no podían comprender que aquel carpintero sea un enviado de Dios, mucho menos el Mesías y, no digamos, el mismo Hijo de Dios. Además, ¿por qué no hace Jesús en su pueblo lo que han oído decir que ha hecho en Cafarnaúm?

El rechazo del Hijo de Dios hecho hombre, se universalizará y radicalizará en la muerte de Jesús perpetrada por judíos y gentiles. Sin embargo, el texto de la segunda lectura es una página extraordinaria de san Pablo —el célebre himno al amor— engastado como una perla dentro de aquella especie de carta pastoral que el apóstol dirigió a la atormentada comunidad cristiana de Corinto, la metrópoli portuaria de Grecia.

San Pablo utiliza el término griego “ágape” para indicar una realidad más alta y más completa que el “eros”, ya que “ágape” expresa la plenitud de la entrega, la totalidad de la comunión, el modo que transfigura toda la realidad, el camino verdadero para vivir toda vocación.

San Pablo describe a la persona llena de todas las otras cualidades humanas y espirituales, pero vacía de amor; la persona podría tener los tres grandes dones (la profecía, la ciencia y la fe), pero, sin el amor, son como un alimento insípido, son nada, son cero. Aún la misma ofrenda de la vida en un acto heroico, si no está sostenido por el amor, es solo un gesto de autoglorificación o comportamiento propio de un faquir.

El poeta brasileño Paólo Suess escribe: “Aunque hablara las lenguas de todas las tribus vivientes y de los pueblos desaparecidos de la tierra, si no tengo amor, soy un trombón de glacial hojalata… Aunque distribuyera todos mis zapatos y mis víveres para socorrer a las gentes descalzas y desnutridas, si no tengo amor, soy uno de tantos revolucionarios, un cazador de mariposas o un poeta estéril soñador”.

Así, si el amor se apaga, todas las virtudes humanas y religiosas se marchitan. Y, ¡cuidado!, porque en su lugar entra un monstruo cargado de soberbia y de enardecido orgullo. Es decisivo, pues, que el amor nunca se marchite ni se apague.

 

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