Presbítero doctor Manuel Ceballos García
¡Dichosos los que creen sin haber visto!
Jesús les muestra a los discípulos las huellas de su pasión para que vean que es él mismo, que no se trata de otro ni mucho menos de un fantasma. El resucitado es Jesús, el que fue crucificado. Y él es quien les envía a que prediquen el Evangelio y transmitan a todos la paz que llevan en su corazón.
El soplo de Jesús simboliza el Espíritu Santo que él envía. Cristo es el inicio de una nueva creación. La obra esencial de Cristo consiste en regenerar a la humanidad en el Espíritu Santo. Dios Padre ha investido al cuerpo glorificado de Jesús del poder divino de dar vida, de difundir el Espíritu en el mundo. El fruto de su acción consistirá en el perdón de los pecados: la paz, la reconciliación con Dios y con los hermanos es el legado y la tarea que Cristo nos ha traído.
Además, Jesús llama “dichosos” a todos los creyentes. Éstos estarán asistidos por el Espíritu Santo en su misión de predicar el Evangelio y dar testimonio de ella: no se han escrito todas estas cosas como una mera crónica, sino para que, creyendo, tengamos vida. Porque ambas cosas son inseparables: la fe es una nueva vida, la que Cristo nos ha venido a traer. Por eso una fe sin una nueva vida no es tal fe.
“¡Bienaventurados los que crean sin haber visto!”. El éxito de la historia de santo Tomás, un pobre de fe, es confortante para todos los que caminan a ciegas en la galería a menudo oscura de la búsqueda de Dios. En efecto, al final de la prueba del llamado ofrecido por Jesús santo Tomás proclama su fe con una pureza extraordinaria. Su profesión de fe es una de las más elevadas del cuarto evangelio: “¡Señor mío y Dios mío!”. Es la aplicación explícita y directa a Jesús de una de las confesiones de fe que el Antiguo Testamento había propuesto a Israel respecto de Yahvé: “¡Señor, Dios mío!” (Sal 35, 23).
Por otra parte, el regalo de la paz que da el Señor Resucitado tiene aún más importancia porque el relato dice que los discípulos estaban encerrados por miedo a los judíos. La paz que da el Señor no vuelve valiente al discípulo, lo hace consciente de que Él no es un fantasma. El hecho de que Jesús entre al lugar donde están reunidos los discípulos aun cuando las puertas están cerradas pretende dejar en claro que, a partir de ese momento, los discípulos saben que el Señor siempre estará con ellos a pesar de los aparentes obstáculos que se presenten.
Este famoso caso de santo Tomás, por su típica necedad, ha pasado a ser el modelo de quien no cree. Él, como judío, no ignoraba que algún día al final de los tiempos vendría la resurrección de todos los hombres; pero se le dificultaba admitir que Jesús ya hubiera entrado a la vida definitiva y por eso quería verificarlo “tocando sus llagas”.
