Juan Carlos Lomónaco

De Beethoven a Mussorsgky de la mano de la OSY

Henos aquí, por la medianía de febrero, ubicados en el día exacto en que la amistad se ahonda y resplandece, y el quinto concierto de la XXXIII temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán llega hasta nosotros pleno en grandeza compositiva, con un arco formado por dos cumbres de diseño y estructura armónica.

Anteanoche, en el teatro Peón Contreras, el director titular, maestro Juan Carlos Lomónaco concentró en sus manos la posibilidad de desatar la fertilidad que impera en el horizonte creativo de Ludwig Van Beethoven, como un nuevo amarre en ese homenaje que se extiende por los 250 años de su natalicio. Ahora nos fue dado escuchar la Sinfonía en La Mayor no 7.

Y para velar por el alto nivel de factura técnica, apoyarse en otra figura prominente del santuario musical, se añadió un modélico trabajo de orquestación —que hace casi un siglo— realizara el francés Joseph Maurice Ravel con la partitura de la pieza “Cuadros de una exposición” escrita para piano por el genial epiléptico ruso Modesto Mussorsgky.

“Beethoven es Beethoven” nos enfatizaba un adepto con fervorosas manos en alto y la obviedad indica que no hay como el oído del catador para reconocer la voz inconfundible del maestro sordito y casi siempre de pésimo humor.

La expresión también recuerda que las orquestas sinfónicas deben acicalar sin tregua las técnicas de sus secciones, no dejarse dormir en laureles, para no renegar de las “voces” propias de los autores y mantener su colorido, entonación y tiempo justos.

La Séptima Sinfonía

La Séptima —una de las queridas por don Ludwig— irrumpió en primer lugar. Los entendidos afirman que ninguna otra sinfonía del maestro está más regida por la fuerza primordial del ritmo. El alma de esta pieza emerge de un ritmo reiterado y terco que es forzado a generar núcleos melódicos y la armonía correspondiente.

Obra alegre y dinámica, está formada por pequeños motivos y amplios desarrollos; se vale de contrastes impetuosos y los timbres —especialmente en los alientos— recibieron un tratamiento liberador, de romántica levadura, vehemente y entusiasta.

La ejecución de nuestra orquesta fue ganando en precisión con el avance de los compases. El Poco sostenuto marchó con buen fraseo por la comarca de su expansiva resonancia. En el marchoso y algo sensual Allegreto se obtuvo con claridad, sobre todo, la festiva conversación entre cuerdas, alientos y percusión que precede a la llegada de esa impulsiva pareja que forman el Presto, que debió ser un poco más brillante, y el Allegro con brío, cuya marcha trepidante suscita entusiasmo en los melómanos empedernidos. Los aplausos fueron cariñosamente reiterativos.

Mussoorsky

No en todos los compositores concurre la misma pericia para el proceso de orquestación. Hay quienes padecen ese lapso de establecer el armazón instrumental con sus ornamentos armónicos y rítmicos. Fijar las partes y ocasiones para cada instrumento en tiempo y matiz. En una carta, el bienamado Tchaikowski se quejaba de necesitar “por lo menos un mes” para dar fin al último movimiento de su cuarta sinfonía.

Si en 1877 cumpuso Mussoorsky un portento de música “programática” para el teclado —“Cuadros de una exposición”— como homenaje a un pintor muy amigo suyo, sería Mauricio Ravel, pianista excelso, quien, ante la emoción de la partitura ensoñó sus posibilidades al ser trasladada a clave orquestal.

Dotado como pocos, Ravel no se quedó con el deseo y a poco inició la tarea de fundar estrategias hasta que obtuvo una partitura que no han dejado de encomiar los entendidos. Tal fue la obra que nuestra audaz orquesta intentó rastrear para nosotros.

De la idea de un espectador que pasea por un museo observando cuadros surge, en esta pieza, el claro entendimiento entre forma y contenido. Ejercicio de precisión, la obra explora múltiples timbres y Maurice Ravel ejerce la experimentación armónica para simular las ambigüedades tonales del original.

Atento, el público percibe el sabio empleo de los instrumentos para “dibujar” cada uno de los cuadros. Impresiona el inicial solo de trompeta del repetitivo tema “Promenade” (paseo) que enlaza cada pintura, así como el canto de trovador que se confía al saxofón en “El viejo castillo” y el silbo misterioso de cuerdas en ámbito de las “Catacumbas”.

Nuestra orquesta resultó acertada en la gama de colores que requiere “Gnomos”, retrato de la torpe criatura que deambula entre la nieve; en la humorística estampa del “Ballet de los polluelos en sus cáscaras” y ese clamor de campanas y otras percusiones que, con extendidos crescendos, clausura la composición con “La gran puerta de Kiev”. De nuevo, el torrente de palmas.— Jorge H. Álvarez Rendón

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